Desde que ha triunfado del neoliberalismo y han muerto las que podíamos denominar ideologías sociales ha crecido y se ha echado al monte lo que el profesor Juan José Tamayo llama teología neoliberal del mercado, cuyos mandamientos expuso y desarrolló en un curso titulado “Utopías para tiempos de crisis”, celebrado en Madrid, en abril de 2013 y que me permito resumir en tres mandamientos: a) los ciudadanos, los gobiernos y los Estados deben someterse a los dictados del poder económico, poniendo en sus manos los bienes naturales, culturales, tecnológicos, económicos y sociales así como su destino personal y colectivo; b) se aceptará como axioma la libertad individual sin relación con las libertades colectivas, la competitividad de todos contra todos y el triunfo del más fuerte, renunciando a la defensa de la justicia social, y c) la ética y la política han de someterse a la economía.

Como un río que nace y crece, la globalización crece y crece hasta convertirse, más que en océano, en el monstruo que augura ser el Tratado de Libre Comercio entre la Unión Europea y Estados Unidos (TTIP), en el que descaradamente y sin ambages se reconoce que el poder reside en y pertenece a las grandes empresas y se decide que los Estados no sean más que elementos subsidiarios de ellas y verdugos de los propios ciudadanos.

Desde los cuatro puntos cardinales se zarandea a los ciudadanos para convencernos de que la crisis es la condición dialéctica del capitalismo-mundo, como decía Žižek. Hay pocas cosas que inmovilicen e incapaciten más que el miedo; sin embargo, sabemos que los logros sociales son el fruto del riesgo y el compromiso de los más valerosos y no del conformismo y el miedo de la mayoría. Se nos quiere imponer la idea de que la actitud responsable -ciudadana, nos advierten- consiste en aceptar la precariedad, si no la esclavitud. Pero la crisis -y la guerra- es el recurso del que se sirve el poder, cuando la diplomacia bancaria no funciona, para crear pobreza planeada, advierte Hobsbawm.

En esto estamos. Ignacio de Loyola recomendaba no hacer mudanzas en tiempos de tribulación. Esto puede valer para las familias y las personas; sin embargo, el momento de la tribulación, la crisis por la que estamos pasando, es la circunstancia que está utilizando el poder económico para desmontar el Estado social y conseguir un modelo político en el que, guardando en apariencia las formas democráticas, regrese el poder adonde estuvo antes de la Revolución Francesa y del nacimiento y crecimiento de los derechos civiles y sociales, a manos de la oligarquía económica.

Desde la década de los ochenta y de manera decisiva desde la caída del Muro de Berlín, el poder económico impone “manu militari” la involución de los derechos sociales, la transformación de elementos estructurales fundamentales, como la democracia y el Estado de bienestar reducido a su expresión mínima, en simples elementos formales, que utiliza como muro de protección del y para el poder económico. Todo lo demás, el sistema educativo, los medios de información, las tecnologías nuevas y los agentes sociales se ponen al servicio de la construcción de un aparato de ceguera colectiva que conduce al conformismo a través del miedo.

Ahora son Dulciora y Lauki, ¿a quién le amarga un dulce y le desagrada un vaso de leche? Unas fábricas con beneficios que transforman el azúcar y la leche que se produce en Castilla y León y que, para sus empresarios, son más valiosas cerradas que abiertas y productivas, una Junta de Castilla y León dormida, una comunidad autónoma que pierde año a año población y cuyo gobierno no es capaz de percibir la despoblación y el envejecimiento como un problema grave, un gobierno central y un parlamento con mayoría absoluta que abrió las puertas a los cierres patrones y a los despidos baratos, unas subvenciones que nunca se devolverán y cuya devolución ni siquiera se exigirá, un capitalismo salvaje que no encuentra cortapisas ni fronteras, una sociedad conformada y ciega, unas organizaciones sociales burocratizadas e impopulares, todo ello hace pensar que la oportunidad está servida.

Dulciora y Lauki hoy, Enertec ayer, FASA hace poco y hasta hoy mismo, mientras sus representantes negocian y aceptan unas condiciones leoninas, no son sino la punta del iceberg de un capitalismo tan crecido e inhumano que tiene amordazada a la sociedad. Las migajas y las amenazas que suelta a cuentagotas sirven para tener a la población callada y temerosa y, lo que es peor, a los agentes sociales entretenidos en el círculo vicioso de una ceguera que consiste en creer que estando cerca del poder, manteniendo una burocracia potente y pactando medidas paliativas se sana al enfermo. Me temo que entre todos la mataron y ella sola se murió.

Parece como si el objetivo fuera despoblar Castilla y León para poder venderla -o comprarla, según se quiera- barata. No sé si me ciegan las sombras, pero veo a Castilla y León convertida en cementerio de páramos henchidos de residencias de la tercera edad, porque, para algunos líderes regionales, el territorio sólo da para vivir de viejas glorias -¡aunque el agua pasada no mueva molino!-, derrotas legendarias, líderes que defienden como iniciativas de futuro su falta de ideas y proyectos. Mientras tanto, a nadie la amarga un dulce ni un vaso de leche, pero tendremos que comprarlos a costa del sufrimiento de quienes nos han endulzado la vida durante tantas décadas.

Visto desde tantas sombras, lo veo claro: la decadencia está servida.

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