Tuvo que llegar una adolescente, Greta Thunberg, con su cartel (Skolstrejk For Klimatet, “huelga escolar por el clima”) y su movimiento “Fridays For Future” para que miráramos hacia lo que sucede en el planeta Tierra, aunque quizá todavía no contemplemos ni consideremos suficientemente lo que nos sucede a todos. No fueron suficientes las investigaciones de tantos científicos ni los llamamientos de tantos grupos ecologistas. Hemos visto una estación de Chamartín abarrotada de periodistas; el tren Lisboa-Madrid con el “no hay billetes”, repleto de cámaras, reporteros y plumillas. Y nosotros, todos los demás, pensando que arreglábamos el mundo aplaudiendo a Greta, que parece -digo parece- que nos ha despertado, de momento, de nuestra autocomplacencia.

Mientras tanto hemos disfrutado de un puente estratosférico, limitado en el calendario por una fiesta civil, laica, con una santa cada vez menos reverenciada por algunos, la Constitución, y por una festividad religioso-católica cada vez menos conocida y difícilmente defendible en sí misma como fiesta civil y nacional, la que conmemora la proclamación, en 1854, por de Pío IX del dogma de la Inmaculada Concepción. Y mientras en Madrid se celebraba la cumbre sobre la Emergencia Climática (COP-25) y se hablaba de los gases de efecto invernadero como causantes del cambio del clima y de la emergencia en la que se encuentra el planeta Tierra y todos sus habitantes, entre ellos los humanos, Madrid y las grandes ciudades vivían, por un lado, un éxodo masivo hacia otros lugares seguramente más agradables para vivir con el fin de descansar, al mismo tiempo que desde otras ciudades muchas familias acudían a Madrid y a otras urbes grandes con el fin de visitarlas: ¡algunas, por ser las más iluminadas en estas fechas y, velis nolis, las que más energía consumen en luces navideñas! ¡Todo un paradigma! Nunca sabremos cuántas toneladas de gases de efecto invernadero habrá producido este éxodo migratorio, pero, a ojo de buen cubero -“sine pondere vel mesura”, decían los romanos-, muchas más de las necesarias o justificables. Mientras Greta y miles de personas se manifestaban en Madrid contra el cambio del clima, las carreteras soportaban un tráfico infernal, con vehículos que regalaban al paisaje miles de toneladas de gases letales: coches y más coches, y todos pensando en que sean los demás o, mejor aún, los gobiernos los que decidan y hagan que la plaga del cambio del clima se frene y, si es posible, desaparezca. Pero cuidado, que, si las medidas que los gobiernos pueden tomar son impopulares, aunque sean necesarias, éstos durarán poco como gobierno…

Madrid se ha convertido, una vez más, en escenario y paradigma de la sociedad del espectáculo, con una cumbre en la que se delibera sobre la situación extrema en la que vivimos, en la que vive el planeta como consecuencia de la repercusión que tiene nuestra modelo de vida y sociedad en el universo Tierra, al mismo tiempo que esta cumbre mundial se desarrolla en una ciudad gobernada por una alcaldía dispuesta a hacer desaparecer “Madrid Central”, que se apoya en un partido que niega el cambio climático, entre otras cosas, y con un alcalde que quiere convencernos de que ese Madrid tan contaminado es una ciudad “verde”, mientras se autoimpone la medalla de “Green City”. Un espectáculo más, si cabe, para desvirtuar el significado de “Verde” como categoría ecológica y del cambio del modelo de sociedad.

