Cartel de Entre dos aguas.
Cartel de Entre dos aguas.

CINE ESPAÑOL.

Punto y aparte merece, y será objeto de mayor atención más adelante, el pase único en «Spanish cinema», como si de un preestreno se tratara, de «Entre dos aguas», el nuevo capítulo de un «work in progress» de Isaki Lacuesta que, ojalá, tenga más entregas en el futuro, siguiendo a Isra y su hermano Francisco «Cheíto», que se inició con «La leyenda del tiempo», título de resonancias camaronianas y que seguía las andanzas, o malandanzas de estos hermanos por la bahía de Cádiz, viviendo en la necesidad, la ausencia de estudios, más cerca de la miseria que de la estabilidad y cuyo futuro sufrió un abrupto corte con la muerte violenta de su padre. Pasados los años, aquellos incipientes adolescentes se han convertido en adultos, uno en marino profesional de la Armada, el otro, el «Isra», a quien un amigo ha bautizado como el «Doinel de la bahía», en un buscavidas sin salidas recién abandonado el centro penitenciario de El Puerto de Santa María, y para el que todo apunta que no va a tardar en regresar porque su vida en la calle está destinada a volver al narcotráfico y la violencia. Un documental ficcionado en el que todo respira autenticidad, frescura, naturalidad, entre personas que se interpretan a sí mismas y sus vivencias. Una joya del cine español.

«Djon Africa»
«Djon Africa»

SECCIÓN OFICIAL.

«Djon Africa» es, para mí, una de las propuestas más interesantes, y probablemente llamada a ser de las más incomprendidas de este festival. Aportación portuguesa a la sección oficial es una de las películas más arriesgadas en su forma de contar el proceso de autenticación personal del protagonista, desde su más absoluto pasotismo hacia sus orígenes y raíces, hasta descubrir el país de sus padres y, encontrar, desde allí, cuál es su lugar en el mundo, que no tiene porqué ser diferente a ese Lisboa irreconocible en el que se desarrolla la primera media hora de recorrido. En esa búsqueda que va dando lugar a ensoñaciones oníricas fruto de la idea preconcebida de cómo ha de ser Cabo Verde, el viaje va transformando al protagonista que encuentra una inesperada conexión con la tierra y los elementos del continente africano, con sus personas y sus costumbres, recuperando así la idea de pertenencia pero sin renunciar a ser portugués, porque ni puede considerarse un caboverdiano ni puede olvidar el color de su piel cuando está en su país de nacimiento. Ese sueño erótico-musical que persigue a Miguel y se materializa en el vuelo de ida, él pretende identificarlo con sus orígenes africanos, amante de la música rítmica, y atraído por los cuerpos femeninos, esa pasarela improvisada en la que la música caboverdiana hace desfilar y bailar, por el pasillo del avión, a una decena de jóvenes de su misma raza, demuestra la concepción limitada que tiene el viajero de sus orígenes, confundiendo el estereotipo turístico con la realidad que es algo más que música, diversión, baile y sexo. Miguel viaja a Cabo Verde como quien cree que ahí va a encontrar la respuesta a su desconexión con la realidad, convencido de que nadie va a cuestionar su africaneidad dado el color de su piel y la nacionalidad de su padre, para darse de bruces con una realidad muy diferente, muy diversa, muy distinta a la que él ha inventado en un imaginario que quiere que le incluya en un grupo, en un país, en un continente simplemente por su deseo. Estas ensoñaciones desaparecen de manera progresiva, incluso las conversaciones pasan a ser más directas y las mujeres terminan imponiéndose al hombre con la palabra, enseñando a Miguel que, realmente, lo desconoce todo del país al que ha viajado y en el que, el único familiar localizado y que podría permitirle tirar del hilo de sus orígenes, hace un año que ha muerto. El peregrinar del protagonista en busca de algún resto de sus raíces le va haciendo abandonar la costa, los bares, las fiestas, para ir conociendo e intimando con los lugareños, participar de sus actividades, conocer, tocar, sentir la tierra de la que proceden sus genes. La película se convierte, entonces, en un viaje interior dentro del viaje físico, un periodo reflexivo en medio de la naturaleza, donde Miguel siente la fuerza de milenios y el bagaje de generaciones y generaciones de personas, obligadas muchas de ellas, primero por la esclavitud, y después por la necesidad, a abandonar su país, embarcarse en travesías llenas de peligros y terminar viviendo en ghettos más o menos marginales, de las grandes ciudades, en este caso, portuguesas.

