Los informes sobre Sarah y Saleem.
Los informes sobre Sarah y Saleem.

Queridos, y queridas, espectadores locales, ¿dónde os escondéis el resto del año?, ¿por qué no queréis ver cine subtitulado y esta semana agotáis las entradas de ficción aunque sean películas malayas subtituladas en inglés y con subtítulos electrónicos en inglés? Pase que no vayáis a ver documentales, de hecho ni a la Seminci le importa mucho acompañar a los directores de sus múltiples secciones de documental que uno no sabe muy bien dónde está la característica que los hace competir en una sección u otra, pero si fuérais tan fieles a la seminci como a las salas, Valladolid debería ser un nuevo París cinéfilo.

SECCIÓN OFICIAL.

LO MEJOR. «Los informes sobre Sarah y Saleem», pese a su deriva final un tanto comercial y, lamentablemente, de melodrama innecesario, la película palestina de Muayad Alayan da pie a reflejar una realidad que, por más que el poder mundial trata de ocultar, edulcorar y permitir, un israelí árabe no es lo mismo que un israelí judío, y si entre ambos se establece una relación meramente sexual, hay que suponer que existe un interés oculto de índole terrorista porque ningún judío o judía, en su sano juicio, podría plantearse una relación con alguien de una cultura diferente. Desde ese prejuicio racial, confirmado por un diferente trato y mundo, aún perteneciendo al mismo país, pasar del barrio judío de Jerusalén al barrio árabe es transitar, no sólo por una frontera física, sino por un túnel en el que, al salir, las realidades difieren en riqueza, salud, servicios; transformando el lado árabe en un reducto que se parece más a un campo de concentración que a un embrión de estado libre, en el que, como equivalencia, cualquier judío es visto también como sospechoso. Cuando Alayan desvela al resto de personajes que entre Sarah y Saleem no hay sino una simple historia de infidelidades, el relato se dispersa hacia una improbable historia de falsos terroristas y manipulación de pruebas, en una película que hasta entonces se mantiene en un alto nivel en medio de una noche que ampara a los amantes y que, afortunadamente, ofrece la solución final más creíble y razonable para no terminar de arruinar el buen trabajo previo.

Lacaída del imperio americano.
Lacaída del imperio americano.

LO PEOR.- La caída del imperio americano de Denys Arcand. Comprobar que uno más de los grandes directores que descubrió la Seminci hace décadas pierde pie (ya había avisado con su anterior película estrenada en España, porque la última permanece oculta para el espectador pese a ser muchísimo mejor que la presente) y abandona su cine familiar y de relaciones personales para tejer una especie de vidas cruzadas entre personas cuyas posibilidades de conocerse en la realidad, y empatizar, son mínimas, mezclando frases de filosofía de autoayuda, moralismo vencedor, zancadillas al sistema, con un relato pseudonoir en el que una «buena persona», que aprovecha para quedarse con millones de dólares canadienses abandonados en tierra de nadie tras un atraco, millones que pertenecen a la mafia, y que al tiempo consigue reciclar a una «escort» de lujo, a un contable dedicado a limpiar dinero negro, a un delincuente de poca monta y, todo ello, sin dejar de hacer obras de caridad y sin ser importunado más que por una policía que aparece ridiculizada a cada intento de descubrir dónde oculta el botín el modesto repartidor de Québec, sin ser atacado por el crimen organizado, termina resultando patética. Plana historia de buenos, malos e indiferentes, que trata de reivindicar la función social del dinero para lavar y acallar conciencias, pero en su reparto de justicia retributiva olvida que todos ellos dejan de sufrir castigo por acciones potencialmente reprobables, mientras los malos son criminalmente apaleados por el director. Plana historia y plana realización que parece obedecer a los patrones informáticos de los nuevos algoritmos con los que dicen se ruedan las películas actualmente, y así satisfagan a una mayoría nada exigente y que salga satisfecha comprobando cómo el bien siempre triunfa (en la ficción).

Gräns, de Ali Abbasi.
Gräns, de Ali Abbasi.

LO IRRELEVANTE. Gräns, de Ali Abbasi. No hay que negar que «Gräns» apuesta por el riesgo, incluso por desagradar al espectador. Va aportando información a cuentagotas, aunque uno puede intuir determinadas salidas en las que se equivocará si no sabe que estamos ante un relato de género, un «fantastique» nada habitual en la Seminci, pero que, a fuerza de intentar lanzar demasiadas historias paralelas termina por sobrevivir de mala manera. Diferencia, naturaleza, humanidad sin valores, pederastia, pedofilia, miedo a ser como uno es en realidad, leyendas nórdicas, «trols», todo va mezclándose de tal suerte y manera que, por momentos uno cree estar en alguna de las secciones del festival de Sitges, pero no, y la desorientación ante giros de guión llenos de trampas y soluciones «ad hoc» no es sino reflejo de una película que no crece por mor de los personajes, sino que estos tienen que acomodarse, una y otra vez, al guión diseñado. La historia no necesitaba de seres mitológicos para hacerse creíble y poderosa, el «fantastique» arruina la propuesta y deja la película en un intento que no molesta, pero que tampoco aporta gran cosa porque volvemos a estar ante cine plano y cortado por el mismo patrón estético, visual y formal, porque si el director quería hacer una crítica social por la discriminación a los discapacitados, o un recuerdo a los experimentos gubernamentales en Suecia con personas con enfermedades mentales, el mejor ataque es hablar de lo que pasó, y no sacarse «monstruos» de la chistera.

"A vingança de uma mulher» de Rota Azevedo.
"A vingança de uma mulher» de Rota Azevedo.

