"El culto a la revolución es una de las expresiones de la desmesura moderna"

Octavio Paz (1914-1998). Escritor mexicano.

“Los intelectuales somos muy reaccionarios, y son más reaccionarios los que presumen de progres”

Francisco Ayala

“Mi desacuerdo se concentra mayormente con los reaccionarios de cualquier color político: los azules a quienes desagrada el cambio cultural, los rojos a quienes desagrada el cambio económico y los verdes a quienes desagrada el cambio tecnológico..”

Matt Ridley

Me llamas reaccionario para vincularme con una tradición de pensamiento que literalmente “espanta” al lector medio de últimoCero. También crees que me colocas con ello en una posición incómoda frente al establishment izquierdista de la ciudad. Piensas que tus referencias a otros medios con los que he colaborado puede suponer una “merma” en la credibilidad de mis afirmaciones. Utilizas un tipo de falacia lógica informal que se conoce como “ad hominem”. En primer lugar decirte que la condición moral o profesional del sujeto del discurso no tiene por qué afectar a la validez formal de una argumentación. En segundo lugar no me incomoda lo más mínimo. Primero me la trae literalmente al pairo ( creía que me conocías algo más) lo que opinen nostálgicos del estalinismo, maoístas-comuneros o adláteres del partido metonímico. Tampoco busco “rascar” ningún favor ni prebenda de los que manejan el cotarro de lo políticamente correcto, así que soy básica y esencialmente libre para expresar mis pareceres y mis opiniones. Algo que siempre intento hacer desde el rigor conceptual, algo que tu identificars con falta de “alma” o emotividad . Para mí, a diferencia de Badiou, la poesía no es una condición de verdad, sino el espacio discursivo límite de las posibilidades que tiene el lenguaje para usar la analogía, la alegoría o la hipérbaton y de esa manera poder hablar de lo que es inefable pues forma parte del acervo psicológico del individuo. La poesía intentaría ser pues ser una especie de intento de refutación de la tesis de Wittegenstein sobre la imposibilidad de que existan lenguajes privados. El poeta lo que intenta trasmitir son estados emocionales subjetivos que el lenguaje natural no puede traducir en toda su exactitud. Eso no quiere decir que no sienta, padezca, sufra o me compadezca. Simplemente quiero decir que al igual que no usamos el soneto para hallar la relación entre las derivadas de una función desconocida, sino que hacemos uso de las ecuaciones diferenciales, de la misma manera para hablar de política o de filosofía no creo en la utilidad de los tropos literarios. En este punto me acerco a la tradición analítica del filosofar si quieres. En cualquier caso se trata de una opción personal, que no compartieron figuras de la talla de María Zambrano o Heidegger, por citar algunas.

Segundo te reto a encontrar en alguno de mis escritos algo que no sea heterodoxo. Siempre lo he sido y lo seré, en cualquier medio para el que escriba. Me “mojo” y no necesariamente sigo la corriente dominante. Siempre lo he hecho así. Ya fuera en el Ateneo Republicano donde osé llamar “payaso” (al convertir la política catalana en una sucesión de payasadas) al señor Puigdemont para gran disgusto de la facción maoísta-comunera, o criticar abiertamente a Podemos cuando no estaba de moda hacerlo, como ahora. No encuentro en tus escritos, aunque sí en tus conversaciones privadas, un compromiso igual de libre con tus opiniones reales. ¿No será mi querido amigo Jose Miguel que te escudas en tu condición de rapsoda para no pronunciarte sobre asuntos que te puedan traer algún quebradero de cabeza? Te animo a que escribas en alguno de esos medios que dices te censurarían. Los medios al uso tienen una línea editorial muy marcada pero cada vez florecen más medios alternativos que alojan en su seno sensibilidades diferentes lo que enriquece al lector sobremanera. El modelo del periodismo de trinchera está en crisis terminal. Así que te animo a que hagas caso de esa célebre frase que atribuyen a Alejando Magno y que decía que quien se pasa toda la vida esperando una oportunidad para hacer lo que quiere acaba perdiendo su juventud. En este caso tu juventud creativa y gran talento literario. Estoy seguro de que hay multitud de revistas, blogs, incluso grandes periódicos donde podrías exponer tu brillante retórica anticapitalista.

