En los comienzos de las mitologías encontramos siempre algún ejemplo de bondad y una gran cantidad de maldad. Con frecuencia, a la bondad la representa la ingenuidad, que no es precisamente el mejor ejemplo de bondad, y la maldad se presenta en forma de engaño e incluso de asesinato o guerra. Parece como si sus narradores hubieran observado la presencia y la potencia que tiene el mal en la naturaleza humana. Al mismo tiempo, la literatura universal está plagada de malandrines, pícaros, ladrones, mentirosos, estafadores, vengadores, truhanes y de un etcétera larguísimo de ejemplos de maldad. Estaríamos de suerte, si cuanto hacen estos personajes discurriera exclusivamente en la imaginación de los fabuladores y novelistas. Sin embargo, los escritores tienen que esforzarse poco para encontrar ejemplos para sus novelas en la propia realidad social. Incluso encontramos a escritores como el historiador Cayo Salustio (s. I a.n.e.) que denunció la corrupción habida en Roma, fue procesado por apropiase de dinero del Estado mientras ocupaba un cargo público en una provincia del imperio romano y, cuando fue absuelto gracias a la mediación de César, le pagó el favor regalándole una villa. Ejemplos los hay en todos los ámbitos sociales y ni siquiera se salvan los filósofos, tan dados a predicar la excelsitud de la verdad y el bien. Ahí está el ejemplo de Francis Bacon, barón de Verulam (s. XVI-XVII), procesado entre otras cosas por corrupción.

En el imperio romano, donde fue una costumbre generalizada el clientelismo y el favoritismo (suffrragium), la corrupción se castigaba con el exilio y la expropiación de los bienes del condenado, y en algún momento llegó a estar castigada con la pena de muerte y, aun así, no desapareció la corrupción, cuya sombra es alargada y nos conduce desde los confines de nuestro presente hasta los albores de la historia, un viaje aterrador, que sobrevive por la irresponsabilidad de todos. Como si del aire se tratara, este hedor pestilente nos acompaña ante la abulia de gobernantes y gobernados. Es hija del egoísmo y la prepotencia, del orgullo y la estupidez, de la irresponsabilidad, la inmadurez y la desinhibición, y parasita la vida humana, produce actitudes desinhibidas (“non intempestive lascivire”) e infantiles (“repuerascere”).

La corrupción no es “cosa de este país”, como denunciaría Larra, sino de personas y sociedades social y moralmente inmaduras. Va unida siempre a la mentira, o sea, al ocultamiento de la verdad y a la afirmación de lo contrario a lo que sucede o se piensa. La mentira contamina los frutos de toda corrupción, decía José Ángel Valente y, a pesar de que tiene las patas cortas, tantos corruptos como en el mundo han sido han vivido seguros de que nadie iba a abrir los cajones donde escondían sus secretos, mientras se hacían pasar por triunfadores y gestores eficaces y honestos.

El corrupto vive la política desde las concepciones y costumbres que ha desarrollado en su vida privada, por lo que convierte la política en instrumento de sus propios caprichos. Al Estado y, por consiguiente, a las instituciones y a quienes las gestionan y nos representan en ellas se les exige no sólo el cumplimiento de la ley sino actitudes y actuaciones moralmente correctas. Frente a los ciudadanos, a quienes se les exige el respeto a la ley, los gestores públicos, de manera semejante a como entendía Hegel la eticidad, representan el conjunto de principios y normas morales de valor universal que dan sentido y hacen posible la existencia el Estado, por lo que se les exige un plus de la moralidad. Es curioso, pero Cicerón (s. II-I a.n.e.), un filósofo y político romano que fue condenado por corrupción, dijo que el buen ciudadano es aquel que no puede tolerar en su patria un poder que pretende hacerse superior a las leyes.

El corrupto viola el Estado de Derecho, que es requisito necesario de la economía de mercado y de la democracia, aumenta la incertidumbre social, económica y personal, retrae la inversión y, como consecuencia de ello, reduce la tasa de crecimiento y contribuye al aumento del paro; desmoraliza a los ciudadanos y, lo que es peor, destruye la libertad, que se fundamenta en la igualdad y la justicia, y la confianza de los ciudadanos en las instituciones. La corrupción es improductiva y destructiva del tejido social y arruina en el sistema político, la democracia, porque significa un ataque frontal contra el sistema democrático y la sociedad. Al corrupto, como al mafioso, no le conviene la democracia sino su degradación.

A nadie se le pide que sea un santo -laico, diría yo, por supuesto-, pero a todos se nos exige que, al menos, no seamos indecentes o deshonestos, y al político se le exige no sólo esto último sino que posea la virtud civil, es decir, que sea un referente cívico. Es mucho pedir, me dirán; pero es que el servidor de los demás debería reunir las virtudes cívicas en grado máximo. ¿Utopía? Así es, y cuando nos topamos en la historia con un Epaminondas (s. V-IV a.n.e.), persona austera, insensible a las pasiones e indiferente a las riquezas y a la fama; una persona de bien, que representa al ciudadano y al gobernante bueno, pensamos que estamos soñando o que nos hemos vuelto locos.

La literatura cervantina es un ejemplo de crítica social y de denuncia de todo tipo de vicios públicos y privados. Ahí están, por ejemplo, Rinconete y Cortadillo, La gitanilla, El coloquio de los perros o El Ingenioso Hidalgo. Ahora lo entiendo: seguramente haya sido la abulia propia de nuestro gobierno o la incomodidad que le supongan los contenidos de las obras y el pensamiento de don Miguel de Cervantes, o ambas cosas a la vez, lo que haya llevado a este gobierno a ignorar el cuarto centenario de su fallecimiento y a despreciar con ello a nuestra pluma más universal. Pero conviene no olvidar, con Maquiavelo, que, “cuando un pueblo corrompido llega a ser libre, difícilmente conserva la libertad”.

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