Cada día que pasa me reafirmo más en la creencia de que en España, y por extensión en el mundo, no existe la democracia, sino más bien, una oligarquía de partidos que sirven sin rechistar al poder económico.

La labor del periodismo ha de consistir en desenmascarar la falacia en la que vivimos. El periodismo es un valioso cordón umbilical entre los que fueron desposeídos y las estructuras de poder, un instrumento de control en manos de los primeros para agarrar y desenmascarar a los segundos. Sus principios y cualidades deben ser insobornables, ya que si estos se pierden, sobrevendrá una auténtica ceremonia de la confusión, una degradación de todos los ámbitos de la vida.

Les confieso, aunque solo sea por esta vez, que mi verdadera vocación ha sido siempre el periodismo. Y no un periodismo cualquiera, sino el periodismo sustanciado de integridad, osado, adelantado y al filo de la calle.

Ese periodismo en permanente búsqueda, agente de la demolición de las opacidades y los arrebatos chulescos del poder y experto burlador de sus siniestras sombras chinescas.

El que rastrea las siempre atemorizadas y ocultas raíces de la verdad, ese concepto que tantas veces ha sido relamido y baboseado por las huestes oscuras del dominio económico y las potestades de la ideología dominante. La verdad, que tanto ha sufrido carnal y espiritualmente, ha de ser la prioridad del periodismo.

La verdad y la libertad han sido saqueadas, vaciadas, evisceradas y subvertidas de su verdadero y genuino sentido, por los más acérrimos enemigos de estas, y con la finalidad de evitar en lo posible, el disfrute de sus bondades por parte de las clases populares.

El periodismo íntegro, como he dado en llamarle, en nada tiene que ver con esos frikis manipuladores de la información que se hacen colocar alfombras a su paso y que sirven acríticamente y de forma miserable a ponzoñosos cálculos empresariales.

Lou Grant.

Se aleja mucho de esta clase de feudatarios del liberalismo económico y de los últimos balbuceos de un capitalismo que corroe las almas y desvirtúa las noticias. Verdaderos liberticidas que pusieron toda nuestra heredad en las manos de unos maniáticos.

Tampoco se asemeja ni se identifica con las sombrías maniobras de los que se nos presentan como entusiastas defensores del relativismo moral, y de las sociedades, cuanto más líquidas mejor, de la mirada fraccionada, dividida, descoyuntada y finalmente, anulada en un punto de vista encaramado en la cima de un cinismo atrabiliario.

 

El periodismo con sabor a integridad, no puede ni debe ser un correlato de ese monstruo balbuciente al que llaman “Agenda setting”.

En su quehacer cotidiano, el consejo editorial no debería estar compuesto, empero, por una caterva de directivos empresariales, burócratas de corbata ceñida o en el mejor de los casos, lameculos de la cáscara reaccionaria. Más bien, lo aconsejable sería que estuviera compuesto por experimentados humanistas, cronistas de cercanía y periodistas gonzo. Siempre prestos, eso sí, a imbricarse de manera crucial en el tiempo que les ha tocado vivir, por muy populoso, zarapastroso o populista que este les resulte.

“Lou Grant” es una serie en la que se encarnan casi a la perfección estos valores. Protagonizada por el veterano actor Ed Asner, la serie se separa por momentos de la estricta ficción, llegando hasta los límites mismos de la realidad en pesquisa constante de la última de las fuentes, del auténtico y fidedigno fundamento de la noticia.

Los personajes que la habitan, -Animal, Rosi, Lou, Charlie, Donovan, - traspasan de continuo el espejo de Alicia, se comunican en un bis a bis con el espectador, crean figurantes, secundarios y derivados de todo tipo, son independientes y configuran su propio guión, dan la impresión de ser artífices de su destino, y con ellos, el destino de “La Tribuna de Los Ángeles”, el periódico para el que trabajan.

No especulan, no juegan con espejuelos deformadores, se adentran en el intestino de la noticia hasta llegar a fundirse clandestinamente con ella.

Nunca la noticia es algo monocromo, con solo rozarla se transforma en poliédrica. El conocimiento de la realidad, de lo que pasa a nuestro alrededor, se enriquece desmedidamente en tanto que el sujeto y el objeto son permeados por la pasión y por aquellas variables que escapan al control.

“Lou Grant” es una serie de periodismo y sobre periodistas, poder verla hoy en día, nos revela que una vez, en algún escondido lugar, tal vez en otro planeta, en una sociedad más avanzada que la nuestra, pero con muchos menos medios, existió un periodismo que podía presumir de íntegro, valioso y servicial.

De mayor me gustaría ser periodista, atravesar el espejo de Alicia, encontrarme con la liebre de marzo, y trabajar en “La Tribuna de Los Ángeles”.

Un periodismo íntegro modelaría a personas íntegras, a individuos radicados en la verdad, simbiosis perfecta para volver a la senda de la utopía y olvidar el desencanto generalizado.

¿Es acaso factible el establecimiento de un orden moral en una sociedad que tolere la mentira, las fake news o la difamación?

“Poderoso caballero es don dinero”, escribía Francisco de Quevedo allá por el siglo XVII en sus famosos sonetos, poemas que en contra de lo que algunos creen, tenían más de metafísica que de sorna típicamente quevedesca, más de ser una pretensión de adelantarnos los grandes males que asediarían a las sociedades del futuro, que ahogarían la voluntad de vivir de tantos. De igual modo, Calderón nos propuso una nueva perspectiva sobre la realidad, la vida social, económica y política como “el gran teatro del mundo”, un teatro en el que una serie de sombras sin identidad manejarían la opinión de un público relegado al papel de espectador y de paria.

Pues bien, ha llegado el momento de qué en ese gran teatro, el público juegue el rol y represente el papel de actor, de protagonista, de voz de los sin voz.

El periodismo íntegro como catalizador y facilitador de un público que sea el actor y el artífice de su propio destino, de su propia idea del mundo, de la vida y de la historia.

¡Escribamos pues, nuestra propia historia! Que el periodismo se ponga de parte de la vida, del débil, la verdad y la justicia.

Muchos, cada vez más, estamos más que hartos de tener que rendirnos a cada paso, de ser obligados a asumir sucias mentiras y derrotas incondicionales. Deseamos salir ahí fuera a ganar, a luchar por nuestros sueños, a ejercer un periodismo que sea contrapoder, ofensivo y ganador contra la opresión economicista. Que el miedo por fin, cambie de bando, que se subviertan todos los órdenes sociales y políticos, si la humanidad se debate al borde de un colapso climático, financiero y civilizatorio, tendremos que oponerle necesariamente, un periodismo radical, verdadero y revolucionario.

El rescate de la verdad objetiva como un acto de insurrección contra los dominios totalitarios que nos asfixian.

Por último, todo redactor debería seguir la máxima moral que nos legara el gran escritor e historiador mejicano Francisco Zarco, cuando nos recordaba: “No escribas como periodista, aquello que no puedas sostener como hombre”.

No hay comentarios