“Utoya, 22 de julio”
“Utoya, 22 de julio”

“Mi obra maestra” y “Utoya, 22 de julio” pueden ser dos de las más “pequeñas” películas de la sección oficial, ampliamente superadas por alguna de las propuestas de la sección Punto de Encuentro, sobre todo “Volcano” y la muy estimable “Weldi”. La película noruega “Utoya, 22 de julio” de Erik Poppe adolece de primar la forma sobre el fondo, asistimos a un largo plano secuencia que abarca toda la duración de la propuesta, con un inicio prometedor donde la protagonista parece hablarnos a los espectadores, para, tras un preámbulo de alrededor de 15 minutos, dar lugar a la confusión, la incertidumbre, el miedo, la falta de respuestas, que debieron de sufrir los jóvenes del partido socialdemócrata noruego cuando en la mañana del 22 de julio fueron masacrados por un terrorista de extrema derecha en la isla de Utoya. Durante 72 minutos, rodados segundo a segundo, el asesino procedió a ejecutar de manera sistemática a todos los jóvenes que se cruzaron en su camino. Seguimos a una de ellas, una joven preocupada por la desaparición de su hermana más que por su propia supervivencia. El dispositivo argumental carece de respuestas porque prefiere asumir la posición de ignorancia y estupor de quienes están sufriendo el ataque, incluso la misma idea del plano secuencia utiliza el recurso de filmar los rostros con la cámara apoyada en el suelo y, de esa manera, eliminar los riesgos de errores en el resto de figurantes. Lo que no me parece admisible es el cambio de punto de vista final, si todo el viaje hemos acompañado a la joven como si fuéramos sus ojos nada justifica que nos separemos de ella en el último minuto rompiendo la idea del relato subjetivo por el de un observador neutral.

“Mi obra maestra”
“Mi obra maestra”

Por su parte, «Mi obra maestra» habrá de entenderse como concesión cómica de la Seminci al espectador para relajar el fondo dramático (menor que el de otras ediciones) que se va acumulando con el paso de los días, pero el cine de Duprat, sólo o en compañía, no consigue convencerme, y es más, me irrita profundamente. Ya lo hizo con «El ciudadano ilustre», tan bien acogida por público y crítica en anteriores ediciones del festival, pero es inevitable ver en esta nueva propuesta la influencia enorme del lenguaje televisivo que paga el producto (o parte de él), como es Mediapro, el esquematismo simple y sin profundidad alguna de los personajes, la aparición de otros episódicos y que nada aportan a la trama de una estafa picaresca que se va gestando y se intuye sin mucho empeño en querer adelantarse a lo que las imágenes van a dar. Pudiera haber servido para criticar al mercado del arte contemporáneo, al nuevo rico, al mecenas inculto, pero en el fondo no deja de ser una «buddy movie» de tipo desastrado y contracorriente y amigo listo de buen corazón. Menor, muy menor, y muy poca justificación para su inclusión en la sección oficial.

«Weldi» de Mohamed Ben Attia
«Weldi» de Mohamed Ben Attia

PUNTO DE ENCUENTRO.

«Weldi» de Mohamed Ben Attia. El director tunecino no dejó mal recuerdo hace un par de ediciones con «Hedi», proyectada en la sección oficial, por lo que parece poco justificado que ahora se le relegue a la sección paralela de menor repercusión mediática para el propio festival. Ben Attia asume el drama de la radicalización hasta convertirse en terrorista de un hijo «modelo» desde un fuera de campo absoluto, de tal manera que el espectador termina sintiendo la misma incomprensión, la misma sorpresa, que esos padres que, de la noche a la mañana, cuando su hijo está afrontando los exámenes para entrar en la universidad, comprueban que éste ha desaparecido dejando un mensaje anunciando que se ha ido a Siria. Entre la desazón y derrota de la madre, y la no aceptación del padre, que viaja hasta el país en guerra con intención de recuperar a un hijo que ha debido sufrir algún tipo de engaño o equivocación, la película mantiene un pulso notable y sin respuestas a un hecho cotidiano del mundo árabe y que ni las mismas personas allegadas son capaces de explicarse.

«Colo» de Teresa Villaverde.
«Colo» de Teresa Villaverde.

CINE PORTUGUÉS.

