María San Miguel, Nahia Laiz y Pablo Rodríguez interpretando 'La mirada del otro'. FOTO: Jorge Ovelleiro
María San Miguel, Nahia Laiz y Pablo Rodríguez interpretando 'La mirada del otro'. FOTO: Jorge Ovelleiro

‘La mirada del otro’ se basa en los encuentros reales de la vía Nanclares, un programa de mediación penal impulsado en el año 2011 en la cárcel Nanclares de la Oca de Álava que permitió el encuentro entre víctimas de ETA y disidentes de la banda. La vallisoletana María San Miguel, impulsora del proyecto, encarna en la obra a la hija de uno de los asesinados, además de Nahia Laiz que interpreta a la mediadora y Pablo Rodríguez que hace el papel del disidente etarra, bajo la dirección de Chani Martín y la música del acordeonista Jorge Arribas.

Dos mesas blancas y tres taburetes, uno para cada personaje, forman un conjunto en continuo movimiento sobre el escenario, acunados por un tan sobrio como potente juego de luces. El hilo argumental se desenvuelve entre los saltos espacio temporales desde la llegada de Marta, la abogada y mediadora promotora de la iniciativa, a la carcel, sus encuentros con Aitor, que con poco más de veinte años fue condenado a prisión donde llevaba ya trece, y Estíbaliz, la hija de uno de los concejales ultimados por Aitor.

Aitor y Marta en uno de sus encuentros en 'La mirada del otro'. FOTO: Jorge Ovelleiro
Aitor y Marta en uno de sus encuentros en 'La mirada del otro'. FOTO: Jorge Ovelleiro

El etarra, que reniega de la organización terrorista, cumple condena en la prisión de Nanclares de la Oca, donde se desarrolla este proyecto en absoluta confidencialidad, cárcel desde la que un grupo de reclusos disidentes de la banda se ofrecen para, en la medida de lo posible, reparar el daño hecho a la sociedad en general y la vasca en particular sin la obtención de ningún tipo de beneficio penitenciario.

Los tics de Aitor, su nerviosa tensión muscular, agarra las entrañas del espectador mientras va desgranando las etapas de su camino: desde los fanfarroneos de taberna, a su entrada e implicación con la banda armada hasta el asesinado del aita de Estíbaliz, su condena y el desgarrador camino hasta la toma de conciencia de sus actos. Sus compulsivos gestos y dejes entrevén la angustia mental de más de diez años de encierro, de una cárcel a otra, de una celda a otra, de una paliza a otra. Mientras, Estíbaliz, busca en su interior y su entorno la motivación que la llevó a embarcarse en este encuentro, las trabas familiares, sus conflictos emocionales que incluso en algún momento llegan a encajar con los del asesino de su aita.

Estíbaliz y Marta durante la obra. FOTO: Jorge Ovelleiro
Estíbaliz y Marta durante la obra. FOTO: Jorge Ovelleiro

Navegando desde la pena a la rabia, la tristeza o la impotencia, además de la ilusión nostálgica que la evocan sus recuerdos familiares antes del atentado, ante las impertérritas y casi temerosas interpelaciones de la mediadora Marta. El amor por la tierra, su necesidad de defenderla, pero desde trincheras opuestas, contraponen constantemente las perspectivas tanto del asesinado como de su asesino. Y de forma machacona, repetitiva, como la voz de la conciencia del teatro, las palabras del padre de Estíbaliz, que ella rememora como un mantra: “Las cosas se arreglan hablando y las cosas de la tierra, se arreglarán hablando”.

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