Recientemente han circulado artículos en prensa nacional que hablan de la queja de artistas, creadores y colectivos culturales en la ciudad de Barcelona. Una ciudad que destina a la cultura entre el 10 y el 12 por ciento del presupuesto municipal. Es una de las pocas ciudades, por ejemplo, que convoca subvenciones en concurrencia para la producción de artes escénicas o la mejora de la insonorización en los locales de su red de conciertos. De allí parte una de las más interesantes ideas y estrategias culturales actuales, la referida al eje de relación centralidad-proximidad cultural. Entendiendo por centralidad la practica institucional y especifica de las artes, diseño, creatividad, y como proximidad la practica social, ya sea a través de instalaciones públicas (casas de cultura, centros cívicos) o privadas, habitualmente asociativas, emergentes y muchas veces auto gestionadas.

Cuando la economía va bien y quien gobierna no es excesivamente conservador hay incluso buen entendimiento y buenas relaciones entre estas dos visiones de la cultura, a veces la cultura de base y proximidad es el laboratorio creativo del sistema cultural en general. Pero en España, un país que destina a I+D menos de la mitad que la media europea la cadena suele romperse por el eslabón menos financiado: la cultura de base, la que emerge de la propia sociedad... muchas veces una cultura muy crítica con las instituciones de la centralidad. Crítica dura pero imprescindible para hacer funcionar la evolución.

Si esto pasa en grandes ciudades donde hay vitalidad suficiente –antes Londres, ahora Berlín- en las pequeñas y medianas la simple prohibición o falta de comprensión y ayuda pueden dar al traste con muchas iniciativas culturales: musicales, teatrales, editoriales, circo, audiovisual...

Simplemente, el “ascensor” deja de funcionar, nadie tiene ya la primera oportunidad de mostrar a sus conciudadanos su talento y a veces su osadía. Nadie expone en bares, o muestra sus canciones. Nadie hace sus primeras representaciones escénicas en centros cívicos, nadie presenta sus libros en cafeterías o pequeñas librerías… nadie no, pero muy pocos. Tan pocos que nunca se llega a la “masa crítica” suficiente para que cunda el ejemplo y aumente ese “caldo de cultivo” cultural del que hablan los autores franceses, incluso el muy afamado Richard Florida lo considera imprescindible.

En Valladolid, habiendo mejorado mucho la situación sobre la “prohibición” pura y dura del Partido Popular en sus mandatos, ha habido un destello a comienzos de la pasada legislatura, pero el fuelle se ha ido extinguiendo en cuanto a “primeras oportunidades” de la creación local, de base, social, de riesgo. ¿Falta de apoyo? ¿Falta de financiación? ¿Las dos cosas? Algo de eso hay.

Tan importante es ayudar a financiar una actividad cultural- subvenciones- como ofrecer apoyo mediante actividades en centros cívicos y centros sociales como facilitar medios, espacios y normativa adecuada para que la propia sociedad, en espacios no institucionales, muestre su talento y creatividad. A veces es tan fácil como apoyar una red de talento local partiendo de lo que ya hay (mapeo cultural) y ofreciendo recursos autoorganizativos reales, no “a imitación de…” (Barcelona, Zaragoza, Madrid…) queriendo imponer en este proceso espontáneo y un tanto caótico “coordinadores municipales” o pensando que los grupos de rock ensayan después de haber hecho los deberes y merendado un bocata de nocilla, eso no pasa en el mundo cultural real.

Y es que la “innovación” con tarjeta de ficha de 8 a 15 no funciona… decía André Bretón, padre y madre del surrealismo: el arte será convulsivo o no será.

¿Se atreverán? No parece, pero…

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