Sentir prudentemente, pensar prudentemente, decir prudentemente, comer prudentemente, existir prudentemente. Y una merde.

Y después, asumir el silencio como conducta. Un “acallamiento”, un sano “cierra el pico” como dicen los patriarcas. Unos patriarcas que adoran negar la realidad cotidiana y al hacerlo, nos reprimen /nos suprimen mientras ellos, entretanto, hacen un esfuerzo olímpico para demostrar que la lucha de las mujeres ha triunfado hace tiempo y que nunca como ahora habíamos estado tan presentes en las esferas públicas y gozado de tantísimos derechos. Que de qué nos quejamos todas. Que qué queremos más.

Más, no. Todo. Lo queremos todo. O dicho de otra forma papaítos: Ni un paso atrás.

Y porque ya nos hemos dado cuenta que la mejor forma de negar un problema es callarlo, vamos a hablar. Y porque ya nos hemos dado cuenta que es muy fácil caer estúpidamente en la ilusión de creer que lo que NO se dice, puede de hecho no existir, vamos a decirlo:

Sus palabras son una perfecta merde.

Ustedes, los partidos-empresas, los fascistas del tercer milenio, los VOX que votan (perdón, que vomitan) y los nuncios de variado pelaje que tiran la piedra y esconden la mano son unos saurios y por mucho que alaben a la familia y al ecologismo (les encanta limpiar los parques y de paso acusar a los drogo- dependientes), por mucho que recojan alimentos (solo para españoles), por mucho que vayan de enrollados y revindiquen a Passolini, por mucho que lean a Gramsci ya no engañan a nadie. Y nadie es nadie para que lo sepan.

Pero no nos descuidemos porque si no avanzamos hacia ese lugar desconocido que es la revolución de los géneros ya sabemos, exactamente, hacia dónde vamos a parar: un Estado patriarcal y omnipotente que infantiliza no solo a las mujeres sino también al resto de los ciudadanos, que interviene en todas nuestras decisiones y que por nuestro propio bien, con la excusa de protegernos, nos mantiene en la ignorancia y en el miedo a los castigos mientras el tratamiento de favor – y aquí quería llegar – reservado hasta ahora a las mujeres y basado en el silencio, podría así extenderse a todos. Pero sospechemos. De ese tratamiento sospechemos porque el poder que otorga un Estado enfermo es, forzosamente, un poder sospechoso. Condescendiente. Ahora son muchos los que pretenden convencernos de que el combate feminista es más bien algo secundario como si fuera un deporte de ricos sin pertinencia ni tampoco urgencia ante tantas otras discriminaciones y desastres. Pero no. Haría falta ser idiota o asquerosamente deshonesto para no darse cuenta que patinan.

A ver si se estrellan.

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