«Colo» de Teresa Villaverde. Hay películas que se comen con los ojos y te atrapan con los sentidos, hay angustias vitales que, contadas de manera morosa, contenida, fluyendo como una corriente medio estancada, se convierten en pura sensación, en pura poesía emocional a flor de piel que penetra hasta dar lugar a un encantamiento singular. Una película que comienza con un llanto silencioso y un abrazo, augura un duro recorrido, y sin embargo el acompañamiento que hacemos a la familia protagonista, encallándose en la garganta, no juega al dolor ni al sufrimiento gratuito, su descorazonador presente, su desintegración familiar producto de una crisis económica que socava cualquier tejido social, no obedece a cánones de desarraigo emocional, sino a la progresiva toma de conciencia de que cada uno de ellos ha de optar por regenerar su vida de la manera más asumible y más realista, sobrevivir aún a costa de ficcionar sobre el presente para crear una nueva realidad más optimista, negar lo que oprime e inventarse un presente a fuerza de romper con los vínculos que ahogan. Hay un padre y una madre, sin nombre en el relato, anónimos progenitores baqueteados por la edad que ya no augura mejoras sustanciales en lo económico ni en lo personal, y que sienten cómo todo ello hace tiempo que ha empezado a hacer mella en su relación de pareja, hay una hija, Marta, y una amiga de ésta, Julia, con nombre, con futuro, pero estancadas en un momento en el que el crecimiento se ve amenazado por el entorno. La película suena como un fado, la melancolía se adueña de las imágenes y los recorridos pueden mover a los cuerpos pero todos terminan varados en el mismo punto, como esos lentos movimientos de cámara, travellings que nos alejan de un nuevo lugar para retornar con la misma morosidad, con la misma tranquilidad con la que el drama va desfilando ante nuestros ojos.

«O Ornitólogo» de Joao Pedro Rodrigues
«O Ornitólogo» de Joao Pedro Rodrigues

«O Ornitólogo» de Joao Pedro Rodrigues. Una cinematografía, la portuguesa, reflexiva, humanista, que se fija en multitud de pequeños detalles y utiliza el simbolismo de la imagen para acercarse al hombre, su historia, su presente. Una serie de películas literarias, se hable o no se hable, donde la palabra, escrita o ausente, termina significando más que su propio sentido literal, porque es esa imagen la que nos habla aunque los personajes permanezcan en absoluto mutismo. Metafórica al extremo de ir confundiendo realidad con pasado, el personaje del ornitólogo Fernando (Paul Hamy, excelente en su exhibición física y sensualidad), enfermo, asediado por un mal que exige cuidado para no morir, va transformándose en una transfiguración de la figura religiosa del santo a través de un descenso a los infiernos del hombre y posterior regeneración hacia las alturas. Es verdad que si no se busca o se conoce, la hagiografía del personaje histórico, el deambular del hombre parecerá difuso y abstracto, pero Rodrigues consigue traspasar la barrera de lo místico y lo temporal para ofrecernos la idea de un hombre que se perfecciona mediante su autoconocimiento, su renuncia a lo material y su busca de lo esencial, que no tiene porqué ser lo religioso, pero también. Fernando es un observador, una persona acostumbrada a mirar el vuelo de los pájaros, sus costumbres, su forma de relacionarse mediante la distancia de unos prismáticos; en esas miradas a la lejanía su punto de vista se contrapone con el de los propios animales, quienes, a su vez, miran al ornitólogo, punto de vista que, aparte su valía cinematográfica, con el paso de los minutos va derivando en una mirada más cercana al sentido religioso de quien, desde la altura de su posición (aunque sea una paloma blanca de indudable significación cristiana) contempla la pequeñez del hombre. El periplo de Fernando devuelve al hombre a la naturaleza y le hace sentirse parte de la misma, desde la distancia del científico que mira sin perder de vista su comodidad urbana, a la del eremita que se interna en el bosque para enfrentarse a demonios paganos de la noche, a los animales feroces de la selva, a la tentación de las amazonas a caballo que le ofrecen devolverle a la ciudad. Un paseo en el que el hombre es capaz de conversar con los animales, aunque no lleguemos a saber si el discurso poético es oído y entendido por los peces, con quienes, dice la leyenda, el religioso franciscano era capaz de hablar. Estamos ante un paseo, largo, a través de una Europa que no se ve, destinado a que el personaje se conozca a si mismo lo suficiente como para transformarse en una persona diferente, desde Tras os Montes hasta Padua, Fernando se transformará después de sufrir tormento, de verse amenazado por quienes temen estar embrujadas, y en ese camino plagado de referencias religiosas, en plena naturaleza, alcanzará el placer inesperado desde la homosexualidad nada oculta del personaje principal, un amor sincero que se transforma en un paso del eros al tánatos tan rápido como lo provoca la incapacidad de comunicarse entre dos personas cuyos lenguajes son distintos en un momento inicial, pero que, una vez que el personaje evoluciona y progresa no le impedirá, como si alcanzara una perfección insospechada, entender el latín que le hablen otros protagonistas, abandonando, definitivamente, el inglés, la lengua del imperio actual. Ya no hay confusión de lenguas porque Fernando-Antonio está alcanzando la capacidad absoluta de comunicarse con cualquier ser.



Contenido extra:

Galería de imágenes alfombra verde Espigas de Honor:

 

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