Hay algo que huele a podrido en Europa (disculpa Shakespeare). Llevamos ni se sabe ya cuánto tiempo poniendo macetas en las ventanas de nuestros parlamentos, haciendo vomitivas loas al éxito social, a los beneficios materiales y a la madre que parió a estas nuestras democracias y creyendo al mismo tiempo que esta “clase” de democracia, estos mismos Parlamentos son la purga de Benito, la cura de nuestros males.

Pienso en el drama del Open Arms y antes en el Aquarius y luego en los demás (quedan muy pocos) obligados a suplicar, a pedir perdón por sus heroicos esfuerzos a un montón de políticos asilvestrados, vergüenza de la condición humana por más que los hayamos elegido, sí, democráticamente. Gentuza bien instalada que además de cobrar de nuestros impuestos se permiten acusar a estas ONG´s (que hacen lo que ellos no hacen y tendrían que hacer) de facilitar la” inmigración ilegal” y de “ser cómplices de los traficantes” y para redondear, se refieren a las 594 personas ahogadas en la ruta migratoria más mortífera del mundo como si fueran las bajas naturales de una migración de patos y ellos no tuvieran nada que ver con el asunto.

Pero la cosa, ya sabemos, tampoco termina ahí y cuando por fin estos barcos consiguen tocar puerto estas mentes privilegiadas, me refiero a los políticos elegidos) mandan a unos cipayos que suben a bordo no para ayudar, sino para buscar una disculpa a sus tartamudeos y entonces, inspeccionan los buques, ordenan a la tripulación que complete una serie de ejercicios (imagino que acrobáticos), comprueban los botes y los separadores de aceite y de agua para – finalmente - ordenar su inmovilización por otros ocho meses cuando el barco en cuestión acababa de pasar 100 días en el Puerto de Barcelona sin autorización para zarpar).

¡Vergüenza!

Esta decrepita Europa (con la colaboración de unos USA no menos decrépitos) ha hecho virtud de la búsqueda obsesiva de los beneficios y de la seguridad propia (que no la de los demás). Y, de hecho, esta búsqueda sería todo lo que nos queda de nuestro “sentido de comunidad”. Así que ya no nos preguntamos si las leyes o los pronunciamientos de la autoridad (cualquiera que esta sea) son legítimos o ecuánimes. Si son justos o correctos. Si van a contribuir a mejorar la sociedad o el mundo. No nos preguntamos nada siempre que supongamos que, a la larga o a la corta, podríamos salir beneficiados. Y con el plural me refiero concretamente a la población civil, a las ciudadanas y ciudadanos que desconcertados y mirando, normalmente hacia otro lado, se preguntan muy a menudo lo de “y yo qué puedo hacer”.

Parecemos incapaces de imaginar –siquiera – alternativas. Se diría que ni la izquierda ni la derecha tienen hoy donde apoyarse. O que “todas” las ideologías son iguales y que al final, sirven para lo mismo. Pero no. De eso nada. No hay más que estudiar la Historia. El problema de la izquierda no es que no sepa lo que ha de hacerse, sino que no sabe cómo explicarlo, no sabe CÓMO defenderse. No sabe cómo defender su esencia, los principios en los que cree. Hoy más que nunca es urgente que encuentre su propia voz y no se deje atenazar por el miedo plantado, regado y cultivado por los amos del cotarro. Basta ya de irresponsables retóricas y de lenguaje correcto. Basta ya de miedo. Bien sabemos que todo cambio es convulso. Que es fácil comprender y describir los privilegios privados pero que resulta más difícil transmitir el abismo de miseria publica en que hemos caído. Pero habrá que intentarlo. En algún momento tendremos que empezar. Digo.

 

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