Hace poco, un buen amigo, que reside desde hace ya un tiempo en Bruselas, C. A., me comentaba con preocupación que contemplaba con hartazgo y amargura la situación política por la que pasa España, y me decía que acariciaba la tentación de no volver a votar, si éramos convocados de nuevo a las urnas. El detonante era el hecho de que, tras las elecciones generales del 28 de abril, nos veíamos abocados a unas elecciones generales nuevas por la incapacidad para negociar de unos y el bloqueo político de unos y otros. A este hartazgo se unía el hecho de que los españoles residentes fuera de España, para ejercer el derecho al voto, se ven obligados a recorrer un laberinto, costoso y complicado, que pocas veces se sortea con éxito. Por lo que se ha leído en la prensa y reflejan las encuestas -si es que éstas reflejan la realidad social-, va a crecer la abstención, algo que es de temer, a menos que la irrupción de nuevos actores políticos, como el caso de Más País, suponga un estímulo nuevo para el electorado.

Pensando en la actitud de quien expresa abiertamente sus dudas respecto de su respuesta a la llamada a las urnas, el hecho de que lo diga, de que exprese con sinceridad las dudas significa que no se lava las manos, que no pretende depositar en los demás la responsabilidad que tiene como ciudadano. Porque quien desea encontrar argumentos que lo convenzan, quien desea ser convencido tiene una actitud positiva o, mejor aún, proactiva respecto de lo que sucede. Pero me imagino que a quien está en esta tesitura no le basta la simple llamada a la responsabilidad, porque este valor late en quien duda, si bien aquélla se ignora o desprecia cuando permanecemos sistemáticamente en la duda o decidimos desoír la llamada a las urnas, que no es sino la llamada de la democracia.

Una cosa es el hartazgo, a todas las luces comprensible, que pueden producir las palabras o las estrategias de los partidos políticos y las actitudes de sus dirigentes y otra lo que significa la democracia, que no existe sin la participación de los ciudadanos y sin que éstos la afronten -y la vivan- con el mayor rigor, seriedad y responsabilidad posible, y a la que degradamos cuando desciende significativamente la participación en los comicios.

A poco que se piense que, por ejemplo, Donald Trump es presidente de los Estados Unidos por un puñado de votos con los que sobrepasó en algún Estado a Hilary Clinton; o que, en Europa, hay presidentes de repúblicas o de gobiernos que no han caído en manos de la extrema derecha por un número de votos escaso; o que, en Reino Unido, el Brexit salió adelante, entre otras circunstancias, por la abstención y por la falta de seriedad confesada por algunos electores, que votaron a favor de la ruptura con Europa, porque decían que no creían que pudiera salir; o en lo sucedido el domingo pasado en Portugal, donde la abstención ha hecho posible el acceso de la extrema derecha al parlamento; a poco que se piense en estos ejemplos y en otros muchos que podríamos poner, cualquier ciudadano debería tomarse muy en serio la decisión de ir a las urnas y la papeleta que elige y deposita en ellas: por la aplicación de la ley electoral española, cuando se aplica la ley D’Hondt, tener un voto más que los demás partidos o coaliciones decide el partido al que se le asigna el escaño.

“La democracia es gobierno de opinión, una acción de gobierno fundada en la opinión” (G. Sartori, La democracia en 30 lecciones). De esta opinión, que en el caso de las elecciones se expresa en el voto de cada ciudadano, depende la configuración de las cámaras legislativas, que elegirán el gobierno que tengamos, y esto puede depender solamente de un voto. Frente a las encuestas que realizan los gabinetes de estudios sociológicos, no hay encuesta mejor que la que sale de las urnas: es la única que manifiesta claramente la opinión del conjunto de los ciudadanos, o sea, la opinión pública. Es esta “opinión pública”, pieza clave de la democracia, la que determina el marco de la res publica, del bien público que debe ser desarrollado por los representantes de la soberanía nacional. Esta res publica, junto a los límites que señala la constitución, es la que, como decía Enrique Tierno Galván, determina el marco de la acción política en el que deben moverse los congresistas y los senadores.

