Que Pedro Sánchez sea nulo es inverificable. Lo sería si fuera una cualidad específica, o si él se midiera a sí mismo. Pero resulta que a diferencia de Felipe González que se tomaba por él mismo, Sánchez ni siquiera se toma por Sánchez. Ni por él mismo, ni por nadie más. Hace esto o no lo hace, o bien hace lo contrario a merced de la coyuntura, de los tics de sus barones o la presión del lobby financiero. La voluntad política (me refiero a la suya) no tiene nada que ver en este asunto. Ha hecho de lo político un espectáculo (él, sí, ÉL) y en ausencia de una opción real, todo en él termina en equidistancias hasta terminar confundiendo su elegante sombra con lo que se ha dado en llamar “el estado normal de las cosas” (políticas). Un estado que como es evidente resulta tan chato y esponjoso como un encefalograma-plano.

Ahora bien, para salvaguardar la ficción y el disfrute del dicho espectáculo hay que mantener una tensión diferencial. Jean Baudrillard nos da un buen ejemplo. Algo así – dice - como la historia de aquel ilusionista que, en el escenario, se veía obligado a mecanizar artificialmente sus gestos para distanciarse del autómata que tenía al lado y cuyo comportamiento era tan perfecto que ya no se distinguía más al hombre de la máquina”.

Y eso es sin duda lo que pasa. Aquí tampoco se distingue ya a Don Pedro del estado de las cosas. El buen hombre se ha mimetizado con ellas. Ahora, lo podemos confundir perfectamente con la nulidad automática del estado de cosas. Y no podemos tampoco enfadarnos con él, sólo podemos compadecerlo. Esta anómala situación está en su naturaleza profunda (se trata más bien de una oquedad), en su mimetismo de base, en su peligrosa tendencia a las equidistancias varias. Me pone de los nervios.

Añadir que incluso en un juego sin apuesta, este hombre es muy capaz de abstenerse. No sé cómo, pero a estas alturas, ha conseguido terminar convirtiéndose en un clon de sí mismo y esto es algo – siento decirlo – que en política no se perdona. ¡Tanta pavisosez!

Añadir también que entre todos nos lo hemos ganado a pulso. Hoy somos todos nulos como pueblo, lo que significa, a mi modo de ver, que ya no hay representación, sino sólo figuración. Nosotros somos la “CLA” y hacemos figuración estadística. Él, y el resto de los políticos (no hay más que verlos) hacen figuración televisiva. El espectáculo así, está servido.

No es algo nuevo. Más bien todo lo contrario. Él señor candidato es un personaje nulo que se ha convertido en el espejo perfecto de la nulidad de todos. El hecho de que en realidad ÉL no exista se ve contrarrestado por el sorprendente hecho de que los representantes elegidos en nuestro país tampoco son tales. Es, simplemente, el final de una hermosa historia.

Con todo, una y algunas que yo conozco, siguen teniendo perfectamente claro que si por fin, vuelven a llevarnos a elecciones, no seremos de las que nos abstengamos. Pensamos ir a votar, una vez más y todas las que hagan falta. Que, por nuestra nulidad, no quede.

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