Sí, como suena. Amplexos. Lo suelo poner algunas veces en las dedicatorias de mis novelas. La gente, dado mi origen llanisco, suele pensar que ya está el autor con sus asturianismos. Y no. Si nos tomamos el trabajo de consultar el DRAE vemos que se trata de un término castellano puro. El Diccionario, honesto él, aclara que se trata de algo poético, lo cual que para mí mucho mejor traído, dónde va a parar. En el terreno poético, es donde más suelto se mueve uno.

Por otro lado, añadiré que en el Diccionario se hallan respuestas a multitud de problemas que nos planteamos a veces los humanos. Buen manantial, el Diccionario, sí señor. También tiene una ventaja que no es pedito de mosca: que no muerde.

Así las cosas, sabiendo qué terreno pisamos, proseguimos. Los amplexos entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, en eso del Pacto del Congreso, me produjeron una ternura infinita. Yo creo que nos abrazamos, en general, muy poco. Los españoles, digo. A este país le faltan abrazos, amplexos. Bien creo que, a mayor número de abrazos, menor cantidad de problemas. También suele ser cierto que, a mayor número de puestos de trabajo, menos gente en las cárceles.

Yo abrazaría a Pablo y a Irene y a Eche, y a Monedero no digamos. A Pedro Sánchez, también, pero sin apretar. También, con un poco de esfuerzo, casi nada, abrazaría a Pablo Casado, ese chico que es de aquí al lado, de Palencia, hermosa ciudad donde tengo amigos. Abrazaría uno, asimismo, a Adriana Lastra, que es casi paisana mía. De Ribadesella, propiamente. Al señor Ávalos, me costaría, pero trataría de quedar como un caballero, como me enseñó mi padre.

En el abrazo del Congreso, que me despertó ilusión, pudimos comprobar que a Pablo se le va notando un tanto la curva de la felicidad, la tripilla en pocas palabras. Y tiene motivos: disfruta de una compañera inteligente y hermosa y unos hijos preciosos, resistentes y buenos luchadores por la vida. Por primera vez, en meses, le vi sonreír con ganas. Tengo muchas esperanzas en este político. Yo abrazaría, sin esforzarme apenas, a Mariano Rajoy, que hablaba claro, decía lo que no me gustaba, pero yo lo entendía. Siento en los adentros del alma confesar que, con Monasterio, el Abascal ése y Espinosa de los Monteros, no me atrevería: sus palabras son feas como revólveres. No se dan cuenta de que ofenden, y mucho, a millones de españolas con las burradas que vomitan. Este país no se merece tanto castigo. Yo, si diera consejos, rebajaría el tono, que los entenderíamos igual.
Yo, aquí donde me ven, chiquitucio y eso, una vez, hace años, me abracé con Rosa Díez. En plena Plaza Mayor de Valladolid fue. Repartíamos propaganda electoral de nuestros partidos. Me gustó, la verdad, para qué voy a mentir. Me pareció una mujer tranquila, cercana, con la que se podía hablar. Intercambiamos nuestros folletos. Nos deseamos suerte, muy educados. Llevaba una gabardina muy suave y un pañuelo de seda. Olía bien, a limpia. Nos dimos dos besos, nos dijimos adiós y, en ese momento, nos pilló la cámara y salimos en todos los telediarios de Castilla y León y Valladolid. Me vieron todos mis vecinos. Ella, como política de primera línea, estará acostumbrada, pero yo, un mindundi que escribe a bolígrafo, creo que nunca fui tan famoso. Luego, Rosa se fue; yo seguí repartiendo papelillos venezolanos e iraníes a los obreros, entre los charcos que se forman en la llanada de la plaza. Se puso a llover y yo me quedé allí, más feliz y más realizado, viendo cómo Rosa Diez se alejaba, con su propaganda colorista en la mano y sonriendo. Pues, eso.

Si los políticos se abrazaran, a lo mejor hablaban más entre ellos, decían menos tonterías y este país, y entiendo por país toda España, porque soy español, no más, pero tampoco menos, que mi admirado Arturo Pérez Reverte o mi apreciado Ferrer-Dalmau; digo que a lo mejor salíamos adelante y solucionábamos problemas.

A los que me costaría abrazar, les recomendaría releer, una vez más y siempre, el prólogo que Miguel de Cervantes le puso al Persiles, seguro que entenderían muchas cosas. Ya, de paso, también, que escucharan Chica solitaria, de Sarah Vaughan, como hago yo en este momento, y verían cómo las mujeres son la mitad de este mundo que comparten con nosotros, los hombres.

Hay días en que a uno le sale el artículo como quería escribirlo. Lo que dan de sí los insomnios. Leo lo que llevo escrito y pienso que no ha quedado mal. Si cantase flamenco igual que me salen las metáforas y las parábolas, porque de eso se trata en este breve artículo, ni el Capullo de Jerez me ponía el pie delante.

Lo dicho, amplexos, coño, que no muerden.

Por la transcripción, Bernabé Balmori, que paga a Hacienda como Miguel Ángel Galguera.

 

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