Casi de guerra, pero con corbata.

Todos los participantes de esta función hablan como actores aficionados. Meten faltas. Incoherencias varias. Las pausas son a veces más largas que las réplicas. Al hablar como robots, convierten el mal en una acción mecánica, tan mecánica como cualquier otra y consiguen que ninguno de los imputados se sienta culpable.

¿Cómo lo ven?

Entre todas las personas que han destruido el país, entre los caudillos de los pueblos, los políticos, Mossos, Policia, delincuentes, saboteadores, bestias, mafiosos, mentirosos, ladrones, granujas, voluntarios no hay nadie, pero nadie, nadie que diga simplemente “Soy Culpable” o “lo siento”. Claro que de haberlo podría ser un problema pues a lo mejor no entendíamos lo que dice. Al menos una ni siquiera sabe cómo suena porque, antes, no ha oído nunca esta frase y mucho me temo que ahora tampoco la oirá sentada como de costumbre delante de la Caja Tonta.

Deduzco pues que lo único que han hecho todos (hemos hecho todos) es cumplir con nuestro trabajo. Porque, ¿Acaso se siente alguien culpable por haber clavado un clavo en la pared? No. ¿Se siente culpable por haber colgado un cuadro de ese clavo? No. ¿Se siente culpable por provocar los disturbios o los bolazos que le han quitado el ojo a un par de personas? No, por supuesto que no. ¿Y por prohibir el derecho a decidir, hay alguien que se arrepienta? Oh, no, de eso para qué hablar, de eso ni mucho menos.

También me pregunto también qué pasa con los cientos de miles de personas anónimas sin cuya fogosa estupidez el polvorín no hubiera estallado nunca. ¿Se sienten culpables ellos? ¿Qué ha sucedido con los políticos, funcionarios de los servicios diplomáticos y demás patulea que han visitado y vistan el país para hacerse una foto? Están según me dicen extraordinariamente bien pagados, viven como dios ascienden rápidamente el escalafón y no sirven para nada. Pero de eso se trata ¿no?

Por lo visto en un mundo tan mediatizado como éste las culpas salen sobrando. Mejor aún: no hay nadie que sea culpable. El crimen – por lo visto - es irreal. Todo es irreal o, al menos y corríjanme si me equivoco, eso es lo que a mí me parece. Sólo el dolor es real. Y quizá también la vergüenza. Una vergüenza que emerge día a día con fuerza y bate las venas de las sienes. Una vergüenza que late ahogadamente en mis venas y en las venas de unos cuantos. Una vergüenza muda y sorda que me ataca por sorpresa y que indica, claramente, que algo no marcha bien.

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