Acaba de salir una encuesta que da cuenta de un record sociológico: nunca en la reciente historia democrática los españoles mostraron mayor descontento con sus políticos. Un 38,1% de los españoles consideran que la política, los partidos y los políticos –teórica solución a los problemas de una sociedad democrática– es uno de los tres principales problemas del país. Son mediocres, populistas, cortoplacistas, personalistas, cínicos y directamente mentirosos. En la derecha y en la izquierda. Publicistas de eslóganes reiterativos donde lo que importa no son ni las ideas ni los hechos, sino el poder, o la disputa por quién la tiene más grande. Es un problema muy amplio y muy viejo. Algunos confunden la dignidad con la testosterona, la patria con el bolsillo, la Constitución con la corrupción. Todos nos faltan el respeto cada día. Hay sociólogos que dicen que la presencia de malos políticos no es casual, sino que responde a un problema de selección adversa en los partidos. (En teoría económica se habla de selección adversa cuando los peores son los únicos que se ofrecen para participar en un mercado).

Las nuevas formaciones, que generaron tanta esperanza, han acabado siendo decepcionantes, muy decepcionantes, y más de lo mismo, en algunos casos como Ciudadanos, peor. Si el mejor interlocutor político de Podemos con el PSOE es el señor Echenique, apaga y vámonos. Unidas Podemos a veces sí, a veces no, solo crea estampida y desazón. Garzón ni está ni se le espera, ninguneado y fagocitado por el Podemos de Iglesias, ha resquebrajado a IU que, con suerte, sólo sobrevivirá con marcas blancas municipalistas. Ninguno está buscando lo mejor para nosotros, están buscando otra cosa. Los secuaces crecen y toman posiciones. Hacen de su trabajo una ideología. El artefacto del Sr. Rivera es ejemplar, pero no el único. Alaban al líder y lo aíslan perfectamente de cualquier reflexión crítica. Evitan que se tope en sus delirios con la cruda realidad. No hay inteligencia alguna en un líder que no quiere rodearse de aquellos capaces de discutirle y cuestionarle cada movimiento relevante, por muy brillante que uno luzca. Nuestros ¿lideres? políticos tienen narcisismo patológico, y todos los delirios son filosófica y clínicamente antisociales. Esa izquierda que alardea de “tarrito de las esencias” o superioridad moral sobre los otros debería hacer un ejercicio muy muy serio de humildad y de continencia verbal. Prima la jactancia, aunque sea desde la necedad. Hemos votado por un gobierno progresista, con un programa social y de defensa de lo público, y en contra de la derecha corrupta y cada vez más reaccionaria del Señor Casado y la señora Cayetana con sus mariachis de Vox y Ciudadanos. No hemos votado sillones, hemos votado “política”, que significa “de, para o relacionado con los ciudadanos”, o sea, con nosotros. Ahora mismo, con los resultados que hay, podría haber gobierno, de coalición o sin coalición ( la fiscalización del cumplimiento de un acuerdo programático no exige ineludiblemente estar sentado en un Consejo de Ministros), opción manifiestamente preferible a que no lo haya; sin embargo, ellos, los que teóricamente elegimos para resolver nuestros problemas, están mostrando su incompetencia, un cinismo descarado y un uso del país para ganar ventaja política, generando un conflicto que se podía evitar, y del que son responsables todos, sin excepción. El riesgo de desconexión con los intereses y preocupaciones de la ciudadanía aumenta, en un círculo vicioso que aboca a mayores fracasos electorales.

Si la confianza y la lealtad no es recíproca, si la idea de servicio público no prevalece, es evidente que no hemos entendido ni aprendido nada. Nuestro gobierno municipal anterior, sin ir más lejos, fue un buen gobierno, comparativamente hablando, y lo fue por el acuerdo de tres fuerzas políticas, dos de ellas compartiendo gobierno y otra apoyando las acciones de gobierno. Nada hubieran logrado en solitario, lo que se ha conseguido lo han hecho juntos, y no ha sido poco. A veces, hasta cuando la sensación de “orfandad” o de falta de respaldo político de los propios se ha hecho insoportable para algunos, incluso se ha tenido el apoyo explícito de quien dirigía ese gobierno, la confianza del conjunto del equipo de gobierno. Lo que no se puede es gobernar una coalición con el retrovisor, esperando el momento de la traición.

Todo por el pueblo, pero sin el pueblo, y nada para el pueblo. Parece que hubiéramos vuelto al despotismo del siglo XVIII, pero sin ninguna ilustración, y Castilla y León vuelve a ser paradigma del “pillaje”. Otra derrota más para una tierra que ha renunciado al futuro. Somos el centro de residuos sólidos del país, aquí recogemos la basura que no quiere nadie: desde el indigno presidente de las Cortes que deshonra la institución, pasando por el gran estafador Igea, a la guinda del senador ¿autonómico? Maroto; otro paradigma de que como Comunidad somos un artificio sin igual. No nos falta de nada: Tudanca desaparece y Teresa López se queda. Tal vez por eso los nativos nos vayamos o nos pudramos. La indolencia con la que hemos consentido la toma del gobierno regional por el mismo partido al que habíamos echado después del saqueo de esta tierra durante 32 años, tiene que significar algo ¿Tenemos lo que nos merecemos? ¿De verdad nos merecemos tanta mierda y tanta mediocridad?

El concepto de representación política recoge dos definiciones de lo que debe ser un buen representante. Por un lado, el concepto elitista de representación sugiere que un representante es realmente bueno cuando, en muchas de sus características, es mejor que los ciudadanos a los que representa. Es en la calidad excepcional del político, en su honradez, inteligencia o formación, en donde reside la buena representación. El que es mejor es capaz de hacer lo mejor para los otros. Por otro lado, la representación descriptiva exige que los representantes sean iguales a los representados. Los políticos deben ser un espejo fiel de lo que es la sociedad. Únicamente el que es igual es capaz de hacer lo adecuado para los ciudadanos a los que representa. La impresión de que ninguno de estos dos conceptos de representación refleja las características de nuestra clase política, toda, sin excepción, es palpable. Dicen que los españoles somos ahora mejores ciudadanos de lo que éramos hace 20 años, pero nuestros representantes parecen haber ido a peor, caminando hacia el futuro reculando (No hay más que ver el viejuno nuevo gobierno de Madrid). La distancia entre representantes y representados parece haberse acrecentado en la dirección contraria a la deseada. Triunfa la tesis de la idiotización, nos toman por idiotas. Incluso la propaganda política no alcanza a dar crédito a sus oídos cuando se oye hablar.

Para el estadista británico Winston Churchill (1874-1965) la diferencia entre un político común y un estadista es que el primero solo piensa en el triunfo electoral, mientras que el segundo, en las generaciones que vendrán. Será la historia quien, con mirada retrospectiva juzgue al político de estadista, o de un simple oportunista, narcisista, demagogo o pusilánime. Aquí ya podemos adelantar que de los primeros no hay.

 

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