La iglesia católica estuvo sin Papa durante casi tres años -exactamente treinta y cuatro meses- desde el fallecimiento de Clemente IV, en 1268. Este vacío de poder se produjo, por un lado, a causa de la enemistad que existía en Italia entre los güelfos y los gibelinos. Las luchas entre estas dos facciones políticas procedían del siglo XII. Surgieron porque los güelfos apoyaban, dentro del Sacro Imperio Romano Germánico, a la casa de Baviera, mientras que los gibelinos apoyaban a la casa de Hohenstaufen. Es preciso tener en cuenta que, en este tiempo y en siglos sucesivos, el papa y el cargo de emperador del Sacro Imperio eran los dos poderes universales. Por otro lado, el cuerpo cardenalicio estaba dividido entre una facción francesa, partidaria de favorecer a Carlos de Anjou, rey de Sicilia y hermano de Luis IX de Francia, y otra italiana, que prefería que el papado estuviera en manos del Sacro Imperio. A su vez, la facción italiana estaba dividida en dos bandos, uno de las cuales defendía la candidatura del cardenal Orsini mientras que el otro defendía al diácono Riccardo Annibaldi. La enemistad entre estos bandos era tan grande y sus intereses tan opuestos que la elección del papa nuevo se demoró casi tres años.

En ese tiempo, el cónclave se reunía en la catedral de la diócesis en la que el papa hubiera encontrado la muerte, de manera que este cónclave se reunió en la catedral (duomo) de Viterbo, ciudad italiana de la región del Lacio. Como pasaban los meses y no había fumata blanca, la gente de Viterbo, que se congregaba para conocer el resultado de las votaciones, comenzó a manifestar su hostilidad hacia esa situación, de forma que, si damos por buena una de las versiones que existen sobre estos hechos, el prefecto local, Raniero Gatti, y el primer magistrado (podestá), Alberto de Montebono, encabezaron la revuelta popular y condujeron a los cardenales al palacio episcopal, donde los encerraron bajo llave (clausi cum clave, de donde procede la palabra cónclave), alimentándolos únicamente con pan y agua hasta que llegaran a un acuerdo. En ese momento se estableció un procedimiento, llamado Ubi periculum (en caso de peligro), que conllevaba, mientras no hubiera acuerdo, el aislamiento de los cardenales, la reducción del número de sirvientes que hubiera a su servicio, la disminución progresiva de la comida y la suspensión de los sueldos de los cardenales. Además, para que la presión fuera mayor, la gente demolió el techo del edificio, dejando a la intemperie a los cardenales. Así las cosas, la decisión no tardó en producirse: el 27 de marzo de 1272, Gregorio X fue elegido como sucesor de Clemente IV, y se acabó con el procedimiento llamado Ubi periculum.

Gregorio X, que era miembro de la familia Visconti, partidaria de los güelfos, cuando fue elegido papa ni siquiera había sido ordenado sacerdote, puesto que había recibido únicamente la orden del diaconado. Fue él quien, en el II concilio de Lyon (1274), decidió regular la elección del papa y aprobó que, en lo sucesivo, el cónclave se iniciaría pasados diez días de la muerte del papa, se celebraría en clausura estricta y se aplicaría el procedimiento Ubi periculum, por el que, a partir del tercer día los cardenales dispondrían de una única comida y, a partir del octavo, solamente se alimentarían de pan y agua.

