“Tenéis en las leyes cuanto es preciso para exterminar legalmente a nuestros enemigos” Robespierre circa 1793

“Vuestros déspotas gobiernan por el terror . Su propósito es que sus conciudadanos no temás más que a su comité de investigación a su farola”

Carta de Edmund Burke de 1792

“ Su elocuencia no era más que una sarta de declamaciones sin orden, sin método, y sobre todo sin fin. Cada vez que hablaba teníamos que preguntarle a donde quería llegar”

Arnau Meillan, diputado de la convención refiriéndose a Maxilimilen Robespierre

“La envidia, la infernal envidia era la base de su carácter"

Napoleón sobre Robespierre en 1813 

“ En las revoluciones la autoridad recae en los mayores sinvergüenzas”

Danton

La semblanza que nos ofrece JM del más “vituoso” tirano que haya conocido la historia bebe del mito del Robespierre socialista que lo presenta como el incorruptible abogado de las causas de los desheredados, el demócrata radical que hizo de la virtud republicana el leif motiv de su existencia y el político que identificó, incluso en el incipiente capitalismo, el problema de la desigualdad como el mayor desafío a la legitimidad del poder político

Sin embargo mi dilecto J.M la hagiografía que presentas del tirano en poco o nada se asemeja a la realidad de los hechos históricos. Es por lo tanto menester situar a nuestros lectores en el origen mismo de la falsedad histórica en la que se basa tu brillante, pero no por ello menos sesgado alegato pro Robespierre.

A finales del siglo XIX durante el periodo de la III república francesa se creó la primera cátedra de estudios sobre la revolución francesa en la universidad parisina de la Sorbona que ocupó inicialmente Alphonse Aulard, protegido político de Clemenceau, quien procedía del ámbito de la literatura a pesar de su enfermiza devoción por las ciencias positivas. Nada más ocupar su recién estrenada cátedra universitaria llevó a cabo una renovación de los estudios historiográficos.

Profesaba el profesor, nacido en el centro de Francia, una admiración cuasi enfermiza por el positivismo. Decía que la historia debía basarse en hechos no en fabulaciones de ahí que hubiera que acudir directamente a las fuentes para hacerse una idea fiel de un proceso histórico. Los hechos históricos para él, al igual que las partículas que conforman la materia o cualquier especie natural,   eran datos que esperan que el historiador serio y riguroso los descubra y los trate con el rigor que merecen.

Cualquier tratamiento de los hechos históricos que buscara la analogía con los tiempos presentes, se basara en la adulación o en la inquina hacia el personaje en cuestión era más algo más propio del aficionado que del verdadero historiador. Aulard, convencido de que la historiografía romántica sobre la revolución francesa ejemplificada en las célebres obras de Michelet, Lammartine o Blanc, no era en absoluto fidedigna a los hechos históricos, sino que no era más que literatura planfetaria que reflejaba las filias y las fobias de sus autores, se propuso estudiar la revolución francesa con rigor.

Para ello puso en marcha una prestigiosa publicación, La Révolution Française cuya misión no era otra que la de rehabilitar la verdad histórica y así poder servir mejor al noble objetivo de otorgar a Francia una imagen lo más fiel posible de su legado histórico. Aulard contaba con un brillante y ambicioso discípulo, probablemente mucho más brillante que su mismo maestro, cuyo nombre era Albert Mathiez. Doctorado en 1904 se fue distanciando progresivamente de su maestro, a quien ambicionaba suceder como titular de la cátedra en la Sorbona. En 1908, Mathiez cada vez más próximo a las tesis más radicales del socialismo francés, dictó una conferencia en París que llevaba por título Pourquoi nous sommes Robespierristes en la que defendía el legado del entonces vilipendiado Robespierre frente a la leyenda áurea de su némesis Danton. Según su parecer la labor de la historiografía debía consistir en rehabilitar la memoria mancillada del incorrutible, como se conocía a Robespierre a raíz de unas intervenciones en la Asamble constituyente de finales de 1791 donde defendió con ardor y vehemencia jesuítica la probidad, la frugalidad y el decoro que debían poseer los políticos, cuyos mandatos debían limitarse para imponer el uso catoniano de que los políticos no se eternizaran en el poder.

En su célebre conferencia, que sería el germen de la creación de la llamada Societé des Études Robespierristes, contraponía ambas figuras históricas, a las que consideraba arquetipos caracterológicos de dos maneras antagónicas de entender la revolución. Frente al venal, indolente, inconsecuente, oportunista e interesado Danton, se erigía el frugal, virtuoso, integro, demócrata radical y socialista avant la lettre Robespierre, a cuya denigración habría contribuido la glorificación interesada que de la figura de Danton se estaba realizando en la publicación de su ex maestro, Annales Révolutionnaies.