Por reaccionario creo que te refieres a conservador. No me considero conservador en absoluto. Tu eres mucho más conservador que yo. Quieres conservar un esencialismo en la izquierda. No quieres que se corrompa el que tu crees inmaculado patrimonio moral de esa tradición política que tu remontas hasta los tiempos de Robespierre. Me acusas de caricariturizar al personaje. Nada más lejos de la realidad mi querido amigo. Precisamente, como puse de manifiesto en un artículo anterior, me propuse huir de cualquier estereotipo vinculado al abogado de Arras, ya fuera este el de monstruo, como Fouche lo caracterizó, o a su leyenda áurea de incorruptible.

La virtud del tirano básicamente consistió en una nostalgia de los modos de obrar del llamado republicanismo cívico, muy en boga a mediados del siglo XVII, que suponían una mistificación del funcionamiento de la Roma republicana y de la Atenas de Pericles. Esta tendencia alcanzó su culmen en la obra de Rousseau. Robespierre se veía así mismo como una especie de continuador moral del consul fabricio, de Catón u otros legendarios políticos romanos. La realidad es que Robespierre tuvo que vérselas con un mundo en cambio. Con un sistema político, el de la representación moderna, que estaba en sus comienzos y que se compadecía mal con el funcionamiento de la democracia antigua que el tirano tanto añoraba. Robespierre contraponía el gobierno constitucional, pensado para épocas de normalidad institucional, al gobierno del terror revolucionario. Un sistema político basado en la paranoia y en la desconfianza patológica hacia todo el que tuviera opiniones discordantes con la pequeña facción jacobina que él representaba. Bajo dicha forma de terror todo exceso estaba permitido, hasta los mayores crímenes. Una peculiar manera de interpretar el ideal utilitario que en materia moral dices que Robespierre abrazó.

Dicha corriente de pensamiento era básicamente anglosajona y tuvo en John Stuart Mill a su representante más destacado. Según el consecuencialismo (otra forma de designar al utilitarismo) no existen propiedades intrínsecas que hagan buena o mala una acción moral. Se trata de buscar los efectos que la validan o invalidan moralmente. Generalmente el criterio que se propone es el de la felicidad para el mayor número. El problema radica en que la felicidad es un criterio básicamente subjetivo y cualitativo que se compadece mal con los designios de una especie de filósofo-rey, que es a lo que reduces la figura de Robespierre. Por otro lado la felicidad de Robespierre no tenía por qué coincidir, y de hecho no lo hacía con la infelicidad de la inmensa mayoría del pueblo francés que estaba harto del terror, de la carestía y del moralismo axfisiante de una facción jacobina cada vez más radicalizada. El utilitarismo de Robespierre queda por lo tanto reducido a mero egoísmo personal. Modelo de utilitarismo muy estalinista el que defiendes me temo, mi querido amigo José Miguel.

Que Robespierre fuera un deísta no me plantea ningún problema. Voltaire también lo era. Lo que me plantea más problemas era su intolerable fanatismo que le hizo llevar al cadalso a multitud de compañeros revolucionarios por el mero hecho de ser ateos. Por otra parte su deísmo, personificado en el culto al ser supremo, lo que encubría era la pura vanidad del personaje, que convirtiéndose a si mismo en el sumo pontífice del nuevo credo religioso aspiraba de ese modo a imponer coactivamente a la sociedad sus convicciones morales.

