El viernes, 27 de septiembre, cientos de miles de jóvenes de todo el mundo se manifestaron, convocados por la plataforma Fridays For Future. Juventud por el Clima, un movimiento internacional liderado por la joven sueca Greta Thunberg, que reivindica que se actúe contra el calentamiento global y el cambio del clima. Éste es un movimiento que desde 2018, fecha de su nacimiento, ha recibido el apoyo de la comunidad científica y de las organizaciones ecologistas de todo el mundo. Estos jóvenes han venido a colocarnos ante el espejo y a poner en duda el modelo de sociedad industrializado, tecnologizado y consumista en el que vivimos, que deteriora el planeta de manera irremediable y plantea dudas muy serias sobre su futuro así como sobre la supervivencia de las especies en general y de la especie humana en particular. Estas manifestaciones son un aldabonazo a la indiferencia y la ruindad de la que, decía Saramago, estamos hechos, y es que no hay peor ciego que el que no quiere ver, y somos ciegos que, viendo, no vemos, insistía José Saramago (Ensayo sobre la ceguera).

Frente a la “Tierra, mi semejante […]”

“Yo, que voy al azar de las oportunidades, apostando a ganar mucho,

[…] Todo lo despilfarro libremente y siempre” (W. Whitman, Hojas de hierba).

El propio poeta Walt Whitman, allá por 1855, alineándose con la concepción de la vida que el jefe indio Seatle había planteado en la carta que había enviado al presidente de los Estados Unidos (1854), apostillaba:

“Ya no apelaré a la buena suerte: yo mismo soy la buena suerte.

[…] La tierra. Eso me basta” (W. Whitman, Hojas de hierba).

Pero a nuestra civilización, de la que Antonio Machado decía que, como el necio, “confunde valor y precio” (Proverbios y cantares) no le basta la tierra. Hemos vivido, y vivimos, pensando con los intereses -la cartera-, que es lo mismo que decir con los intestinos, que inducen ciegamente a la búsqueda y acumulación de dinero, o sea, de poder.

Paul Feyerabend, en su prólogo a la edición en español de su ensayo titulado Adiós a la razón (1984), en el que se planteaba la relación entre conocimiento y supervivencia, decía que había “[…] dos problemas pendientes en la actualidad, el problema de la supervivencia y el problema de la paz; por un lado, la paz entre los humanos y, por otro, la paz entre los humanos y todo el conjunto de la Naturaleza”. Pero como ha sucedido casi siempre, la llamada de los intelectuales, de los artistas, de los sabios ha servido de poco. Tengo el recuerdo muy vivo de la visita que hice en 1979 junto a los profesores y alumnos del instituto de Bachillerato de Utiel (Valencia), a la Central Nuclear de Cofrentes, por entonces en fase avanzada de construcción, y de la mesa redonda que se organizó en el instituto en la que, junto al director de la central nuclear, participaron, entre otros, el profesor de sociología y ecologista, Josep Vicent Marquès. Llamaba la atención que, en medio de una obra tan grande y compleja en fase de construcción, sus propietarios se hubieran preocupado por sembrar a la entrada de la central un jardín y un huerto, tan cuidados como llamativos, que contrastaban con el barro, el movimiento de camiones y los miles de toneladas de hormigón, cemento y hierro. Y es que tenían que dar la imagen a los visitantes de equilibrio, de respeto a la naturaleza. ¡Pero el director de la central fue incapaz de contestar con argumentos convincentes las cuestiones que planteó tanto Josep Vicent Marquès como un buen número de alumnos del instituto! El profesor de sociología y aquellos jóvenes no estaban ciegos, y no veían paz, equilibrio y respeto a la naturaleza donde había riesgo, contaminación y una herencia fatídica milenaria para todos. Con sus cuestiones, que eran denuncias, aquellos jóvenes reivindicaban la idea machadiana de: “hoy es siempre todavía” (Proverbios y cantares). Sin embargo, nuestra ceguera y sordera nos ha llevado hasta el borde del precipicio, en el que, mientras nos quejamos del cambio del clima, permanecemos prácticamente inertes ante nuestras propias responsabilidades.

Max Scheler (El puesto del hombre en el cosmos), en 1927, nos hacía pensar al decirnos que el ser humano, precisamente por ser un ser abierto al mundo y, por consiguiente, consciente de sí mismo y capaz de vivir conforme a los valores, es responsable de cuanto hace, es decir, de su vida. Sin embargo, nos hemos acostumbrado a creer que la especie humana y cada uno de nosotros, somos el centro del universo, y que todo él está a nuestro servicio. Hemos concebido la vida creyendo que existe una línea divisoria que nos aleja y diferencia cualitativamente de lo que hemos llamado la naturaleza, es decir, de todo aquello que pertenece a lo que hemos llamado medioambiente, o sea, lo que está y existe más allá de nosotros, de la especie humana. Como si la realidad se compusiera de nosotros, la especie humana, y de todo lo demás, y fuera cierto, un dogma, el mito del Génesis (1, 26-31), que nos permite “mandar” sobre el universo entero. Sin embargo, la naturaleza, entendida como el conjunto de seres naturales no humanos, no tiene -o debería no tener- un valor instrumental para los seres humanos. Se puede debatir -y se ha hecho a lo largo de la historia- si los seres humanos tienen un valor superior al resto de los seres de la naturaleza, como dicen por ejemplo quienes mantienen una posición humanista, pero es incuestionable que la naturaleza no está única y exclusivamente al servicio de los seres humanos: todo es Naturaleza, somos parte de ella, de su fauna, como las demás especies. Así pues, más que concebirnos separados de ella, deberíamos vernos como hacía Walt Whitman (Hojas de hierba):

“Buena la tierra y buenas las estrellas, y bueno cuanto va con ellas.