PORTUGAL. Otra vez la apuesta más poderosa del día son dos joyas del más reciente cine portugués, «A vingança de uma mulher» de Rota Azevedo, relato que vive de Oliveira tanto como de Raúl Ruiz para mantenerse, al mismo tiempo, autónomo y libre en manos de la directora cuya próxima película está a punto de estrenarse. Si en la época de eclosión del romanticismo hubiera existido ya el cine ( ¿se lo imaginan?) esta película seguramente encajaría a la perfección en el espíritu del movimiento. A ese cúmulo de pasiones desbordadas, sentimientos incomprendidos, amores prohibidos, vacío moral en algunos casos, aventureros sentimentales avanzados al modo de sentir y expresarse en su época, se acomoda a la perfección esta historia basada en un cuento del escritor francés del s.XIX, Jules Barbey d,Aureville, poco conocido, pero dado a escandalizar a esas sociedades pacatas y moralistas en su lado público, pero ávidas de novedades, lujos y placeres en sus salones privados. La película es claramente experimental, un desafío visual y escénico donde, no ocultándose una composición teatral de espacios y personajes, todo funciona perfectamente desde lo fílmico. Contando con un preámbulo y un epílogo fundamentales, la película carecería de sentido sin el largo monólogo intermedio en el que la duquesa, confundida por el personaje de Roberto con una prostituta, pero quizás no tan confundido, cuenta su historia personal. Durante el preámbulo, en el que la directora despliega su composición pictórica en exteriores simulados, o en salones que recuerdan pinturas de Madrazo, Casado del Alisal, Vicente López ( o de sus contemporáneos portugueses, que los habrá, pero las referencias a España en la película son reiteradas), abundan los tonos apagados, tonos neutros o grises que revelan esa careta que todos los personajes se colocan cuando están en sociedad, unos tonos acordes con la absoluta desgana de todos ellos, de su deseo de abandonar esas convenciones y esas actividades impuestas por las buenas costumbres pero que les aburren enormemente. Ese epílogo, que recuerda al mejor Raúl Ruiz de «Misterios de Lisboa», cierra de manera convincente el resultado de un plan preconcebido que pasa por aniquilarse individualmente para provocar el sufrimiento a un tercero. De todo ello será espectador involuntario el personaje de Roberto, el deus ex machina de la historia es la duquesa, pero sin el personaje masculino involucrado en la historia, ésta no alcanzaría su sentido. La humillación que soporta la mujer necesita de cómplices, aunque no lo hayan sido voluntarios, de conocedores que transmitan entre la alta sociedad, el carácter malvado de ese noble español cuyo apellido ha de ser arrastrado por el fango posteriormente. La historia es excesiva, retorcida, extremada, pero no es sino la forma de contar y mostrar, lo que concede calidad, mucha, e interés a la película.

«John From» de Joao Nicolau.
«John From» de Joao Nicolau.

Y «John From» de Joao Nicolau, pirotecnica de sentidos adolescentes en un Portugal irreconocible, una joven deseosa de amar y ser amada para lo que no duda en transformar la realidad en un mundo que conviene a su fantasía inagotable. Si el esquema argumental de la película puede resumirse en un par de pinceladas, siguiendo a Rita, adolescente portuguesa que deja transcurrir los días de un largo verano creando su propia playa artificial en la terraza de su casa mientras le aburren los chicos de su edad, y sólo la complicidad con una amiga le proporciona algún momento de relajación diario a la espera de no se sabe muy bien qué, la aparición de un vecino maduro, padre de una hija pequeña, pero sin pareja, desestabiliza las estructuras mentales de Rita que, de manera irracional, se enamora radicalmente de esa idea de hombre, transformando su verano de aburrimiento en una obsesión de seducción. En ese hombre de apariencia interesante, viajero, fotógrafo, conocedor de lejanas culturas y civilizaciones, Rita coloca toda su energía mental para ir construyendo un nuevo mundo, mitad transformado y mitad inventado. Para Rita no será suficiente cambiar su vida o conseguir su objetivo, sino que pretende conseguir con su actitud, que todo su entorno pase de ser una urbanización de clase media portuguesa, nada asfixiada por la crisis, ni preocupada por su futuro económico, en un paraíso terrenal, un remedo de isla tropical donde especies animales se acomoden a un clima diferente, o, incluso, hasta que ese clima de un largo verano mediterráneo, se transforme en un verano perpetuo. Y es que la puesta en escena de esta película consigue, sin grandes esfuerzos, sumergirnos en el mundo de Rita sin que cuestionemos la profunda irrealidad de lo que vemos, asumimos con absoluta normalidad la transición de realidad a fantasía o mundo mágico de manos de un diseño visual excelente. Sobresaliente película.

«Azul Siquier» de Felipe Vega.
«Azul Siquier» de Felipe Vega.

DOC ESPAÑA. «Azul Siquier» de Felipe Vega, un director que merecería mayor atención y mayor presencia tras rodar alguno de los más estimulantes largos de ficción a finales de los 90 y principios de los 2000 en este país, homenajea al fotógrafo almeriense Carlos Siquier, pero lo hace de manera anodina y poco didáctica, demasiada palabra ahoga la voz propia del artista y termina haciendo más caso al entorno que a la obra en sí misma. Fugaz como su duración, al menos tiene el gran valor de dar a conocer a un gran fotógrafo de nuestra España profunda, de una España de los 50-60 que aún perdura, aunque ahora tenga luz eléctrica, agua corriente y televisión.

Compártelo, apoya el proyecto

ÚltimoCero | Hazte cómplice HAZTE CÓMPLICE

No hay comentarios