Elogio de la soledad.

El anonimato en una buena exposición, regalarse la oscuridad y magia de la sala de cine sin aliado de butaca, un desayuno zen rodeada del estilazo almagre de nuestra Plaza Mayor, respirar en ese lujo asiático de Campo Grande, terrazeo voyeur en alguna terraza privilegiada.

Sobre todo… pasear. Mis pasos me llevan al anhelo de disfrutar colores de atardecer entre las siluetas de los torreones frente a La Rosaleda. Atardecer urbanita, pero atardecer al fin y al cabo.

Ocurre hace tiempo que una zona de este jardín, está tomada los fines de semana por jóvenes en pleno revoltijo hormonal buscando la piedra filosofal en un calimocho barato.

No seré yo quién critique el espíritu festivo que rodea esta época del año, es el momento para entregarse a ello, del mismo modo que luego nos recogeremos en la luz interior el invierno, son los ritmos saludables desde que la humanidad “ES”. Nos dibujaron así, ¿saben?

Ocurre que da por pensar…

Recuerdo que hubo un columpio simulando una raspa de pescado que podías recorrer de cabeza a cola. Aventura infantil dorada.

Encuentro refugio en uno de los pétreos bancos, rodeada de rosas y un poco alejada de los ecos de borrachera de mis vecinos de parque. Miro el cielo y me asombro apercibiendo el bullicio de una Valladolid entregada al estío, al tapeo, al compadreo, en unas horas que invitan a echarse a la calle en plena tregua del calorón reinante.

En este santuario improvisado, tropiezo en mi bolso -que todo lo guarda- con el flyer de una expo que ví hace ya un par de temporadas. Fotografías de Leo Matiz en la Sala de las Francesas. Siempre proclamo que tenemos una programación de exposiciones maravillosa, envidiable. Me da fastidio la gente que dice que esta ciudad es aburrida. El aburrimiento es un estado interior. No tiremos porquería a nuestra “casa”.

Reencuentro con mi adorada Frida. En una de las fotos la pintora empinaba el codo. Sin problema. Vivía aferrada a su pincel y podía permitírselo.

Vuelvo a estos chicos que deambulan en modo ese y vivencian una fallida exaltación de la amistad. ¿Sabrán quién es Frida? Frida artista, subversiva, vividora, maestra de universos propios. Frida doliente y calmante, amante y exultante en medio de la encrucijada.

Botellón y ruido versus arte y quietud.

Estos chicos… si conociesen la mitad de la biografía de Khalo probablemente la pondrían en sus carpetas, pero están demasiado distraídos para eso.

Estos chicos… invocan el espíritu de Dioniso pero sin conocimiento. Además es un Dioniso de andar por casa, envuelto en las bolsas de plástico del súper. Una lástima.

Algún lector quizá esté esperando mi acostumbrada referencia a Castilla y/o la familia. Ambas llegan ahora. Hoy mato dos pájaros del mismo tiro.

Llega mi tío abuelo Dionisio como representante de los hombres castellanos. Esos que daban la talla en la taberna y en la labor. Cazador impenitente y chateador hasta su muerte con 94 años. Ese abuelo entrañable que todos querríamos llegar a ser. Él contaba que en su juventud, después del afanoso trabajo en el campo, se entregaba con brío al tinto en la taberna de su Siete Iglesias de Trabancos natal.

Por eso no me llevo las manos a la cabeza, todos tenemos una cultura y un pasado. Tierra de vino, cualquier excusa es buena para entregarse a su influencia. Comparemos ahora churras con merinas.

Los hombres castellanos bebían vino, pero quemaban sus efluvios trabajando la tierra que les vió nacer, y muchos de estos chavales lo más que hacen es peinarse a lo Justin nosequé, no saben buscarse las lentejas ni conocen el significado intrínseco de la palabra hombría. Quizá el sistema educativo no les ayude mucho, pero cada cuál es dueño de sus actos.

Digamos que descorchan la botella antes de tener algo que celebrar o aflojar, dos de las razones más frecuentes por las que se bebe. Y así no, así no se puede lidiar con la adversidad, ni el mundo al revés que vivimos… ¡ni ná!.

En la antigüedad los griegos celebraban la fiesta de la siega con el culto a Dioniso,  que representaba la fuerza regeneradora de la naturaleza y a través del éxtasis provocado por el vino, conseguía renovarse. Los helenos, que eran muy listos, rápidamente se dieron cuenta de que era mejor escribir los textos que salmodiaban durante las ceremonias, en vez de permitir que uno un poco juma fuese improvisando la oratoria.

Conclusión: Hay que mantener la consciencia hasta para emborracharse, porque si no confundimos tocino con velocidad y borreguismo con subversión.

¡Qué bien les vendría a estos mozos cambiar la melopea por una buena expo! Aunque sólo fuese de vez en cuando…

 

Solo tu puedes impedir que esto se acabe

Compártelo, apoya el proyecto

ÚltimoCero | Hazte cómplice HAZTE CÓMPLICE

No hay comentarios