Aprovecho, en primer lugar, para saludar a l@s improbables lector@s de esta nueva sección cinéfila de la publicación ÚLTIMO CERO, donde intentaré recomendar el buen cine que se proyecte en la ciudad (valor subjetivo) y hablar de ese cine que no llega, con especial atención al cine español, porque aunque no se lo crean, hay mucho y muy bueno, y además no se estrena en las salas comerciales. Con ese propósito inicio el reto.

En dos cines de Valladolid coincide en cartelera esta película desde el viernes, entre mis propósitos está convencer a l@s lector@s que opten, siempre que puedan, por la versión original subtitulada. Una de las armas del actor es su voz, su expresión, su tonalidad, aspectos que, aunque no se sepa el idioma, el oído aprecia y agradece. Nadie debería alabar una actuación sin haber oído la voz del protagonista en cuestión. Un actor/actriz no es solo un cuerpo en movimiento, un rostro bonito o una presencia imponente. Una voz te transporta inmediatamente a una personalidad. Los reacios deberían hacer la prueba, por ejemplo con esta película, véanla en las dos versiones y apreciarán la diferencia, podrán saborear las excelencias de un monstruo interpretativo en toda su magnitud, en este caso Ralph Fiennes. Hay que contextualizar la película de Guadagnino para poder afirmar que no conviene dejarse cegar por el sol que más calienta. Por ser actual, la película no es más joven. No se es más moderno ni las películas son mejores, sólo se consigue, y no siempre, hurtar al espectador un punto de referencia del pasado para comparar, y de esa manera aparentar original, vendiendo un producto como una versión cuando no es más que repetición, evitando la acusación de plagio introduciendo variantes, de tal manera que consigues hacer ininteligible lo que era meridiano y claro en la película original de Deray, uno de esos hitos del cine francés de los 60 destinado a escandalizar mojigatos por la exhibición de cuerpos jóvenes y bellos.

Hay que reconocer que “The bigger splash” mantiene el reto, de manera más o menos conseguida, durante 90 minutos, pero naufraga clamorosamente en su conclusión, justo donde más evidente se quiere hacer la separación entre original y copia, donde más creativo se muestra el guión respecto al referente, la película pierde pie y se transforma en subproducto amable, en un cliché en el que la culpa queda sin consecuencia. Una cosa sí reconozco, el reparto de la versión moderna me resulta mucho más compensado, mucho más acertado, más equilibrado que el movimiento autómata de una pareja Schneider-Delon que solo funciona en lo estático, y mucho menos en la profundidad del sentimiento roto. El trío Phiennes-Swinton-Schoenaerts desarrolla a la perfección la trama de la nueva versión, con un redoblado papel al Harry de Fiennes frente al más secundario del interpretado por Maurice Ronet en la versión inicial, con una pareja Swinton-Schoenaerts, descompensada en edad respecto al original, pero efectiva en pantalla, con menos química y erotismo que esa primera mitad de “La piscina” entre Delon-Romy Schneider, y con una joven Penélope, interpretada por Dakota Johnsson, que en la versión contemporánea se diluye como un azucarillo en una taza de café kieslowskiana frente a ese segundo plano casi permanente de Jane Birkin en la original, mucho más intrigante y enigmática, con un francés de resonancias británicas que nos impide pensar en la joven como francesa. Con todo, donde descalabran Guadagnino y los guionistas es en el desarrollo de la trama psicológica, bien planteada y bien desarrollada gracias a los actores, es en su conclusión donde desaparece el nihilismo de la versión francesa para vendernos un final moralizante con redenciones imposibles.

La sinopsis de ambas películas puede ser muy similar, durante unas vacaciones en una villa de unos amigos, la pareja Jean Paul y Marianne (Schoenaerts-Swinton) descansa en la soledad de la intimidad absoluta, en el más libre de los mundos que la sociedad moderna permite, aislados de todo y de todos, hasta que esa soledad se rompe por la aparición sorpresiva de otra pareja, Harry y su hija Penélope (Fiennes-Johnsson), Harry fue un antiguo amante de Marianne, Penélope es la joven recién alcanzada la mayoría de edad (en ambas versiones esa edad no es la misma, pero los tiempos tampoco). La libertad y ecos del mayo´68 no pueden ser trasladados a la versión moderna, de ahí encajar aún más a los personajes en el mundo de la canción y del cine, como si eso justificara cierta relajación en las costumbres, a todas luces impostada. La versión moderna cambia Saint Tropez por Sicilia, la relación anterior de Harry-Marianne es conocida expresamente por Jean Paul en esta versión y en la primera permanece en la intuición de Jean Paul, pero nadie lo quiere reconocer, la nueva versión juega mucho más al equívoco sexual entre ese padre y esa hija, si lo son de verdad, si no será una ficción, si ambos no serán amantes, el Harry de la primera versión tiene un carácter nada expansivo mientras que en la segunda es hiperactivo y hasta agotador en un frenético ritmo que aturde………..pero hay elementos, sin desvelar el tramo final que, imagino, al espectador le interesará mantener en el desconocimiento si no ha visto la película de 1969, donde la nueva versión se descompone en un final propio de comedia de mal gusto, cuando es el drama el que domina, de principio a fín, el desarrollo de los personajes. Atención al derroche físico y extrovertido de un Fiennes afortunadamente muy alejado de aquel relamido e insoportable noble húngaro de El paciente inglés. Un actor demostrando que no tiene nada que ocultar y que absorbe la atención a ritmo de los Rolling.

