Ser más de pueblo que las amapolas es todo un orgullo, desde hace tiempo, en demasiadas ocasiones dominguero. O estival, de bañador y chanclas, siesta esparcida y verbena al fresco. De urbanitas de facto, con más o menos morriña por la infancia rural en casa de los abuelos.

Vivir en territorio vaciado es, en realidad, una resistencia diaria, hasta ahora silenciosa, en constante peregrinación al camposanto. Un resignado entender que para los cuatro que son, no hay cuartos que soltar. Los que están saben que son los que son. Conscientes de su mermada fuerza, rezan sin fe a la Santa Teta de la Administración. Ni por San Isidro, labrador sin PAC ni tractor, el cepillo por el patrón alcanza para propina de monaguillos que ya no existen.

El agro también es un lujo heroico para los que vuelven o se enamoran del él y lo prueban. Gracias a los problemas urbanitas que no existen en la aldea, se perdona la falta de algunas ‘comodidades’. Pero no de servicios esenciales. Ni la piedra que cae del cielo, ni los impuestos por obra y gracia del gobierno de turno, distinguen en lo sustancial villa tal, de cual, de la capital.

Hoy en la Castellana de la Villa de Madrid se han manifestado los que se supone no existen. Los que son “ya”, desde hace años. Los que guardan medio gratis el territorio que se exprime para desayunar zumo, cereales y leche en un rascacielos antes de coger el metro para ir a trabajar. Y junto a ellos, representantes, a título particular, políticos de todo pelaje. Seguro que la mayoría tuvo un primer novio/a en el pueblo aquellas fiestas, aunque ahora por problemas de agenda vayan poco y les importe aún menos.

Sus cientos de promesas, planes, agendas y libros blancos contra la despoblación y la reactivación del Mundo Rural no valen ni para encender en soledad la gloria en invierno. Creen cumplidas sus promesas de banda ancha subvencionando la charanga de tíos gordos que ameniza el vermú en la plaza del pueblo solo 'a reventar' en verano.

Los pueblos se mueren porque los matan. Y los responsables existen como existe Teruel. Hay que actuar contra ellos Ya, como en Soria desde hace demasiado tiempo. No somos más, pero ocupamos más sitio y lo mantenemos vivo para disfrute de todos. Es tiempo de cabañuela electoral. En ese territorio vaciado dicen que los votos valen más. Que ninguno vaya para los que siendo de pueblo, se olvidaron de ellos al llegar a la capital y cambiaron barro por moqueta. Que sufran la ‘venganza electoral’ de ‘los Paco Martínez Soria’ y se enteren de que la ciudad no es para mi.

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