Esta visión no era en absoluto original, ya se había producido una primera tentativa de contraponer ambas figuras en las respectivas visiones que sobre la revolución habían defendido Michelet y Blanc. La principal novedad que introducía Mathiez venía de la mano de la utilización de una metodología positivista y sobre todo de la vinculación que este quería establecer entre el legado del vilipendiado Robespierre con las ideas socialiastas que Mathiez defendía con ardor. Robespierre se configuraba así como una especie de campeón del derecho, defensor de los desheredados, una esperanza para los oprimidos. Su analogía llegaría tan lejos como para, ya en la década de los años 20 cuando Mathiez ingresó en al Partido Comunista francés, vincular a la facción jacobina controlada por Robespierre con la revolución soviética. Robespierre se habría adelantado a su tiempo anticipando la incompatibilidad radical entre el parlamentarismo burgués con la democracia real popular. También habría intentado llevar a cabo, hasta donde le habrían dejado los poderes fácticos, llevar a cabo una verdadera revolución social. Los crímenes del llamado gran terror no serían tampoco atribuibles a Robespierre, sino a “exaltados e incontrolados”.

De esta visión mitificada ahistórica y lisonjera visión de Robespierre es víctima J. M. lamentablemente. No me sorprende pues él sigue profesando una fe inquebrantable en las bondades del sovietismo. Eso sí, todo hay que decirlo, JM nunca ha sido estalinista, aunque si un ardoroso leninista.

Por lo tanto mi dilecto amigo J.M. , como veo que sigues cautivo de esa visión áurea e inocente del socialismo, te sugiero que busques la pureza de la idea comunista en sus orígenes más remotos (yo te recomiendo que te remontes hasta el Libro de los ritos chinos o al filósofo taoísta Yang Zhu si quieres vislumbrar un atisbo de esa sociedad fraternal e incorruptible en la que quieres creer).

Yerras, eso sí, cuando fijas tu mirada en la labor de uno de los mayores asesinos de la historia. No me voy a basar en los libelos malintencionados de algunos de sus enemigos políticos, mi querido JM, para poner en tela de juicio tu benévola mirada hacia el sátrapa de Arras. Las obras de autores como el Abate Proyart, Galard de Montjoye o Ernest Hamel están llenas de injurias, distorsiones históricas y maledicencias varias. Los personajes históricos, incluso los más homicidas, merecen un juicio más sereno, ecuánime y ponderado que el que los Stalin, Franco, Hitler o Pol Pot concedieron a sus enemigos. No hay en mí rencor alguno hacia el joven abogado, brillante orador, conspirador en la sombra y taciturno personaje histórico. Sólo deseo iluminar la verdadera faz de un hombre cuyo resentimiento fue tan grande como para cometer los más terribles crímenes. Me apiado de él, como también me apiado de tu fascinación por la utopía igualitaria radical.

Entiendo como Rancière que la política hace referencia al derecho a cuestionar el orden de lo social, especialmente por parte de aquellos que son “excluidos” sistemáticamente por el  capitalismo y el régimen democrático representativo de esta ordenación. Para Rancière, una de las mayores “perversiones” del orden capitalista neoliberal globalizado ha sido precisamente la de ocultar lo “político” (politics) y sustituirlo por la pura gestión o administración de lo ya previamente ordenado, según instancias ajenas a los intereses de los menos favorecidos. Todavía quedan unos últimos romanos (Ocasio–Cortez, Zizek, Badiou, Rancière, Naomi Klein…), seguidores de la estela de Rousseau, dispuestos a imponer su república igualitaria y virtuosa aun a riesgo de ser reducidos a meras comparsas de un drama tan bello como macabro. Como decía Voltaire, cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro, la enfermedad es casi incurable. Solamente cuestiono que esa forma autoritaria que defendió tu admirado tirano sea la adecuada para tal fin.

Algunos años antes de que el acólito de Robespierre, Saint Just (el “místico de la guillotina” según Fouché) profiriese un alegato en favor de la decapitación de Luis XVI que todavía resuena en nuestro tiempo, el joven Maximilien, un brillante estudiante de orígenes humildes, recibía el encargo de honrar a los nuevos reyes de Francia con un brillante discurso en su colegio de Louis Le Grand, regentado por los jesuitas y que sería simiente de importantes revolucionarios como Freron, Dutetre o Desmoulins.

Parece ser que el joven e inseguro Maximilien no recibió con agrado el desdén con el que los jóvenes monarcas de Francia recibieron su ampuloso ejercicio de retórica latina. Aunque Robespierre no se hizo realmente republicano hasta 1792 siempre guardo un enorme rencor hacia el monarca que osó aburrirse con su oratoria impostada y escasamente original.

Abogado mediocre tampoco logró emular a su admirado Rousseau y aunque se presentó a varios concursos ensayísticos no tuvo mucho éxito. Sólo destaca tímidamente como político lo que le permite salir elegido como diputado por el tercer estado. A la sombra de tu vilipendiado Danton logra hacerse con el control del club de los cordeliers. Su mirada fanática no podía tolerar que nadie pudiera mostrar alguna imperfección moral. Sólo él se consideraba digno de dirigir el proceso revolucionario, hasta el punto de considerar como enemigos de la revolución a aquellos que osasen contradecir algunas de sus visiones. Robespierre era un elitista, no creía que todos los hombres fueran iguales en virtud. Consideraba a los sans culottes zafios, miserables. Tampoco sentía ninguna empatía hacia las necesidades más perentorias de sus conciudadanos. Fíjate lo que llegó a decir en 1793 cuando una turba de harapientos parisinos, cansados del terror y de la carestía, pedían algo tan humano como que su derecho al sustento les fuese garantizado por un gobierno que se decía popular:

“Cuando el pueblo se levanta ¿no debería tener una finalidad digna de el? ¿ Debe estar ocupado en mercancías diminutas? El pueblo debe levantarse, no para coger azúcar, sino para aplastar a los bandidos”.

