Si la liturgia es a la naturalidad lo que la diplomacia a la verdad o el teatro a la realidad, los debates de estas dos noches pasadas, en RTVE y en ATRESMEDIA, tienen mucho de liturgia, diplomacia y teatro. En los tiempos en que los obispos eran obispos y los abades, abades; en los tiempos de la España nacionalcatólica que quienes peinamos canas padecimos, asistir a una misa pontifical significaba la asistencia a una representación teatral sublime: convenientemente sentados los feligreses en los bancos de la catedral, encendidas ya las velas del altar, pero con la iglesia a media luz, se veía cómo entraban y salían los reverendos, revestidos de sus hábitos de gala; unos, el chantre y el coro, de negro riguroso; otros, los canónigos, de negro con ribetes rojos; el sacristán, revestido con sotana de negro riguroso, entrando y saliendo de la sacristía al altar mayor, y los monaguillos, de punta en blanco, con sotanas rojas y roquetes blancos, mirando hacia todas las partes, a la espera de las órdenes del sacristán, primero, y del maestro de ceremonias después. Todo estaba preparado, el público, el escenario y los actores; solamente faltaba el actor principal, el obispo. De pronto -y estos hechos son verídicos-se escuchaba a la banda de música tocando a la entrada de la catedral la Marcha de Infantes, que conocíamos popularmente como “Ya viene el pájaro”, y a continuación, el organista recibía al obispo con el himno del Vaticano, que, precedido por el cabildo catedralicio y el maestro de ceremonias, se dirigía al altar mayor, donde comenzaba una liturgia larga, dirigida por el maestro de ceremonias, que consistía en la preparación del obispo para oficiar la misa pontifical, mientras el chantre, el coro y el órgano acompañaban la ceremonia con música.

Los debates electorales tienen su ritual, una liturgia que, en parte, está pactada por los equipos de los contendientes políticos y, en parte, va de la mano de la cortesía e incluso de las maneras propias de la diplomacia, cuando no se convierten en jaulas de grillos como ha sucedido en el debate de ATRESMEDIA del martes pasado, 23 de abril, o cuando alguno de los candidatos se comporta como una mosca cojonera e interrumpe contantemente a los demás candidatos, como hizo Albert Rivera en ambos debates. No existe una marcha de infantes ni un himno vaticano, pero existen tiempos pautados para la llegada de los candidatos-oficiantes, con su protocolo de recibimiento oficial y acompañamiento, realizados por los altos cargos de la corporación, quienes los saludan con la cortesía propia del protocolo. La música la ponen los flases de los fotógrafos, mientras, a cientos de kilómetros, los espectadores contemplan la escena retransmitida por televisión. Los candidatos-oficiantes vienen en coche oscuro con chófer, con los cristales traseros tintados, con los ropajes elegidos -nada se deja al azar, porque todo es significativo-, acompañados de su “secretario particular”, que lleva en una cartera los elementos preparados para el debate. Hecha la “fotografía de familia” previa al comienzo del debate, como sucede en las misas pontificales, en el plató, todo está previsto: el escenario con su decoración, que en este caso debe ser neutra, el lugar del moderador, la distribución de los atriles, el procedimiento a seguir con el orden de intervención predeterminado, el control de los tiempos de intervención, etcétera. Incluso parece que está pautado el final, con la despedida cortés de los candidatos.

Como en la misa pontifical, en las democracias, los debates electorales se han convertido en un mundo cerrado sobre sí mismo, que, como quienes asisten a la ceremonia en la catedral, contemplan los espectadores desde sus casas, si bien son éstos los destinatarios del debate, pues son ellos quienes decidirán con su voto. Pero mientras que, en la misa, la liturgia y sus ritos constituyen puentes simbólicos que relacionan a la persona que reza con Dios, la liturgia de los debates electorales hace que éstos sean o se comporten como mónadas, aparentemente sin ventanas -he aquí el oxímoron-, que pretenden impactar sobre los ciudadanos-electores, convertidos en receptores a distancia. Si, como dijo Jacques Derrida, “no hay nada fuera del texto”, los debates, aunque sean una matrioshka que esconde en su interior otras muchas matrioshkas, son actos monádicos, es decir, que contienen cuanto contienen, o sea, cuanto es posible, y cuyo sentido y significado debe ser descubierto, es decir, deconstruido por el ciudadano-elector. Siguiendo a Derrida, al ciudadano-elector le toca bucear en el texto, es decir, en los discursos de los candidatos -si es capaz de entender algo de lo que se dice en esa jaula de grillos- y desenmascarar su envoltura retórica, en cuyo interior -ruido, parafernalia litúrgica y cortesía diplomática incluidos- se oculta la “verdad”, el marco ideológico, los métodos y las intenciones de los candidatos y de sus partidos políticos. Lo interesante -pero no la sorpresa- viene cuando se descubre que existe, como decía Derrida, una democracia de la polisemia, es decir, tantas lecturas como espectadores-electores. Y aquí, cada uno se queda con la parte de la matrioshka que le parece significativa, que condiciona y justifica el destinatario de su voto.

Confieso que los debates me aburren, aunque los sigo con atención. Me cuesta compadecer con la petulancia, la soberbia, el matonismo, la falsedad, el ruido, la actitud obstruccionista, la mosca cojonera o la impostación. Amo la verdad, la sencillez, el orden, la claridad, la precisión, el respeto, la actitud de diálogo, la capacidad para la argumentación, la honestidad, la capacidad para la negociación y el pacto. De los debates me interesan algunas cosas, como, por ejemplo, el envoltorio simbólico que contienen, el descubrimiento de las matrioshkas que contiene y con frecuencia esconde el propio acto, como si fuera un ente monádico: las que se muestran y las que se mantienen ocultas. Pero confieso que mi voto nunca lo ha decidido un debate, sino la lectura de los programas de los partidos -no siempre de acceso fácil- y el análisis y la reflexión sistemática que conlleva la observación de lo que percibo que acontece en la sociedad y la de las acciones y actitudes de los líderes políticos y de los propios partidos. Espero no equivocarme, pero en la sociedad del espectáculo en la que vivimos, los debates televisivos se me antojan más como una realidad virtual, una liturgia, que como la propia realidad. Sin embargo, mi voto -y el de todos y cada uno de los votantes- será real, y confío en que, como el de los demás conciudadanos-electores, sume y contribuya a la mejora de la sociedad. Confío en que, en esta sociedad líquida, todavía quede en pie este ápice de confianza.

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