Cambiar el mundo amigo Sancho que no es locura ni utopía sino justicia.

A mis sobrinos Manuel y Miguel, esos huroncillos trasteadores , para que algún día en el futuro puedan leer estas palabras y saber lo que sentí, lo que medité en esos largos paseos por las calles y los campos desiertos de el Toboso. Para que persigaís sin descanso el irrefrenable anhelo de libertad de Don Quijote.

A mi amiga Lorena, para que nuestra sed de amistad se funda en un sólo corazón, en una única y persistente fuerza para siempre.

 

Querido y bien amado Don Miguel de Cervantes, cuando pienso y reflexiono sobre tus orígenes, en el principio de tu vida, comprendo si cabe mucho mejor, ese siempre presente resquemor de amargura que especia y sacude toda tu obra. Pareciese que tu España abrazara a mi España, con un número sin par de acreedores fantasma y miserables lazarillos andariegos con pelos de paja amarilla y conviviendo con la eterna hambruna hispana.

Como entiendo tan bien que el precario oficio de su reverendísimo padre Don Rodrigo de Cervantes, apenas le ofreciera un mal vivir a la familia y por tanto a vos mismo, y como la tiránica armadura borbónica sometía a su Castilla en famélica y en difunta, Castilla imperial, Castilla muerta de hambre, era y es siempre así.

Querido Don Miguel, nuestras Españas vuelven a semejarse cuál mellizas expresiones en el túnel del tiempo, muecas retorcidas del mismo país, que caminando en andrajos y con los mismos amos, no sabe si convertirse en sarcasmo o rebelarse contra el oprobioso reformismo.

Vuestra Infanta Doña María, Príncipe Felipe y Emperador Carlos V jugaban a las damas y formulaban guerras de religión en cansina y espesa monotonía; mis infantas, reyes y autócratas navegan en su barco surcando el Mediterráneo y otorgando prebendas caciquiles, honorarios reales y sonrisas de compuestos prefabricados.

De Alcalá, obligados por la miseria, a Valladolid, sede por entónces de la corte, en el centro del mundo conocido y donde jadeantes muchedumbres- antes sus ojos de niño todavía inocente- se daban a la extorsión, a la prostitución palaciega y la transferencia por doquier de maravedíes bañados en mundano sudor. Aquí es donde comenzaste a construir tu visión del mundo, aquí, una vez te tornabas en adulto, es donde empezarías a perseguir el sueño de convertirte en poeta de la corte a imitación de Garcilaso.

Pero cuán cambiante puede ser la vida Don Miguel, como llega a transfigurarse sin apenas ser percibida por ojo humano, toda la ilusión juvenil arrojada, inhabilitada en unos instantes de furia incontenible, como en el duelo que le enfrentó con Don Antonio Sigura en un oscuro callejón del Madrid filipino. La justicia y los alguaciles del reino le perseguirán con impúdico sadismo hasta ser condenado a perder la mano diestra en público cadalso.

Que lúgubre amargura, que sátira angustia tuvo que poseer en sin número de días con sus noches a vuestra merced, hábil es el destino en torcerse inoportunamente, la vida de su señoría se extravía en un edípico drama de reo en permanente huida, un viaje iniciático que le transformará en el literato que más tarde sería.

A día de hoy te siguen buscando, quieren recuperar tus astillados huesos, encapsular el tuétano reseco y picado por la viruela del tiempo y el fracaso y que en una vieja cripta de la iglesia de las Trinitarias,reposan a la espera de ser desintegrados en las manos de hombres de faz ultramoderna, de hombres de entrañas bañadas en un fétido fluido deshumanizador, los mismos que antaño te rechazaron y despreciaron.

No conseguirán nada Don Miguel, sus estúpidas pretensiones se verán trastornadas porque la fuga de tu espíritu parnasiano ya se operó, rasgaste los hábitos franciscanos con los que fuiste encriptado y volaste hacia los celestes campos del Parnaso.

Que éste te sea leve...

"En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme no ha mucho tiempo que vivía un Hidalgo de los de danza en astillero..."