Nadie niega, incluso yo mismo (al que consideras el epítome de la insensibilidad social), que la desigualdad es el gran problema del ser humano. De ahí que me cites a un autor, Rawls de tradición liberal, que también se ha ocupado de ese tema con exhaustividad elaborando una abstracta teoría sobre la justicia social. Lo que cuestiono es que el modelo autoritario de corte soviético (pues eso en lo que fue la URRS un epígono del gobierno de terror jacobino) sea el medio más ético y eficaz para conseguir una sociedad más justa e igualitaria. Yo, y lo sabes muy bien mi querido José Miguel, creo en la igualdad de oportunidades, en el carácter público de la sanidad y de la educación. Precisamento por eso, me opongo con gran firmeza contra aquellas formas posmodernas de entender el izquierdismo que ha convertido a la educación pública, meritocrática y rigurosa en una especie de estercolero, donde ya no se adquieren saberes sino sencillamente competencias. En la pasada apertura del congreso sobre estudios clásicos que se celebró recientemente en nuestra ciudad mi querido amigo, la actual ministra de educación (que se dice de izquierdas) abogó por poner fin a los saberes enciclopédicos porque no sirven para afrontar las exigencias del mercado. ¿Es ese un discurso de izquierdas o es neoliberal? Yo sostengo y no me cansaré de hacerlo, aunque me acusen de ser un émulo del gran traidor del izquierdismo en boga, Diego Fusaro, que buena parte del discurso de lo que ahora pasa por izquierdista no deja de ser una forma de discurso neoliberal debidamente camuflado. Por supuesto que eso no desclifica al ecologismo, al movimiento en favor de la extensión de derechos a minorías o a la lucha feminista. Lo que sostenemos algunos es que esa exaltación de la diferencia aislada del problema fundamental (la contradicción esencial entre capital y trabajo) es una forma de posmodernismo neoliberal, que resulta muy conveniente para las oligarquías que de verdad dominan el mundo.

Respecto a mi posicionamiento respecto a la revolución francesa. Creo, como he puesto de manifiesto, que no hay una sólo revolución francesa, sino varias que se sucedieron en el periodo comprendido entre 1789 y 1799. Respecto del periodo de terror 1793-1794. Mi juicio no puede ser más desfavorable. El régimen del directorio fue corrupto y en general en la revolución se vivió, como dice Octavio Paz, una verdadera desmesura. Eso no quita que cambiara el mundo y que este no se pueda entender sin la brillante oratoria de Danton, el activismo de Marat o el utopismo de Babeuf. El Robespierre jacobino anticipó eso si, la barbarie del estalinismo, el peor maoísmo o el reǵimen sanguinario de los jemeres rojos. Sé que acusas de epígono de los nuevos filósofos franceses, que traicionaron el legado del 68, cuando comprendieron que el maoísmo y el estalinismo no eran producto de mentes enfermas sino que eran la consecuencia de una lógica política determinada. Yo sencillamente prefiero autodenominarme heterodoxo. En ese punto puedo coincidir con tu tan odidado Bernard-Henri Lévy, pero en otros no puedo estar en mayor desacuerdo. Por ejemplo en su defensa del militarismo en Libia o en su ardorosa defensa del consenso socialdemócrata europeo.

Por último me gustaría recordarte una reflexión que hace Milan Kundera en su libro La insoportable levedad del ser en el que afirma que el estalinismo no fue fruto, como muchos de vosotros todavía creéis, de seres abyectos o moralmente monstruosos, sino que fue el resultado del convencimiento acrítico de una serie de fanáticos que de verdad pensaban que el camino hacia el paraíso de construye pasando primeramente por la pesadilla. Me encantaría Jose Miguel que no fueras uno de estos inconscientes dispuestos a llegar a imponer el terror con tal de alcanzar el cielo en la tierra. Sin embargo tu defensa cerril del terror jacobino me confirma en mis peores sospechas.   Soy un “reaccionario”, porque reacciono y me rebelo contra el dogma, contra la imposición. Hago mías las siguientes palabras de Spinoza.

«Dado que las palabras forman parte de la imaginación, es decir, que, como formamos muchos conceptos conforme al orden vago con que las palabras se asocian en la memoria a partir de cierta disposición del cuerpo, no cabe duda de que también las palabras, lo mismo que la imaginación, pueden ser causa de muchos y grandes errores, si no los evitamos con esmero».

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