A veces es un placer leer libros que aunque están a años luz de tu pensamiento están muy bien escritos. Es lo que me ocurrió hace años con El Estado cultural. Ensayo sobre una religión moderna de Marc Fumaroli, que describe la cultura como la religión del estado francés posterior a la Ilustración, momento en que la higiene, la educación y las artes comienzan a ser una preocupación de las administraciones, de los estados.

No es el caso de España, nunca lo fue salvo el breve periodo de la II República. Ni de las diferentes administraciones que componen el estado, incluidas las corporaciones locales, que son las que más invierten en cultura en un estado descentralizado como el español. Las cantidades que se aplican apenas alcanzan a ver de lejos a las de Francia, Gran Bretaña o Alemania, con quien competimos culturalmente en Europa y en el mundo.

En lo que sí parece haber acuerdo es en que las políticas, la intervención y la gestión cultural en España, incluidos los ayuntamientos es que se está convirtiendo en una cuestión de fe religiosa. Se nos pide creer sin evidencias de las bondades de muchas de estas intervenciones. Está pasando en la cultura vallisoletana, pasó hace un años en Madrid, al no desmontar Carmena “Madrid Desatino” como lo llaman los culturetas castizos del foro .

Se han resuelto aspectos parciales en Valladolid, importantes, pero no los fundamentales: Teatro Calderón, dirección provisional de la Seminci, comodato de la Colección Arte Contemporáneo del Museo Patio Herreriano. Pero hay grandes buques aún a su suerte – Museo de la Ciencia, LAVA- y el más importante sigue sin una persona que lo haya conducido “a algún puerto”: La Fundación Municipal de Cultura de Valladolid, un buen instrumento de gestión con aspectos interesantes de participación vecinal y ciudadana pero que nunca ha conseguido integrar a los agentes culturales profesionales o aficionados en estos espacios de participación.

Item más, ahora que puede hacerse con la totalidad de la intervención municipal en cultura – como la Fundación Municipal de Deportes hace con su sector- sería el momento de conformar de manera estable y estatutaria los ámbitos de participación de todos los agentes culturales públicos y privados de la ciudad: desde la creación a la difusión y programación de actividades, profesionales y aficionados. Quizá con las “dos patas” a las que a veces se ha aludido desde el nuevo ayuntamiento: Comité ejecutivo de la FMCVa y Consejo de la Cultura y las Artes, con vocalías de las diferentes disciplinas, si jurídicamente es posible.

Se trataría de tener una buena máquina para el s XXI, pero sabiendo siempre hacia dónde se dirige, con una estrategia, con un proyecto cultural consensuado, para el que existen, en mi opinión, excelentes condiciones. Parte de este proyecto cultural ha de ser, en mi opinión – y sé que estoy en minoría incluso entre los más cercanos- metropolitano: de la ciudad de Valladolid en coordinación con los ayuntamientos en los que viven otras cien mil personas y a las que damos servicios culturales ya de forma intuitiva, poco técnica, sin datos como frecuencia de uso, transportes, horarios, precios, promoción…deberes que no se han hecho nunca en la Cultura de Valladolid, esto pese a contar en la Uva con prestigiosos gabinetes de investigación estadística que trabajan para organismos estatales.

Otro desafío importante es resolver la dicotomía centralidad-proximidad en la cultura capitalina. Resulta imprescindible que centros de artes y cultura “centrales” (Calderón, MPH, Museo de la Ciencia entre otros) dialoguen e intercambien ideas y proyectos con los más adecuados de los Centros Cívicos de la ciudad, algunos con magníficas instalaciones). A esto lo llamamos normalmente “coordinación” y no nos inventamos “palabros” como “cultura multinivel” propias de tecnocracias culturales ya muy superadas.

Estamos ya en la mitad de la legislatura y apenas nos hemos despegado de lo que el Partido Popular legó culturalmente a la ciudad. Hay otras sendas, otros caminos por los que transitan ciudades españolas. Ahí tenemos una referencia. También en ciudades europeas de la escala de Valladolid. Con algunas, incluso, estamos “hermanados”, veamos cómo se lleva a cabo el patrocinio empresarial a la cultura en Lille o Leeds, por ejemplo.

Nos jugamos mucho todas y todos en hacer las cosas bien y explicarlas mejor a nuestros conciudadanos, buscando su complicidad y no solo su adhesión a una fe cuasi religiosa en la intervención cultural “de la izquierda”.

Eso sí, sin acritud, que decía aquel.

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