Querido Don Quijote, a lo largo de la historia de los hombres, el lugar donde nacemos, vivimos y nos amancebamos, suele ser oscuro, de vida gris y petrificada, un lugar transitorio, de nacimientos y muertes azarosas, de búsquedas que a nadie encontraron. En ocasiones, los hombres preferimos olvidar el nombre del lugar en el que nacimos, preferimos aborrecer su toponímico y nos perdemos en ensoñaciones varias, en búsquedas identitarias, en adquirir para nosotros mismos otras procedencias que no vulgaricen tanto nuestra vida, porque en verdad y a veces, nuestro lugar de nacimiento vulgariza la vida en extremo, ¿ acaso no lo crees así?.

"Es, pues, de saber que este sobredicho Hidalgo, los ratos que estaba ocioso, ( que eran los más del año), se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto..."

Cuán amarga es la soledad Don Quijote, cuán crueles son sus consecuencias, basta que estemos rodeados de personas como tu ama, tu sobrina o el barbero, para que hablemos lenguajes distintos, para que los ininteligibles gruñidos de unos, no comprendan ni acojan los sueños y las quimeras de los otros, para que las dimensiones en las que habitan los unos, jamás procuren la intercesión con los ricos Campos Elíseos de los otros.

Tú, Don Quijote, buscaste en los libros de caballería al interlocutor del que carecías, tuviste que viajar unas cuantas leguas más allá, elevándote por encima de tu seco cuerpo y tu rostro enjuto.

La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra hermosura…”

Qué es en verdad la belleza, quién o qué cosas cimentan su estructura, quién es el que se encarga de expedir los certificados de belleza, acaso si nos preguntaran a cualquiera de nosotros sobre la sustancia misma que la compone, no sabríamos ni siquiera como dirimir ese enigma.

Si la razón es algo inmaterial, por qué causa se empeñan en convertir la belleza en algo material.

Querido Alonso Quijano, ni la razón ni la hermosura se conocen entre sí, sino que se extrañan, se inquietan, parecen discurrir en paralelo, en una línea discontínua hacia un infinito demasiado desconocido para nuestro entendimiento. Un inextricable galimatías.

“Se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse: porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma…”

Con certeza osaste pensar que en venciendo gigantes como Caraculiambro cualquier dama se entregaría a tus brazos, cualquier Dulcinea de las que por el mundo andan se postraría ante tal generosa demostración de sensibilidad y valor.

¿De verdad lo llegaste a creer?, o tan solo lo visualizaste con la que un imberbe idealista varón comienza a ver a las mujeres, siendo todavía un bachiller.

Creíste que el alma femenina se arrodillaría ante un aniquilador de gigantes, ingenuo de ti!!.

Amado Don Quijote, pasamos nuestras vidas liquidando horrendos gigantes al paso de nuestras damas, limpiando los caminos de toda fealdad, mugre y mal gusto, como que al mismo tiempo seremos eternos invisibles, crestas y montes cubiertos de una bruma que ellas jamás legarán a disipar. Este es el precio del idealismo.

“Y así, fatigado deste pensamiento, abrevió su venteril y limitada cena; la cual acabada, llamó al ventero, y, encerrándole con él en la caballeriza, se hincó de rodillas ante él diciéndole:

- No me levantaré jamás de donde estoy, valeroso caballero, fasta que la vuestra cortesía me otorgue un don que pedirle quiero, el cual redundará en alabanza vuestra y en pro del género humano”.

Estabas convencido de que habrían de nombrarte caballero, para de esa manera, serte impresos los más altos valores de la caballería andante, el honor, la valentía y el amor cortés, dirigido todo ello a la defensa de los más oprimidos en el cuerpo y en el alma, a la liberación de las cadenas visibles y las no visibles, al martirio gozoso en homenaje a la amada, un triste y despreciado hidalgo de la Mancha abducido por el mismísimo Caballero de la Ardiente Espada, admirado por las más bellas cortesanas; ¿no será esto en el fondo, el sueño no confeso de todo hombre aspirante a la inmortalidad?…..porque sólo el que ama y sirve sin condiciones puede aspirar a la inmortalidad……sólo el que se agarra y asciende con lo etéreo, despojándose del terruño, aspira a trascender el óbito y la podredumbre.

Y es que pudiera ser que Don Quijote aspirase a ser inmortal.

“Señor caballero, este muchacho que estoy castigando es mi criado, que me sirve de guardar una manada de ovejas que tengo en estos contornos, el cual es tan descuidado, que cada día me falta una; y porque castigo un descuido, OH bellaquería, dice que lo hago de miserable, por no pagadle la soldada que le debo, y en Dios y en mi alma que miente.