Yo no soy una tierra ni algo que va con la tierra,

Soy el camarada y el compañero de la gente, toda ella tan inmortal e insondable como yo mismo.

[…] Soy el que acaricia la vida siempre cambiante […].

La presión de mi pie sobre la tierra levante un centenar de afectos […]”.

¿Y por qué no recordar y aplicar aquel “conócete a ti mismo”, esculpido en el pronaos del templo de Apolo en Delfos? ¿Por qué, una vez puestos ante el espejo, no aplicar el consejo de san Lucas, aquel: “médico, cúrate a ti mismo” (Lc. 4, 23)?

No caminamos hacia la ruina o destrucción del planeta, que sobrevivirá a nosotros sino hacia la desaparición de la especie humana o de buena parte de ella, y a una supervivencia muy difícil de quienes queden, y a la desaparición de muchas de las especies de animales y vegetales. El deterioro provocado ya no tiene marcha atrás, pero todavía se está a tiempo de frenarlo y de rectificar. Para ello, hay que quitarse la venda de los ojos, querer no autoengañarse. Para ello, es necesario renunciar a un modelo de vida y de sociedad que ha dado la espalda al planeta, y a la vida. Si no somos capaces de renunciar a cosas pequeñas, como el sinfín de comodidades y caprichos que nos ha traído la sociedad de consumo, nunca seremos capaces de trabajar lo grande: salvarnos a nosotros mismos como especie.

Las cuatro leyes básicas de la ecología están ahí y no van a dejar de cumplirse, porque nosotros queramos:

1ª) todo está relacionado con todo lo demás; 2ª): todo debe ir a alguna parte; 3ª) la naturaleza sabe lo que se hace; 4ª) no existe la comida en balde.

La ciencia ecológica ha colocado el problema en el planeta, que es, en realidad, el que recibe las consecuencias de nuestro modelo de vida y sociedad, pero no la causa del problema. El problema tampoco es la especie humana, como especie biológica, sino el modelo de sociedad, consumista, economicista e individualista que, con la excusa de mitos como el del progreso y el desarrollo indefinidos se nos ha impuesto desde el poder económico, y hemos adoptado a ciegas, con sumisión y alegría.

¿Seremos capaces de renunciar a algo? ¿Seremos capaces de ver todo aquello que consume energía como algo a lo que hay que renunciar en su totalidad o en una parte significativa? ¿A viajar tanto, tan lejos y con tanta frecuencia? ¿A los vehículos movidos por energías fósiles y a hacerlo sólo para lo indispensable? ¿A consumir verduras y frutas fuera de temporada traídas tierras lejanas? ¿Al uso restrictivo del aire acondicionado? ¿Al consumo diario de proteínas de origen animal? ¿Al uso de herbicidas y pesticidas? ¿Al uso cotidiano y universal de los plásticos? ¿A los envases de usar y tirar? ¿A… ese largo etcétera que supone vivir en una sociedad individualista, industrializada, tecnologizada y de consumo? ¿Qué gobierno será capaz de tomar medidas drásticas, si no vienen impuestas por organismos supranacionales? ¿Qué organismos supranacionales se atreverán o podrán tomar esas resoluciones? Los pactos políticos sobre el medioambiente son una expresión clara de la ceguera y del fracaso de todos. Se ha escrito mucho desde que se celebró el Primer Congreso Internacional de Ecología, en 1974, y la sociedad, los gobiernos y los ciudadanos hemos hecho poco. Por no remitirnos más allá en el tiempo, desde la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el medioambiente y el desarrollo (1992) hasta nuestros días se han realizado cumbres diversas sobre el medioambiente, en las que se han hecho grandes declaraciones y se han firmado acuerdos internacionales, eso sí siempre de mínimos, que se han incumplido sistemáticamente.

Decía José Saramago (Ensayo sobre la ceguera) que “en verdad aún está por nacer el primer humano desprovisto de esa segunda piel que llamamos egoísmo”. ¿Cuántas veces no oímos comentarios sobre el cambio del clima que, consciente o inconscientemente, culpan a la naturaleza de las consecuencias negativas que tiene para nuestra vida? La ceguera y el egoísmo conforman un cóctel complejo, muy enmarañado. En ese estado, es fácil confiar ciegamente en la tecnología y pensar que será ella la que nos salvará de la quema, que impedirá que caigamos por el precipicio. ¡Como si la propia tecnología no fuera parte del problema! ¡Como si fuera posible eludir nuestras responsabilidad!

No hay que ser muy agudo para darse cuenta de que el modelo de vida y de sociedad industrial y consumista es insostenible: el planeta no soporta lo que somos capaces de hacer y consumir, o sea, lo que podemos pagar. El modelo sostenible debe cimentarse en valores morales, porque somos responsables de cuanto hacemos, y en la concepción de la vida que expresaba magistralmente el Jefe Indio Seatle:

“[…] somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros”, y pronosticaba el futuro en estas cuestiones: “¿qué ha sucedido con el bosque espeso? Desapareció. / ¿Qué ha sucedido con el águila? Desapareció. / La vida ha terminado. Ahora empieza la supervivencia”.

Las manifestaciones del Fridays for Future. Juventud por el Clima, del viernes pasado son un grito, un aldabonazo, además de la petición de auxilio de la especie humana, a la que representaban los cientos de miles de jóvenes que salieron a las calles de todo el mundo, y una llamada a la responsabilidad de todos. Ahora nos toca pensar y decidir el futuro, es decir, si queremos salvarnos como especie y la herencia que queremos dejar a nuestros hijos y nietos; el resto, salvar el planeta, vendrá por añadidura.

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