Este sábado 17 de agosto en el Lava –copio de la nota de prensa-, “ValladolidWebMusical.org, portal dedicado a la difusión de la música y cultura de Valladolid desde principios del siglo XX (…) organiza una fiesta para hacer un reconocimiento a las personas que rodean todo el ámbito de la escena musical desde los años 70, los 80, los 90 (...)un homenaje a la música local en el que mediante unos meritorios reconocimientos se agradecerá a una serie de personalidades su aportación al mundo de la música vallisoletana -músicos, colectivos,  productores, prensa, Dj y, en general, a impulsores del ambiente de la ciudad-, que durante tantos años han etiquetado un sonido propio, el SONIDO VALLADOLID”.

En dicho acto grupos de ahora interpretarán temas de grupos de aquellas últimas décadas del siglo XX y una banda creada especialmente para el evento recreará algunas canciones de Nadie, Los Nadie, Los Nadies, nombres utilizados a lo largo de su existencia (1982-1996) por el grupo vallisoletano, primera formación en ser objeto de reconocimiento: “Cada año escogeremos una banda y os adelantamos la elegida para reconocer en este año, son LOS NADIE. Fue una banda que lo dio todo, pudo haber sido y no fue pero los que tuvimos oportunidad de conocerlos y verlos en directo y en estudio siempre tendrán en su retina y en sus oídos su música y sus directos, eran impresionantes” (sic valladolidmusical.org).

Y como fin de fiesta: Obús, “rememorando conciertos pasados en la ciudad” (¿Por qué Obus? Hay explicaciones. Tal vez fue en 1982 cuando actuó en la Plaza Mayor, en ferias creo, con un montaje escénico que a ojos inocentes o no –no me acuerdo- de aquellos años era como de lujo anglosajón y es que el heavy rock nacional en aquellos años estaba ‘poderoso como un trueno’. El acto obusero sonó, en aquel momento en esta ciudad, como valiente y hasta podría decirse igualitario. Obús pertenece a Calle Underground, agencia de management colaboradora en la organización de este evento del día 17. Agencia vallisoletana que también lleva a o es de Celtas Cortos. En futuras ediciones una y otros tendrán sus reconocimientos en esta “fiesta homenaje” de valladolidmusical.org).

Una noticia que despierta recuerdos y otras ‘sensaciones’, en mí. He estado pensando en ellos y ellas para decir algo aquí. Pero no me acababa de gustar el soniquete de ese mi decir (¿Sonido Valladolid?). En eso que aparece ante mí el primer número de un, creo que, fanzine llamado La Patera con el texto que pirateo -¿se piratea un fanzine?- a continuación, texto que cubre la cuota de recuerdos –es de principios de los 90 y por tanto engloba a todos los tiempos anteriores vallisoletanos- y toca esas ‘sensaciones’ en un tono que sí me gusta (y os gustará, por parte de un autor reconocido por sus amigos/as, también por quienes asistían a los actos poéticos de La Curva, y con las/os del futuro que vendrán):

Algunos de Los Nadies.
Algunos de Los Nadies.

VALLES DE OLID

De una conversación con Santi en el Lisboa

Estábamos perseverando en aquel porro y fue entonces cuando me di cuenta: era inútil pretender fumarse un porro en Valladolid con tranquilidad, relajadamente, a gusto. En Pucela los porros no se dejan fumar, es necesario agarrarlos con fuerza para chuparles algo, es necesario morderse los ojos para sentir ese chocolate que nunca llega, porque se queda en algún punto intermedio de esta ciudad, en el aire. Alguien de nosotros lo dijo por lo bajo: en Pucela hay demasiada tensión. Te puedes fumar un porro de puta madre en cualquier sitio, en un pueblo, en las ciudades, Lisboa, París, Madrid, en cualquier sitio, en el Espolón de Burgos o en la Gran Vía en Salamanca, en cualquier barrio de cualquier ciudad del planeta pero no aquí, no en Valladolid, aquí en ninguna parte.

Continué con el rollo en la cabeza. Era necesario olvidar demasiadas cosas que no me iban bien. Adelante. ¿Por qué había esta tensión? Se lo estaba preguntando a un vaso de vino. No hubo dudas. Beber en Valladolid no era beber, era meterse un pedo de paranoia, era estar poteando casi según caía el alcohol en el estómago, pero no a lo burro como en otras partes, sino con una mezcla de rabia y de agonía; beber era gritar, pensé, pero gritar como grita esta ciudad, o sea con lágrimas, daba igual que te llamaran hortera, y tú mismo el primero que te lo llamabas, daba igual. Aquí, con esta tensión, beber es babosear la saliva que tratas de contener. No puedes evitarlo, coño. Lo digo de otra manera: nos emborrachamos para ver si así esta jodida ciudad se lo agarra también y manda su solemnidad de tumba de Colón a la puta mierda. Pero no hay manera. Valladolid aprieta los dientes y prosigue su andar elegante, hinchado y neblinoso. No puede disimular su resentimiento de capital de imperio olvidada.