Guadagnino juega a hacer del clásico de Deray una intriga de cine negro y suspense con toques sorrentinianos. Era de esperar, cuando algo funciona, o funciona para un sector del público, que algo así ocurriera. No me disgusta, soy un degustador apasionado de Sorrentino, pero si asumes un modelo has de asumirlo hasta las últimas consecuencias, y ese toque del director napolitano, que a tant@s irrita, resulta que no es tan fácil de imitar, ni en el ritmo ni en la forma. Guadagnino no lo consigue, es más, prostituye el original y convierte sus últimos 30 minutos en un sainete de muy mala calidad, absolutamente opuesto a lo ofrecido hasta entonces. Justo cuando “La piscina” de Deray alcanza el máximo de esplendor, proporciona un estudio psicológico profundo y determinante en el comportamiento de todos los personajes, el papel del inspector de policía resulta trascendental en la evolución de la pareja Romy Schneider y Alain Delon, Guadagnino opta por lanzarse al brochazo del cine barato, como si la masa de espectadores fuera boba y no advirtiera el cambio de tono injustificado. Se permite, incluso, tratar a sus propios compatriotas de lerdos, poco profesionales, idiotas en la investigación de algo que podría parecer un crimen, pero que reflejado en imágenes y en contexto por lo que Guadagnino muestra, se convierte en película cómica irritante.

No me extrañaría que el espectador quedara desubicado por la forma tan obscena de rematar lo que iba siendo un desarrollo, lógico y muy respetable, de la historia, siguiendo los patrones del original, pero el final de la moderna versión consigue hacer olvidar el nivel medio más que aceptable de todo lo demás, incluso el acierto de incluir en la trama la realidad del drama de los refugiados. Pudiera ser que a Guadagnino, o a quien le encargó la historia, no le guste el final de “La piscina”, pero desde luego su opción no la mejora. La risa final de la pareja Marianne-Jean Paul carece de sentido, la solución ante lo que ocurre enfrenta la racionalidad sentimental del precedente francés con la aparente fórmula del borrón y cuenta nueva del italiano, porque la actual parecería seguir la corriente de que, lo que no está en el mundo de la policía, no ha ocurrido. Ese lloriqueo de Penélope al subir al avión que la devuelve a casa no guarda paralelismo, ni racional, ni emocional, con lo visto en la hora y media anterior.

Guadagnino sabe que tiene un par de ases muy efectivos en su propuesta, y eso hace que la película vuele alto aunque su suelo se encuentra siempre muy cerca, mucho más cerca de lo que parecería. Sin Fiennes, y en menor medida, sin una enmudecida Swinton, la película no sería imaginable como producto de calidad, de hecho, tras la desaparición de pantalla de Fiennes, el producto se desinfla y entra en pánico. Jugando a enseñarnos un paisaje, olvida que el desencadenante de la conmoción psicológica de los personajes está en esa casa y en esa piscina donde el ambiente se va tornando irrespirable, cuanto más saca Guadagnino a los personajes de ese entorno, más rompe la opresión malsana de un ambiente merecedor de ser calificado como digno de Patricia Highsmith, justo al contrario que su precedente, en el que Deray va encerrando a Jean Paul-Marianne en un entorno negativo que trastoca su aparente felicidad inicial, Guadagnino quiere que hagamos turismo con los protagonistas y que lo que sucede es fruto de una insolación y de un viento tórrido procedente de África. En vez de transmitir el frío interno de unas relaciones que van apagándose, concluyendo en el agotamiento de un silencio, Guadagnino juega a calentar unas brasas humedecidas mucho antes, y que, a duras penas, y con mucho esfuerzo, podrían revivir. Penélope y Harry no son los objetos de deseo ni de reconciliación por relaciones pasadas, son el exponente de que algo no funciona entre la pareja que disfruta al principio de la película, pero Guadagnino no sabe transmitirlo, juega a un elemento de seducción imprevisto que agota y estanca la acción, hacia una conclusión donde entra en juego un instinto de supervivencia innecesario.

Por eso, el espectador que se enfrente con la película actual sin referencias, disfrutará de la misma, y espero, será capaz de ver cómo el relato entra en coma después del momento culminante, pero si el espectador recuerda “La piscina”, o la vuelve a ver con ocasión del estreno de “Cegados por el sol” tendrá que terminarse preguntando ¿para qué volver a contar lo mismo si no lo haces mejor?. Es justamente lo original del nuevo relato lo que peor funciona, ¿no es, entonces, prueba evidente del error?. Ambas películas tienen una duración similar, y sin embargo, el desenlace de la versión moderna se eterniza y pierde interés, mientras la versión de 1969 exige un esfuerzo definitivo a espectador y equipo para mantener una fuerza rotunda en su final de soledad y fracaso. Lo que en Deray es un relato cronológico, en Guadagnino necesita el uso convencional del flash back para retratarnos a los personajes y sus orígenes, para justificarnos quiénes son y sus debilidades, algo absolutamente prescindible como demuestra el original. En conclusión, una película recomendable con la salvedad de ese final, de nivel medio-bajo, que, sin embargo, confrontada con su precedente, demuestra todas sus imperfecciones y su, evidente, menor calidad y compromiso moral.

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