Quiero decir a cuarenta y casi ningún día de que se acabe el plazo; a otros tantos – no se ni en qué día vivo - de una investidura fracasada; con más de medio país clamando porque se respeten los votos de los electores de izquierda y, si vamos a eso, los de todos los demás va, el señorito va y se pone de vacaciones en el Parque de Doñana.

 

No, el señorito no es dios ni gusano, sus deseos insensatos abarcan y definen cualquier posible coreografia, todo éter y aplausos interesados; sus máscaras, son cristalizaciones de su propia falta de ideología, como las de las moñas y en su naturaleza, no te engañes, todo es perfectamente real, incluyendo la conciencia y los principios. Así que no, no hay absolutamente nada de lo que preocuparse. No es que hayan fallado los cálculos o que el partido socialista no tenga vergüenza: es que – de la Transición acá, nunca la tuvo.

 

Ahora bien, si quieres saber, lo que ocurrió fue esto: nos mintieron, nos vendieron ideas sobre el bien y el mal, nos hicieron desconfiar de los verdaderos amigos y nos avergonzaron de lo que ellos llamaban “radicalismo”. Después, se inventaron palabras de asco para nuestra esperanza, nos inmovilizaron con su indiferencia, nos aburrieron con el lenguaje correcto y con todas sus roñosas emociones.

 

Lo hemos oído de sus labios: no hay devenir, ni revolución, ni lucha, ni sendero. Vivimos ya en un mundo feliz, no hay de qué preocuparse. Para eso está él y sus cipayos, reuniéndose con los colectivos sociales pero no con sus compañeros de trabajo, inmerso en su propia adoración, como Narciso, hasta que los hechos, los hechos reales congelen esa sonrisa de una bofetada.

Y que no se preocupe el hombre, nosotras, algunas, estaremos ahí para celebrarlo.

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