Llegado a este punto no me fue posible renunciar, renunciar e irme con una mujer por ahí. Estaba atrapado. ¿Cuál era el siguiente análisis? Hube empezado por las drogas, el humo, el alcohol… me quedaba la tercera de la Santa Trinidad: el sexo. Y el sexo en occidente no suele suceder sin prisas. Sin prisas y sin tensiones, por tanto, acotar su carácter específico en Pucela iba a ser necesariamente más complejo. Sin embargo, yo estaba persuadido de que también amar era diferente aquí. Y esta certidumbre se me presentaba, básicamente, en forma de dos grupos: el conjunto o, mejor, par ordenado, exhibicionismo/voyeurismo, y (2) su carácter endogámico. Parecía tratarse de una amor de mirón, presumido y fuertemente replegado sobre sí, que recela del extranjero, en respuesta brutal a ese desprecio que el extranjero le hace (porque aquí no viene nadie salvo cuando el sexo está más prohibido: Semana Santa), lo cual acentúa la endogamia, que transita así, circunstancialmente, por los espectros de consanguinidad, autofetichismo y tendencias pederastas.

Con el noveno vasito de vino se me ocurrió buscar algún símbolo que reflejara la sexualidad de Pucela. No había ninguno claro. Posiblemente la torre decapitada de la Catedral, el río Pisuerga, los túneles bajo la vía del tren, el cerro de S. Cristóbal. Todo podía ser objeto de especulación. Desistí ante la mirada de reproche del Conde Ansúrez, Mamá Ansúrez, que hubo parido la ciudad.

Hube pasado revista a las drogas ¿No era posible, en Valladolid, utilizar tiempos verbales correctamente? “Hube pasado…”. Era extraño. Tampoco escribir o pintar hubo sido algo normal sino aberrante, predeterminado, la mano llevada por el río, desde el puente de TAFISA al romano de Simancas, la mano de Pucela que araña con tal limpieza que asusta, que nos acojona, que ves su autofetichismo y te vas a buscar la droga, coño, la droga, para poder abrir mejor los ojos porque no te lo crees.

Valladolid, tensión crítica. ¿Y qué con la música? En un concierto de Los Nadie –el conjunto más patológico de aquí- el batería, borracho, se mete en la mierda del Pisuerga y sale fecundo, coge el micro y empieza a darle. Hubo sido por S. Mateo 92’. Pues van y nos tiran treinta mil pelas en monedas de cien duros. Pero no son Los Nadie, es Miguel Íscar que se ha despertado del sueño eterno y hace que llueva oro en la playa, es el Esgueva que escupe oro, es la música que se revuelve dentro de la camisa de S. Mateo, son los cincuenta kilómetros aspronianos de música que sufre.

Es cierto, Valladolid tiene su música en algo monstruoso, abortado –de nuevo el fatal recuerdo de capital abortada-, sonidos aquejados, algo absurdos, subiendo de la tierra en paracaídas; la música de Valladolid, no la otra de los Celtas Cortos, sino ésta, la de aquí, la que te manda a la mierda pero te necesita; no la otra de los C.C., la que te chupa las orejas porque no te necesita.

Pero no, no estuve pensando en eso, sino en aquella pregunta antediluviana: ¿por qué en Valladolid había tensión? Tal vez fueran los abundantes pijos. No, ellos estaban definiendo una ciudad en rebajas. ¿Acaso la Universidad? De nuevo surgía la paradoja porque en “nuestra” Universidad no había ninguna tensión en absoluto. Era una Universidad que parecía la bruja del cuento de Blancanieves mirándose al espejo de los tiempos modernos. No, imposible que viniera de allí esa tensión intelectual.

Pensaba y, mientras, absorto, la veía, Valladolid, a punto de romperse, a punto de rocío, de precipitar, Valladolid. Pronuncié su nombre y me di cuenta de que allí había algo: Valladolid, Pucela, Pisuerga, y sentí la niebla y el frío del invierno y la puñetada del sol del verano y me di cuenta de que no. Tampoco con los nombres propios hube llegado a ninguna parte.

Paco

El final.
El final.

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