A veces la pluma se atasca y parece que su tinta se ha acabado. El tintero para recargarla siempre está a mano; en él hay ideas, sensaciones y sentimientos, pero el escritor tiene que sentirse seducido por una idea para que la pluma responda, convertida en la prolongación natural de su mano. Suele decirse “que la inspiración te coja trabajando”, mientras quien afirma algo semejante sonríe, como si las musas despertaran cuando la mano extiende una hoja de papel sobre la mesa y cogiera la pluma; como si ésta llamara la atención de semejantes divinidades. Pero ellas también descansan y, con frecuencia, su propia afluencia, su concurso unánime tiene el efecto contrario al deseado. Como si se tratara de las sirenas, todas ellas seducen, y afluyen simultáneamente y en tropel Calíope y Clío y Erato y Euterpe y Melpómene y Polimnia y Talía y Terpsícore y Urania, y es tan viva su presencia que aturde y ensordece. En esos momentos, el escritor siente la llamada de las musas como el castigo al que acompaña un ruido ensordecedor; como si las divinidades de la música, la poesía, la historia o la belleza se hubieran transfigurado en erinias y vinieran a vengarse. Su canto es tan luminoso que tanta luz oscurece la visión y llega a condenar la mano a la oscuridad y convierte su resplandor en la antesala del Érebo. Si semejante luminosidad perdura, la luz produce ceguera y en lugar de emerger de ella el día, Hemera, que en la mitología griega surgía de las sombras, parece como si la inspiración y, con ella, la pluma quedara en manos de Caronte y fuera camino del Hades.

En momentos de tanta confusión afluye a la mente del escritor y la paraliza el gran teatro del mundo, cuya visión le recuerda: el diálogo Filebo en el que Platón se preguntaba por la felicidad y el papel del placer y la inteligencia a la hora de tratar de conseguirla; al Séneca de las Cartas Morales a Lucilio, donde analiza el ruido o el mal uso de la lengua, que tanto crece entre nosotros, o la masificación de la sociedad, un problema de tanta actualidad; el Enquiridion en el que Epicteto nos ofrece instrumentos para sobrevivir al gran teatro que es la vida y en la que las opiniones sobre las cosas nos perturban más que las cosas mismas; al Quevedo que, en su Epicteto y Phocílides en español con consonantes, nos advierte: “No olvides que es comedia nuestra vida / y teatro de farsa el mundo todo / que muda el aparato por instantes / y que todos en él somos farsantes; / ...”, o el auto sacramental de Calderón de la Barca El gran teatro del mundo. Pero la memoria, que nos ha conducido a la literatura, se muestra significativa aunque insuficiente, porque la pluma sobrevive herida por tanta tormenta y desbarajuste como nos rodea: la mediocridad y el cinismo de tantos líderes; la insuficiencia de lo que se nos impone hoy como arte; el propio arte reducido en gran medida a arte decorativo; la debilidad del pensamiento de nuestro tiempo; la reducción a mercado y consumo de la vida, y de cuanto contiene y la conforma; el predominio de la economía sobre la política; la ruptura entre el ejercicio de la política y la moral; la obsolescencia programada de cuanto existe, sean electrodomésticos, contratos de trabajo o relaciones personales; el desprecio de la dignidad de las personas y de los derechos humanos; la arrogancia de la tecnología frente al pensamiento y al propio ser humano; la irresponsabilidad de la ciudadanía; una Europa desorientada y en crisis; un mundo desangrado por las guerras; una sociedad dominada por la desigualdad; la supervivencia secular de la imposición y el dominio a través del miedo frente a la empatía, el diálogo y el acuerdo; la masificación y el dominio de las masas frente a la formación de las personas y a su crecimiento como ciudadanos; la preponderancia de los símbolos sobre la propia realidad; el imperio de las emociones sobre el pensamiento discursivo, y un largo etcétera.

Es inmenso el resplandor que hace temblar la mano y parece que abre las puertas del Érebo. Para defenderse del fulgor, es preciso crear un espacio de sombra que alivie y proteja nuestra vista. En el proceso que conduce al escritor -y a ciudadano- a tratar de abrirse paso en medio de la ofuscación, la vida se presenta como un inmenso espectáculo, plural en apariencia aunque menos variado de lo que parece. En él, las personas aparecen como individuos que pueblan un pseudo-mundo, como elementos, virtualmente seres, considerados peones o instrumentos económicos del gran simulacro de la vida, sustanciada en instrumentos económicos; en seres con los que se especula, convertidos en mercancía como los objetos que producimos. En este teatro, los humanos no representamos el papel que queremos sino el que nos permite el poder, y, en este proceso alienante, hasta acabamos identificando libertad con permiso para hacer. Parece que la comedia o, más bien, el drama o la tragedia, llega a su fin, aunque éste no debería ser más que el principio de un proceso que debería conducir a la construcción no de un escenario nuevo sino de una realidad bien distinta, opuesta a la que conduce a la puerta que custodia el Cancerbero.

Y aquí la pluma se rebela, se tensa, sufre y, entre las convulsiones que acompañan a sus tensiones y a su frustración, a veces se queda paralizada, agobiada por los hedores que inundan la vida y trae el viento.

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