Precisamente porque la democracia se fundamenta en la opinión de la ciudadanía, ésta puede estar más o menos fundamentada y, por consiguiente, puede ser cambiante. El fracaso de una legislatura y otras muchas circunstancias pueden hacer variar nuestro estado de ánimo y, a través de él, nuestras actitudes e incluso nuestras ideas, y del estado de ánimo puede depender la afluencia a las urnas, incluso el sentido de nuestro voto, que puede dejarse llevar por la frustración, el hartazgo o incluso por la melancolía, y no por la reflexión. En cualquier caso, la democracia representativa, precisamente por elegir representantes políticos, contiene en sí misma un elemento que debería ser corrector de la desinformación, de las falsedades que se propagan como si fueran verdades e incluso de la posible irresponsabilidad de algunos electores: “[…] la democracia electoral [el voto depositado en las urnas] no decide las cuestiones, sino que decide quién decidirá las cuestiones. La patata caliente pasa así del electorado a los electores, del demos a sus representantes” (G. Sartori, obra citada), y no son iguales unos y otros. Además, cuanto más responsable sea el ejercicio del voto mayor nivel ético les será exigible a los representantes de la soberanía nacional.

Si la vida humana sólo es posible desde la responsabilidad, porque lo que decidimos y hacemos repercute en cada uno de nosotros y, de una u otra forma, en los demás, el ejercicio del voto es directamente un ejercicio de responsabilidad, porque con él contribuimos a decidir el futuro de la sociedad: y tanto decide el que vota como quien se abstiene, vota en blanco o introduce en la urna un voto nulo. Al mismo tiempo, el ejercicio político solamente se entiende desde la responsabilidad, porque nuestras decisiones, las de los electores, determinan el presente y el futuro de la sociedad. En cualquier caso, es preciso preguntarse por la comprensión y extensión, por la amplitud y profundidad de la democracia. La democracia no es un barniz que nos damos o del que nos revestimos, aunque nuestro interior ande lejos de ella. Al hablar de democracia, es preciso trasladar su significado y sus actitudes, principios y valores a lo alto, ancho y profundo de la vida diaria: a la vida personal, a la familiar, a la laboral, a la social en general, que debería pivotar sobre la igualdad, el respeto, la libertad, el diálogo y la búsqueda de acuerdos.

El fracaso de la legislatura que se inició el 28 de abril pasado ha podido producir aburrimiento, hartazgo e incluso hastío en una capa amplia de españoles. Las negociaciones prácticamente realizadas en vivo y en directo, la falta de moderación de unos y de otros, su protagonismo y su inflexibilidad, incluso el mercadeo que los medios de información han hecho de todas estas circunstancias han contribuido a que muchos ciudadanos se planteen ignorar su derecho y su obligación como ciudadanos con la democracia, y con la sociedad en su conjunto. Los comicios son el momento adecuado para valorar a cada uno de los líderes y partidos, y a sus respectivos programas electorales: es el momento de refrendar o rechazar, y esto se hace mediante el voto. Bueno sería que nuestros representantes leyeran a Norberto Bobbio y se impregnaran al menos de su actitud, que expresaba en la frase: “soy el hombre de la duda y del diálogo”; y bueno sería, asimismo, que recorriéramos ese mismo camino los electores. En todo caso, quienes decidan abstenerse, votar en blanco o con voto nulo deben ser conscientes de que dejan en manos de quienes hayamos votado las decisiones que sobre el presente y el futuro de la sociedad salgan de las urnas. Lo decía muy bien Patti Smith, en la canción titulada People have the power -la gente tiene el poder-.

Si la vuelta a las urnas del próximo 10 de noviembre, con el valor imperativo y pedagógico que tienen los comicios, sirviera para que los líderes actuales de las formaciones políticas españolas y sus partidos reflexionaran, comprendieran el marco de la res publica que establecen los resultados y se bajaran del pedestal egocéntrico y personalista de la política en el que se han erigido, habríamos conseguido mucho, porque -y los partidos políticos deben pensarlo- convertir la democracia en llamamiento permanente a las urnas supone aproximarse a caer en lo que Lenin achacaba a la izquierda política y denominaba “enfermedad infantil”, con lo que supone de degradación de la democracia.

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