Teresa, hija del último alcalde socialista republicano de Valladolid, Antonio García Quintana.

Adiós, Teresa…sí, nos ha dejado Teresa García de la Quintana. Desde hace unos años vivía en Puerto Rico junto a su hija Carmen, en el mismo lugar donde hace un tiempo falleció su marido.

Teresa era una mujer muy especial. Sus ojos siempre estaban tristes, pero nunca caía en el lamento o en la queja.

Y razones no le faltaban: Teresa tenía una herida profunda, compartida por muchos hombres y mujeres de nuestro país: la producida por el fusilamiento de su padre, detenido, juzgado y condenado a muerte por unos golpistas criminales, ellos sí.

El padre de Teresa fue el alcalde republicano de Valladolid Antonio García de la Quintana. Su estatura personal y política dejó una huella que muchas veces se ha hecho patente a través del silencio público, un silencio vergonzante y vergonzoso, dirigido a ocultar su memoria, a enterrar su recuerdo.

Teresa era una niña de 9 años cuando se produjo la sublevación militar de julio de 1936. Los alzados iban a la caza de su padre, un republicano militante desde su juventud, un hombre íntegro, resolutivo y valiente, capaz de liderar una respuesta a los rebeldes. Esta capacidad y su fama impoluta fueron los argumentos únicos contra él, las acusaciones que lo llevarían al paredón.

Teresa, la menor de sus tres hijos, vivió desde la inocencia todos los avatares familiares, la incertidumbre, el miedo, los abusos, la persecución, y por fin, el escarnio público infligido a su padre, los insultos vertidos desde los medios periodísticos vallisoletanos (y particularmente, desde El Norte de Castilla, cuyo director, Cossío, era enemigo declarado de García de Quintana), el juicio perpetrado contra el Alcalde, celebrado en el Salón de Sesiones de la Casa Consistorial, el mismo en el que tantas sesiones municipales presidió.

Teresa sufrió el crimen cometido contra su padre y colateralmente contra toda su familia, que pasó a ser denigrada y postergada en la ciudad. Ella, como sus hermanos, perdió a su padre, pero también sus posibilidades de futuro. Su madre, Brígida Hernández, mujer de enorme dignidad, les marcó el camino. La vida de Teresa siempre estuvo presidida por la tristeza, es verdad, pero también por esa dignidad materna y por su carácter apacible, cariñoso y discreto que nos hacía quererla tanto.

Teresa García Quintana y su marido Ángel Cazurro en el Ateneo Republicano de Valladolid en 2006. Foto: Luis Bernuy

El Ateneo Republicano organizó en mayo de 2006 un Homenaje al alcalde García de la Quintana, el mejor de los alcaldes que jamás tuviera la ciudad. El recinto se llenó de tal manera que muchos tuvieron que quedarse en las puertas. Los asistentes no sólo eran socios del Ateneo: eran seguidores de la figura del Alcalde, admiradores de su obra, personas que comprendían la importancia de recuperar su figura… A este acto no acudió representación institucional alguna.

Teresa se dolía de ese menosprecio. Hizo falta que pasaran diez años para que los poderes municipales de la ciudad cayeran en la necesidad de homenajear a los dos alcaldes republicanos, Federico Landrove Moiño y Antonio García de la Quintana, colocando por fin sus retratos junto a los de los demás regidores.

Esta ceremonia institucional se celebró en 2017… Teresa ya no estaba en Valladolid. Desde Puerto Rico lo agradeció, claro; pero ya era tarde. Para ella, demasiado tarde.

Teresa García de la Quintana se ha ido allá, en Puerto Rico. Queda aquí para siempre su recuerdo, repleto de cariño, de admiración, de respeto. Queda también su legado, su mandato: custodiar la memoria de su padre, aquel gran Alcalde, como hizo ella durante todos los días de su vida.

Y así lo haremos, Teresa. Y desde hoy, también tu recuerdo estará en nuestra memoria así, como fuiste: una gran mujer, una bella persona, una ciudadana de calidad.


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