De belleza, de poesía, de espiritualidad de todas estas cualidades y de alguna más, de esas que no se tocan y no se mercadean es de lo que carecemos cruelmente los modernos, secos, egoístas, individualistas ciudadanos. Y así nos va.

¿Lo peor? Lo peor es que sabemos bien lo que nos pasa, pero no tenemos imaginación suficiente que nos permita pensar en otros horizontes.
No tenemos.
Hemos olvidado lo que éramos antes de ser clones, antes de haber sido devoradas por las encuestas y las manipulaciones de este capitalismo salvaje. No recordamos cuando todavía éramos solidarias y el mundo no desaparecía de delante de nuestras narices por algo tan privilegiadamente democrático como unas simples elecciones o, más bien, como un duelo de poderosos machirulos que parecen tener la inteligencia emocional a la altura del talón.

Les hablo del genocidio llevado a cabo por Israel en Palestina y que nuestro muy democrático mundo parece incapaz de detener. Del golpe de estado en Bolivia, de la barbarie de Chile (otra vez). Les hablo del comercio de armas y de los furgones que nuestro país compra a Israel en esas, sus relaciones privilegiadas, y que cargados de agua a altísima presión se utilizan con precisión mortífera en Cataluña (o en Ramallah) para reprimir las manifestaciones.

No, no hay sitio para esta clase de noticias en los periódicos. Ni antes, ni ahora ni después. Vivimos un momento negativo. Un espacio de excusas en donde la solidaridad entre los países parece haber muerto. Vivimos el fin de las grandes narrativas, del cuento del derecho universal a la justicia y a la vida. Esto, más que a una crisis de perspectiva es, a todos los efectos, un colapso moral, la desaparición de la conciencia occidental.

Pero eso no es todo, claro, porque hay gentes que, ante la adversidad, siguen conservando la memoria. Se resisten a ser “aspirados” y se empeñan en seguir llamando a las cosas por su nombre. No es cierto – dicen/digo- que “el dialogo” sea un valor absoluto. Simplemente hay cosas que NO se negocian, gentes con las que ni se debe ni se puede negociar: hay que hundirlas, saltarlas por encima, enterrarlas de una puta vez en Mingorubio o donde sea. No es cierto que “solidaridad” signifique lo mismo que “tolerancia” esa espeluznante palabra que le hiela a una la sangre. Y otra cosa, ¿qué significa ser “español”, chino o mejicano - cuando se desposee al pueblo de su propia soberanía para beneficio de los poderes del dinero? Y, por lo mismo, ¿Qué quiere decir “europeo” cuando los pueblos de Europa decidieron en su día abandonar a Bosnia y no movieron un dedo para salvar a Grecia? Venga ya.

Vale. Basta de lágrimas y arrepentimientos. El pasado ya fue. Y ahora ha llegado el momento de a otra cosa mariposa. Cierto, somos la suma de nuestras cobardías, de todas nuestras resistencias, pero también, seremos aquello que sepamos merecer. Y, de momento, estamos vivas y aunque sea sólo por eso, nos queda la esperanza.

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