Tampoco era Robespierre lo que se dice un feminista. Mandó ajusticiar a la primera mujer que pidió que los derechos consagrados por la revolución se extendieran a la mitad de la población. El horrendo crimen de Olimpia de Gouges consistió en caracterizar al tirano como un “animal anfibio”, haciendo referencia a la costumbre demodé de Robespierre de usar enormes pelucas que lo hacían parecer un enorme batracio.

Una vez Robespierre acabó con Hebertistas, cuyo crimen fue oponerse al intento del tirano por instauran un deísmo de estado en la forma del culto al ser supremo, y con los llamados indulgentes o dantonianos se hizo con el poder absoluto. Acabó con los últimos vestigios de la autonomía administrativa de los departamentos, colocó a un afín suyo al frente de la comuna de parís, instauró la obligatoriedad de obtener certificados de civismo ciudadano y acabó con cualquier atisbo de economía social al suprimir la Ley agraria.. De vivir hoy, mi querido J.M, no me cabe duda de que el abogado de Arras militaría en VOX.

Es ahora menester ocuparme de las acusaciones que haces contra Danton. A diferencia de lo que tu sostienes para con Robespierre, yo no defiendo la integridad absoluta del brillante orador Georges Jacques. Tenía muchos defectos, era en efecto amante del lujo y de los placeres carnales. Algo que puede resultar reprobable para mentes puritanas, como las de los Robespierristas que pobláis Valladolid (el librero de agrio carácter, el escritor petulante o el secretario general del partido único de la metonimia) pero que hizo mucho más humano y cercano al pueblo a Danton. Un cobarde como Robespierre jamás perdonó a Danton tener la valentía de negarse huir cuando era consciente de que iba a ser apresado sobre la base de una acusación llena de falsedades. Temerosos de que la enorme capacidad oratoria de danton inclinase al pueblo hacia la justicia y no hacia la venganza, como deseaba tu admirado tirano, Saint Just hizo aprobar a la convención un decreto exprés para privar a la los juzgados del derecho a comparecer en su propio juicio. De esta forma, el fiscal del proceso, Fouquier-Tinville, un esbirro de Robespierre, pudo lograr que el tribunal estimase íntegramente su escrito de acusación, que también reproduces en tu escrito, y mandara al cadalso a unos hombres cuyo delito fue evolucionar para dar al pueblo lo que éste demandaba : el final del terror.

Para que te hagas una idea del horrendo magnicidio perpetrado por tu defendido. Desde la aprobación de la ley de Prairial, en solo mes y medio se detuvieron a 1376 personas. Las cárceles vaciadas y todos sus inquilinos ejecutados. Incluso el famoso 9 de Thermidor, cuando la pesadilla llegó a su fin, todavía quedaban en las cárceles 45 condenados que esperaban una muerte segura.

Respecto a tu valoración sobre mi persona, sólo me cabe recordarte las sabias palabras de Schiller que decía que en lo que parecemos todos tenemos un juez, pero en lo que somos, nadie nos juzga. Me tachas de cartesiano y de falto de empatía. Voy a decir uso de una célebre frase evangélica del capítulo 6, versículo 3 del evangelio de San Mateo que afirma lo siguiente: “No dejes que tu mano izquierda sepa lo que hace la derecha". De lo bueno que uno hace, sólo su propia conciencia ha de ser testigo.

Incluso aquellos hombres que parecen más transidos de racionalidad pueden ser los más apasionados. Fíjate en el bueno de Baruch Spinoza que dedicó todo un tratado a analizar las pasiones según el modelo geométrico, como si estas fueran líneas, rectas y polígonos, pues consideraba que sólo el conocimiento verdadero de nuestras afecciones nos puede hacer libre. Sin embargo, el filósofo de origen sefardí estuvo una vez profundamente enamorado lo que sirvió para que un tratado, lleno de corolarios, axiomas, escolios dijera algo tan bello como que el amor es la alegría de que el otro exista.

Amor que jamás conoció Robespierre, quien sólo vivió instalado en la amargura, la soberbia y la incomprensión para con los errores y los defectos ajenos…

1 comentario

  1. Hacía tiempo, mucho tiempo, que no disfrutaba en un periódico de algo parecido a lo que Carlos y JM Gándara están haciendo en su diatriba Danton-Robespierre. Resulta indiferente qué postura me convenza más o con la que más próximo me encuentre, porque es un gusto leer comentarios de este tipo en la prensa, tan alejada por lo comùn de profundidades filosófico-políticas de esta envergadura. Un aplauso para ambos y que continúe la polémica.

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