-¿Miente delante de mí ruin villano?- dijo Don Quijote-. Por el sol que nos alumbra que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza, pagadle luego sin más réplica”.

Aquí comienzas la primera de las sendas batalladoras por las que tu triste figura transitará, a partir de este casual momento te enfrentarás a la realidad que nunca quisiste aceptar, la interminable dicotomía entre los abusadores y los abusados, toparás con el perfil de la insidiosa mayoría de hombres, trepadores natos, explotadores convulsos, negadores de las esencias más bellas que posee el ser humano, la capacidad de compasión y la empatía redentoras.

El señor y su criado, la noche y sus estrellas, la lejana melodía de la libertad y los muros que la comprimen y abruman.

Don Quijote, deshacedor de entuertos y oscuridades, no toleras la mentira que se pretende verdad, te encabritas y amenazas con pasar de parte a parte a la sorda avaricia, al crimen silencioso de los que con la fusta en mano, domeñan y amedrentan a su paso.

Con tu adarga y tu yelmo, buscas pretencioso el origen del mundo, al criador y a su creatura desnudos uno frente al otro.

“Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiesa que hay en el mundo todo doncella más hermosa que la Emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso. Si os la mostrara- replicó Don Quijote-, ¿ qué hicierades vosotros en confesar una verdad tan notoria?. La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender; donde, no, conmigo sois en batalla, gente descomunal y soberbia”.

Como pones a prueba la fe de todos los demás, pareciese que la vida está anudada en un sinfín de flecos resecos, alambicada, acosada por complejas hordas y misterios irresolubles, pero tu sólo tienes ojos para lo bello, que escondido en algún recóndito lugar reclama su importancia. Exhortas a los hombres a que recuperen su fe en lo sublime, en la belleza inaprensible de la mujer amada, es algo tan inalcanzable… como un río de lava disuelta en el corazón de la tierra.

Y es que cuando nos enamoramos, algo intangible pero real nos impulsa inconteniblemente a creer, a confesar, a jurar, a afirmar y defender que el imperio y el atractivo de la amada sobrevuelan muy por encima de los filtros de la razón, del empirismo pragmático o de cualquier otro intento de desespiritualizar el amor por el cual estamos poseídos.

“Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo.

- Tome vuestra merced señor licenciado; rocíe este aposento, no esté aquí algún encantador de los muchos que tienen estos libros, y nos encanten, en pena de las que les queremos dar echándoles del mundo”.

Acaso fuese cierto que los libros y los encantadores contenidos en ellos, pueden llegar a poseernos, a dominar nuestros destinos, o más bien al contrario; somos nosotros, hombres carnales, los que irredentos nos resistimos a ser redimidos a manos de nuestros sueños, emperatrices de la Mancha, fléridas, hipogrifos, ninfas, Montesinos, Rotolundos y demás seres que pueblan el neblinoso imaginario del hombre universal.

Puede que algún día no muy lejano, los sobrevivientes de la especie humana conozcan la respuesta a esta pregunta.

“Ella pelea en mí y vence en mí, y y vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser”.

En mis largas caminatas lamiendo el polvo incomprensible y errático de la Mancha me tropecé con los mismos seres desprovistos de cara, egipciacos en su postura corporal y arrastrando llorosos el escándolo de la muerte sobre sí mismos.

En estos momentos, en una preclara tarde de abril, estoy recordando a esa dama desconocida cuyo nombre no voy a pronunciar, esa que provoca en mí tanta extrañeza, la incapacidad de enjugar sus lágrimas y las mías propias, perturbadas emociones…

Es posible que ella sea también el continente de todas las paradojas, la de la muerte, la de la crueldad, la de la ternura, la destrucción o el amor, la implosión de la vida o de la oscuridad. Y yo pregunto ¿ es el hombre crueldad innata o es belleza desatada?.

Como diría el mismo Don Quijote, el amor es deseo de belleza, el amor junta los cetros con los cayados, la grandeza con la bajeza; hace posible lo imposible; iguala diferentes estados y viene a ser más poderoso que la muerte.

El Toboso, Toledo, en una tarde de alucinada luz del mes de abril de 2017

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