10 de junio de 2016. Balneario de Paracuellos de Jiloca (Zaragoza). Siete menos cuarto de la mañana. El sol se anuncia tras los cerros calizos. Tomo el camino rural que nace junto a las escuelas, en la orilla izquierda del río, y se dirige hacia Calatayud. Mientras el camino abandona el cauce del río Jiloca y se adentra por una extensión inmensa de frutales, regados por el agua de unas acequias que, como arterias la transportan y la ofrecen como vida a centenares de hectáreas de huerta, me acuerdo de que en estas tierras aragonesas nacieron escritores como Marco Valerio Marcial y Baltasar Gracián o músicos como Pascual Marquina y de que está en marcha la Feria del Libro de Valladolid.

La contemplación de los frutales me trae a la memoria que entre la corteza de los árboles y su tronco de madera se esconde una membrana que los romanos llamaban “liber” y que ellos mismos utilizaron para escribir, junto a las tablillas de madera recubierta de cera.

Entre las invenciones que el ser humano ha realizado a lo largo de su existencia hay algunas que han sido trascendentales para la humanidad. Entre ellas están la invención del fuego, la rueda, la cama, la escritura y el libro. Sin estas dos últimas, la historia de la humanidad habría sido completamente distinta. El conocimiento de lo que el ser humano es capaz de hacer y de lo que ha hecho a lo largo de su existencia ha tenido consecuencias en la vida de la personas y en la organización social, y ha sido posible gracias a la escritura y al libro que la ha inmortalizado. Su desconocimiento habría tenido consecuencias imprevisibles.

Somos lo que dejamos. Lo dice con frecuencia mi amigo Bernardino Orio de Miguel, un sabio, un gran pedagogo y una gran persona, cuyo legado filosófico en forma de investigación histórica centrada en el siglo XVII es encomiable. Por encima de la acción nos identifica aquello que permanece entre lo que hemos hecho. Las cosas pueden permanecer, nuestro legado puede mantenerse vivo en la memoria como lo hace el humo, durante poco tiempo. Vemos salir el humo por las chimeneas; su densidad nos permite verlo en el presente, pero poco a poco se va diluyendo, mezclado con el aire. El viento lo zarandea llevándolo en todas las direcciones; al final, pasado un tiempo, únicamente percibimos un cierto olor; un poco más allá no se percibe nada, porque el humo se ha desvanecido. El libro permite que lo que pensamos, hacemos, descubrimos, inventamos o creamos no se esfume como el humo sino que se mantenga como legado a la humanidad, es decir, permanezca a pesar del paso del tiempo, o sea, más allá del devenir del presente relativo y del futuro cercano: para siempre.

Sabemos lo que pensaban Platón, Séneca o Cervantes porque escribieron y porque han permanecido sus escritos, que nos han llegado como legado suyo; lo demás, cuanto pensaron, hicieron o hablaron pero no escribieron se ha diluido como el humo. Seguramente haya quedado algo en el ambiente y hasta es posible que forme parte de la tradición, pero no somos conscientes de ello. La escritura y el libro, como su receptor, fijan la memoria; ellos han permitido construir y reconstruir la identidad de sus autores y nos han permitido crecer como personas y como sociedad a través del legado de su obra, es decir, de su concepción de la realidad, de su aparato crítico, de sus conocimientos, descubrimientos, inventos y creaciones.

El libro aleja la realidad de lo fútil y la mantiene viva en el tiempo, de manera que permite conocer, interpretar y valorar a nuestros contemporáneos y legar a nuestros herederos y sucesores lo que hemos hecho. La obra escrita se convierte en obra para los demás, porque el lector, lea periódicos, ensayos, poesía o novela, se convierte en reconstructor del pensamiento y de la creatividad del escritor. De esta manera, la novela, el ensayo, la poesía y el periódico se convierten en el abono que permite a las generaciones sucesivas conocer y recrear el pasado pero, sobre todo, crear y recrearse a sí mismos.

No hay mayor bien que aquello que se lega a los otros y se lega sin más a la sociedad, desposeído de uno mismo. Este legado es posible por mor de la escritura y del libro, que permite conocer el pasado y el presente a través del legado de los escritores e intelectuales. Su legado constituye ese magma histórico que nos permite aprender a vivir, como decía Cicerón.

Junto a su aspecto comercial, la feria del libro constituye sobre todo la fiesta del libro, un homenaje a la escritura y a los escritores, comprometidos con la entrega a la humanidad de lo más íntimo de sí mismos, su pensamiento y su creatividad, el abono más noble y la sementera más firme que permite enfrentar al ser humano consigo mismo y, a través de ello, mejorar la vida y la sociedad.

 

No hay comentarios