La muerte de Franco me cogió en el Sáhara. Cumplía el servicio militar obligatorio, la “mili”, en la Unidad de Helicópteros que España tenía en El Aaiún. Era noviembre de 1975 y llevaba allí desde comienzos de enero. A esas alturas del año, tras once meses, ya me había acostumbrado al frío de las noches del desierto, a sus nieblas extraordinariamente densas, al calor, al intensísimo calor del verano y al siroco, a ese viento del Este, que levantaba la arena del desierto, impedía la visión a escasos metros y convertía la arena en puntas de alfiler, que impactaban sobre la piel convirtiendo la exposición al siroco en una experiencia cercana a la tortura. La poca lluvia que vi fue siempre pasajera. La humedad que recuerdo, y la recuerdo con viveza, procedía de unas nieblas densísimas, que impregnaba la arena unos pocos milímetros, humedad que desaparecía rápidamente con los primeros rayos del sol. Pero si recuerdo algo bello, muy bello, de una hermosura imposible de describir, eran los amaneceres, sobre todo cuando los rayos del sol se entremezclaban con algunos bancos de niebla: jamás vi amaneceres tan impactantes, en los que la paleta de color fuera tan variada y tan armoniosa.

El 20 de noviembre, fecha en la que vimos por televisión que Franco había muerto, estábamos en estado de guerra. De hecho, no hacía muchas fechas que el comandante de la unidad había reunido a todo el cuartel, habiendo obligado a regresar al Sáhara a quienes disfrutaban de vacaciones, desde los oficiales hasta los soldados, y aquel militar serio, callado, distante y educado, estricto consigo mismo y con los demás, cumplidor y ejemplar, nos había comunicado que “entrábamos en guerra”. Hacía mucho tiempo que vivíamos en una situación de alerta permanente, con alarmas constantes, incluso diarias; hacía mucho tiempo, en la práctica desde mediados de abril, que teníamos que bajar a El Aaiún armados, para poder defendernos de las posibles agresiones, y que se habían reforzado los puestos de guardia. Hacía, pues, mucho tiempo que no salíamos del cuartel, porque éste era el lugar más seguro. Hacía pocas semanas, el 2 de noviembre, que el entonces príncipe don Juan Carlos había visitado El Aaiún. Hacía poco tiempo que los marroquíes habían realizado la Marcha Verde, si no recuerdo mal, entre los días 6 y 9 de noviembre, mientras una parte del ejército marroquí penetraba en el entonces Sáhara Español por el Nordeste, un hecho que entonces los soldados no conocíamos. Hacía ya tiempo que el correo funcionaba mal y que los recortes de periódico, los de Cambio 16, que nuestros familiares podían enviarnos desde la península no nos llegaban. El Sáhara se había llenado de fuerzas militares españolas de refuerzo, con aviones y carros de combate, artillería pesada, ingenieros e infantería. En la pista de aterrizaje de la unidad de helicópteros permanecían preparados las veinticuatro horas del día varios helicópteros, armados, dispuestos a despegar en cualquier momento. Hacía poco que habíamos recibido cinco helicópteros nuevos, tres de ellos armados con misiles anticarro. El comandante dormía en su despacho en un colchón extendido sobre el suelo y los soldados dormíamos, si aquello era dormir, vestidos y sin quitarnos el correaje y las cartucheras, y con el fusil junto a la litera. Por supuesto que, cuando anochecía, no se encendía luz alguna en el cuartel, ni siquiera para cenar en el comedor. En estas circunstancias, la muerte de Franco fue la guinda que colmó el vaso: si ya había inseguridad y tensión, este hecho aportaba más inseguridad, si cabe, a nuestra estancia en un lugar en el que muchos soldados, aunque fuéramos soldados ejemplares, no sabíamos qué hacíamos allí, porque no entendíamos ni compartíamos la existencia del servicio militar obligatorio ni el mantenimiento de un territorio que pertenecía a sus propios habitantes, los saharauis, en el que nos sentíamos como invasores.

La muerte del dictador abrió en España un período histórico, que se inició con una gran incertidumbre: nada estaba claro, porque todo dependía de lo que hicieran las “fuerzas vivas”, es decir, los seguidores y herederos del franquismo, el papel que pudieran jugar el entonces príncipe Juan Carlos y las organizaciones antifranquistas, que desde finales de los años sesenta habían tenido una fuerza creciente y una presencia cada vez mayor en la sociedad y en la calle, a pesar de la represión policial, de las condenas a cárcel y de las penas de muerte impuestas y ejecutadas por motivos políticos. La tensión no iba a menguar ni a detenerse, y menos todavía a desaparecer. La Europa democrática y algunas democracias del mundo apoyaban a los partidos políticos democráticos, a las organizaciones sociales, y una parte de la iglesia católica, aquellos curas “progres” y un grupo de obispos, liderados por Vicente Enrique y Tarancón, apoyaban la construcción de un Estado democrático, frente al resto de la Conferencia Episcopal, heredera y defensora del franquismo. Conseguirlo no consistía en una partida de mus, de posicionamiento, envido, pulso y engaño. No había señas, como en el juego de envite, que anunciaran la jugada sino necesidad de oxígeno democrático, miedo por razones obvias y prudencia que había que gestionar, todo a la vez, con inteligencia, convicción, ideas claras y habilidad política. Era necesario algo que estaba tan alejado de la cultura política española como el diálogo entre todos y el deseo de encontrar un punto de encuentro, o sea, el lugar del pacto posible. En la mochila de la historia de España contemporánea había guerras civiles y dictaduras, más que períodos democráticos, que habían sembrado de temor y miedo la vida de los españoles. Pero, en el devenir de nuestra sociedad, había siembra democrática, de diálogo y entendimiento, que, además de en las organizaciones políticas y sociales, se plasmaba en la existencia de plataformas reflexivas y de diálogo, representadas por revistas como Cuadernos para el diálogo (1963) y Cambio 16 (1971) y en revistas de humor como: La Codorniz (1941), Hermano Lobo y El Papus (1973). Parecía un milagro que todo esto hubiera nacido y se hubiera mantenido y crecido durante la dictadura, pero era una realidad, aunque sus editores bailaran en la cuerda floja antes y después de la publicación de cada número.

En estas cosas pensaba cuando el día 24 de octubre pasado se llevó a cabo la exhumación del dictador, cuyos restos se inhumaron en el cementerio de Mingorrubio, junto a los de su esposa. Fueron unos pensamientos que me provocaron una gran tensión. Me sucedió algo que no imaginaba que fuera a pasarme: recordé con viveza, con una gran intensidad, un pasado complejo, plagado de tensiones que había tratado de olvidar a la vez que no podía quitarme de la cabeza ese mismo pasado, el devenir de España antes, durante y tras la muerte del dictador, y su posible analogía con el presente de nuestra sociedad.

1 comentario

  1. También has conseguido emocionarme a mí, querido Tomás, con todo el detallado recuerdo de hace más de 40 años en tiempos duros y muy inciertos. En todo hay siempre algo positivo, aquí son los hermosos amaneceres que disfrutaste. La 'entrada en guerra' es de escalofrío. La tensión y el miedo fueron reales en cualquier sitio. Gracias por la viveza e intensidad de los recuerdos, que nos ofreces palpitantes. No dejes de escribir. Abrazos