Con la idea de poder servir de orientación a potenciales espectadores de las salas me estoy limitando a comentar películas que se distribuyen, o deberían distribuirse, en la ciudad, y así puedo llegar a frustrarme ante el desolador panorama artístico de la inmensa mayoría de las que hoy se exhiben comercialmente en Valladolid. A falta de una necesaria Filmoteca en la ciudad, o de la implicación del Museo de Arte Contemporáneo con el cine y las más actuales vanguardias visuales, incluso solamente españolas, voy a tener que pegar un giro a la sección porque, sinceramente, se hace muy cuesta arriba escribir para criticar negativamente una obra y quitar al espectador las ya menguadas ganas de acudir a las salas comerciales.

Título: «La Memoria del Agua». Chile.

Director: Matías Bize.

Reparto: Elena Anaya, Benjamín Vicuña, Néstor Cantillana, Sergio Hernández, Antonia Zegers, Pablo Cerda, Silvia Marty.

Guión: Julio Rojas, Matías Bize.

Productores: Pietro Marcello, Sara Fgaier.

Año: 2015.

Duración: 88 minutos

Matías Bize allá a mediados de la década pasada llegó al cine español de la mano de la Seminci, que le premió, visto desde ahora, con generosidad excesiva otorgándole la espiga de oro por “En la cama”, película que competía con “Caché” de Haneke, “Manderlay” de von Trier o “Le temps qui reste” de Ozon, comparación que hoy avergonzaría a cualquier jurado. Volvió un par de años más tarde con “Lo bueno de llorar”, una noche sentimental recorriendo las calles de Barcelona que recuerdo con agrado, y mostró su encasillamiento formal y temático con “La memoria de los peces”, última película suya que he visto. Ahora vuelve con una coproducción hispanochilena donde sí, sobran sentimientos, pero tan forzados, tan mentirosos, tan radiografiados y teledirigidos a un objetivo, que me producen rechazo visceral casi desde el comienzo, apoyados en un armazón de telenovela barata.

No hay profundidad en los personajes, que se mueven en la misma longitud de onda desde el principio hasta el final de la película, no hay reacciones asumibles en el papel que interpreta, con esfuerzo notable porque el rol es insalvable, Elena Anaya, ni margen de maniobra para su compañero Benjamín Vicuña, obligado a mantenerse en una atonía gestual que le impide progresar de alguna manera, compelido y constreñido en el presunto papel de autista emocional para permitir el desahogo sentimental en el momento previsto por el guionista-director. La sinopsis es clara y sencilla, un joven matrimonio acaba de perder a su hijo en un accidente doméstico, ahogado en la piscina diseñada por el propio padre, arquitecto. La madre se culpa, y culpa a todos los que la rodean, por lo que decide, a su vez, romper con todos y entregarse a un estado de tristeza permanente, abandonando casa, familia, marido, independizándose, pero manteniendo un invisible hilo que la mantiene unida a todo lo anterior, aunque quizás ese aparente camino autodestructivo no es tal, porque también existen los desahogos, que parece no le causan los problemas morales que posteriormente se utilizan como argumento de peso para reafirmar su posición.

Cartel de la pelicula
Cartel de la pelicula

Las rimbombantes frases “te esperaré hasta que decidas volver”, “todos somos culpables”, “si soy feliz olvidaré a Pedro”, “no tengo derecho a ser feliz”, “no te puedo mirar porque eres él”….van jalonando diferentes momentos del metraje, no excesivo en tiempo pero insoportable en evolución y análisis. Película enfática donde se remarcan las reacciones y soluciones fílmicas a base de frases que nadie pronunciaría en su vida diaria, de trampas morales (el padre diseña una casa en la que le piden que prevea una piscina, la madre, traductora simultánea, se enfrenta a una comunicación médica en la que se detallan los efectos del ahogamiento por inmersión, la madre que no quiere ser feliz tiene nueva pareja con la que hace el amor al tiempo que el padre se desahoga de la noticia acostándose con la primera mujer que ve en una discoteca) tendentes a pornografiar los sentimientos humanos intentando una falsa trascendencia mística en la ausencia de un hijo que no volverá.

Como hay que hacer llorar al espectador (se me antoja imposible la verdad), abundan los primeros planos, los recuerdos del pequeño, la patética escena de la nevada en Santiago de Chile que produce una reacción incomprensible en quienes llevan años separados y una aún más que discutible solución a la mañana siguiente. Queda claro que no me ha gustado, que a la corrección actoral y de diseño visual hay que exigirle un guión elaborado y no una mera anécdota alargada donde los personajes, que pretenden ser consecuentes con sus decisiones, incurren en contradicciones constantes, colocando lo que se quieren ofrecer como soluciones moralmente aceptables como chantajes emocionales y concesiones secundarias porque la opción deseada no ha sido posible (léase la relación entre Benjamín Vicuña y su padre). Prometo que la próxima entrega será de una película de calidad, aunque tenga que utilizar a los clásicos o películas que no se vayan a estrenar nunca en España.

No hay comentarios