Guy Debord, el autor del ensayo La sociedad del espectáculo (1967), decía que en este libro había puesto “de relieve lo que el espectáculo moderno era ya en esencia: el reinado autocrático de la economía mercantil […]”. La previsión profética de Guy Debord se ha visto corroborada. Mientras las carreteras afrontaban una indigestión automovilística, los trenes colgaban el “no hay billetes” y, en los aeropuertos, los aviones hacían cola para poder despegar o aterrizar, la patronal hostelera hacía cuentas de los pingües beneficios que reportaban estos días de puente el turismo de sol y playa y el del esquí, y, cómo no, los cientos de millones de euros que los participantes en la cumbre climática iban a dejar en las de la hostelería madrileña. Una situación que evidencia la ceguera que dirige los pasos de la sociedad en la que vivimos, que convierte el medio, el dinero o la riqueza, en un fin en sí mismo, aunque éstos, como al rey Midas de la leyenda, acabe matándolo de hambre, como decía Aristóteles (Política). Y los medios de comunicación, en lugar de realizar una labor informativa y al mismo tiempo crítica, se han servido del espectáculo para hacer un “espectáculo mediático”, siguiendo el análisis de Debord. Y lo peor del caso es que, cumbre tras cumbre del clima, y aviso tras aviso realizado por el mundo científico, el espectáculo continúa, algo que también denunciaba Debord.

La sociedad del espectáculo se ha convertido en una amenaza, aunque se trata de un enemigo al que no queremos ver, seguramente porque formamos parte de él, porque la inseguridad produce miedo y no sabemos lo que hay más allá de este modelo de sociedad o no queremos renunciar a él y porque lo que no es espectáculo es esencial, profundo, comprometido y comprometedor, y esto, el compromiso, molesta y se rechaza en una sociedad como la nuestra, en la que se ha impuesto el pensamiento débil. La propia Greta Thunberg y el movimiento Fridays for Future corren el riesgo de convertirse, muy a su pesar, en parte de la propia sociedad del espectáculo: su imagen vende mucho en las redes sociales, en las televisiones, en la radio y en la prensa. Es una cara nueva, que puede ser deglutida por el propio sistema, por la sociedad de consumo, cuyos voceros pronto necesitarán caras y cosas nuevas, porque todos ellos se alimentan de la novedad. En este modelo de sociedad el mayor experto, el mejor comunicador ejerce de enterrador al mismo tiempo que reemplaza al difunto, mediante la quema mediática, la ignorancia o el olvido, por otra cara que permite liderar las cuotas de pantalla. De hecho, a Greta Thunberg hace tiempo que le preparan su pase a este territorio.

Sin embargo, la emergencia climática no se detiene y coloca sobre la mesa la cuestión de la sostenibilidad del modelo de sociedad en la que vivimos: si es sostenible esta civilización; el mercado; el consumismo; la teatralidad de la vida; la propia vida concebida como ejercicio de poder; las ciudades como unidad e instrumento de poder; el dinero y la riqueza como unidad central de la vida y como la centralidad del poder; los equilibrios internacionales planteados desde la posibilidad de desequilibrios debidos a la tenencia de una fuerza más potente, y un largo etcétera. Ahora bien, ¿qué es sostenible de cuanto conforma el decorado y el drama de la vida? ¿La precariedad? ¿Las diferencias derivadas de los sentimientos nacionales o de la identidad? ¿El pragmatismo individualista expresado en un “soy mientras existo” o en un “soy lo que tengo”? ¿La obsolescencia programada de los objetos de consumo? ¿Qué es sostenible de este modelo de sociedad?

Ante la emergencia climática el músculo duerme: los dirigentes políticos no tienen prisa, no vaya a ser que se vean fuera de sus despachos, o sea, del poder, o incluso se vean en el paro. Cuando existe una emergencia, ésta exige rapidez, actuar con la velocidad y la eficacia máximas para llegar a tiempo y que el enfermo, nosotros y el planeta, no se muera. Se habla de emergencia, pero a las ambulancias ni se las ve ni se las espera a corto plazo.

Desconozco lo que pasa por las mentes de nuestros líderes políticos y por las de quienes dirigen las instituciones económicas internacionales y las grandes corporaciones económicas, pero me temo lo peor, que algunos, los más poderosos, ya hayan echado cuentas y piensan que las consecuencias del desastre ecológico será un buen negocio, mientras se benefician del espectáculo. ¿Será verdad? Existen motivos para pensarlo.

No hay comentarios