El dinero piensa; el dinero dirige: tal es el estado de las culturas decadentes.

La decadencia de occidente. Oswald Spengler

 

Occidente: es una encantadora incivilización, donde todas las personas que se precien,-si es que quieren sobrevivir,- tienen que dedicar su tiempo a cosas horribles, a vender su alma y a su madre, si fuera necesario, en una eterna y hedionda rueda del mercado que les roba la vida, les etiqueta funcionalmente, les desposee de cualquier ética o moral, les convierte en crónicos infelices y en seres de tuétanos frustrados y meninges deshechas, en sombras asmáticas y cabizbajas. Ya no son posibles empatía o compasión algunas, se salvará quien pueda, y aquel al que no le sea posible, sucumbirá en un océano de indiferencia.

Es una civilización fracasada, es decir, incivilizada, repleta y a rebosar de seres zombificados, vacíos de contenido, de fascistas simplones que todo lo arreglan a machetazos, campañas de eugenesia, y exterminación de todo lo que se mueva, ¡valientes cobardes!!.

 

Sus habitantes son compradores y glotones compulsivos, neuróticos, obsesos, neurasténicos y oligofrénicos aislacionistas comedores de bananas, mientras presumen de prescindir del prójimo, los hombres de las mujeres, las mujeres de los hombres, los ancianos de los jóvenes, los jóvenes de los niños, y los niños de cualquier autoridad que les pudiera impedir su conversión en perversos polimorfos.

Compran y recompran, venden y revenden, en un intento de llenar sus pobres e insustanciales vidas, de cubrir con viento la plenitud vital que les fue arrebatada en el nombre del progreso, ¡qué ironía!!

Hablando a lo Spengler, occidente se extinguirá víctima de una consunción autoinfligida, y los que sobrevivan, esconderán a los muertos bajo la cama o debajo de las alfombras, porque en occidente se sostiene la costumbre de ocultar la muerte y a los muertos, ya que contradicen su cultura ultramaterialista.

Occidente es la marca registrada del anticristo, si, piensan ustedes bien, es ese muñecote del que nos hablaba el bueno de San Juan en su apocalipsis.

Ya nos advertía Chateaubriand, cuando escribía que hay verdades para nadie controvertidas, que al número de esas verdades pertenecen la rebelión y la caída del espíritu de orgullo, la creación del mundo, la felicidad primitiva y el pecado del hombre, pues es imposible creer que una mentira absurda llegue a ser una tradición universal. Podemos pues concluir, que la civilización occidental ya había muerto, incluso antes de haberse alzado desde el barro, al haber prescindido del espíritu y de la raíz que le ataba a la tierra. Crónica de una muerte anunciada y revelada por todos los sabios.

Occidente no puede dar lecciones a nadie, no está en condiciones de dar lecciones a nadie, es una vieja cheposa y analfabeta a punto de quebrarse. Nada podría enseñar, ni a la última de las tribus de Papúa-Nueva Guinea.

En occidente los médicos no son médicos, sino fríos funcionarios, la medicina no está para sanar, sino para conseguir más y mejores arreadores, cargadores, y trabajadores para el sistema, si te duele el alma, no pasa nada, te administramos un ibuprofeno y listo; los profesores no son maestros, sino funcionarios expertos adoctrinadores; los curas no son sacerdotes, sino ensotanados funcionarios, gestores de la muerte, de la miseria del pueblo, de la salvación o la perdición; los abogados no son abogados, sino rancios autómatas servidores de la ley de las clases pudientes; los funcionarios tampoco son funcionarios, sino dulces eunucos y grises escribas, rendidores a tiempo parcial de vasallaje al poder.

El lema favorito de occidente es el siguiente: ”la codicia, disfrazada de bienintencionado progreso, es nuestro fin. Las personas y sus necesidades, nuestro problema”.

Occidente presume de democracia, pero en el fondo se debate en el más terrible de los totalitarismos, el de las grandes corporaciones económicas.

Pero que nadie se alarme. Seguimos progresando.

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