Este no ha sido el único ni el último cónclave largo y curioso, pero puede servirnos para reflexionar sobre lo que sucede en España tras las elecciones del 28 de abril pasado. A más de uno se le ocurrirá que se regule por ley encerrar en una habitación, sin sueldo, a pan y agua y sin comunicación alguna con el exterior a los cabezas de lista de los grupos parlamentarios o a los representantes de los partidos hasta que alcancen un acuerdo para formar gobierno. A más de uno se le antojará la idea de que, aunque ahora no esté regulado el procedimiento, no estaría mal aplicar el procedimiento Ubi periculum, porque la soledad, la incomodidad y el hambre estimularía la búsqueda de acuerdos. Las voces de hartazgo y alarma vienen de todos los lados: España lleva sin un gobierno estable desde hace varios años, con prórrogas sucesivas de los presupuestos generales del Estado, con un gobierno en precario desde la moción de censura que expulsó a Mariano Rajoy (1 de junio de 2018) y, con él, al Partido Popular, de la Moncloa y con un gobierno en funciones desde el 4 de marzo pasado. Para más inri, los problemas siguen ahí, algunos acrecentados: precariedad, paro, difícil emancipación de los jóvenes, burbuja de los alquileres, financiación de las comunidades autónomas, futuro de las pensiones, diálogo social suspendido, transición energética y un largo etcétera. Si esto fuera poco, el P.P. no está dispuesto a devolver con su abstención el gesto de responsabilidad que tuvo el P.S.O.E. y que, en un momento de impasse político, propició que Mariano Rajoy gobernara; Ciudadanos parece echado al monte con sus cordones sanitarios -y sus contradicciones ubicuas-; y ambos, junto a Vox, forman un bloque de difícil justificación democrática. Y, por si esto no fuera suficiente, Unidas Podemos, juega al órdago desde el primer momento y solamente se aviene a un acuerdo a costa de una vicepresidencia y de varios ministerios -¡cuán relevante es lo sucedido en La Rioja!-, siempre que la vicepresidencia sea para el señor Iglesias, y eso que con sus votos tampoco se alcanza la mayoría absoluta parlamentaria. El horizonte de repetición de elecciones se percibe como la tormenta perfecta, en la que, junto al fracaso de la democracia, sumaremos seguramente más abstención, crecerá la desafección, con las consecuencias que todo ello puede tener en el voto de los españoles, que cambiará el equilibrio actual de fuerzas políticas, con un resultado imprevisible y hasta es posible que más complejo todavía.

Y, ¿por qué no a pan y agua? Si los señores Iglesias, Rivera y Casado son incapaces de sentarse a hablar y negociar un gobierno, seguramente ellos, junto a sus formaciones políticas, van a ser los más perjudicados.

No sé si las profecías de san Malaquías son aplicables a nuestros líderes. No sé cuál de ellos puede ser “Frigidus Abbas” (el abad frío), “De parvo homine” (un hombrecillo), “Aquila rapax” (águila codiciosa), Petrus Romanus (Pedro el Romano), tras el cual llegará el apocalipsis, según san Malaquías. ¿Alguno de nuestros líderes responderá al título de “Lumen in Caelo” (luz en el cielo)? O, como pueden pensar los más agoreros, ¿tras ese Petrus Romanus, nos encontraremos con una “Religio depopulata” (religión devastada), es decir, con una España devastada? No estaría mal encontrarnos con líderes que respondieran al título “De labore solis” (que trabaja de sol a sol) y recondujeran la situación. En caso contrario, no quedará más remedio que pensar en castigar a pan y agua a quienes son incapaces de atender el mandato de las urnas; a quienes ni siquiera tienen la cortesía mínima, que exige atender las invitaciones a dialogar, y a quienes carecen de la actitud de trabajo para conseguir pactos y, con ello, la gobernabilidad de España, sin que haya que repetir las elecciones hasta que alguno de ellos se sienta contento con los resultados.

En la política existe mucha egolatría, y en España la egolatría es una plaga. Parece como si nuestros líderes pensaran como Napoleón Bonaparte, que escribía a pie de página del comienzo del capítulo XI de El príncipe de Maquiavelo: “¡Ah! ¡Si yo pudiera en Francia hacerme a mí mismo Augusto y supremo Pontífice de la religión!”

¡Que venza la democracia y no venzan los bárbaros, como decía Borges!

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