Siempre estuve en Toledo. Aunque mis pasos
se hayan perdido en otro laberinto,
sé que nunca salí de este recinto
de hondas nieblas y de íntimos ocasos.
Siempre llevé conmigo las callejas,
los rumores del río, los gastados
oros de los ladrillos aljamiados,
los mágicos rincones de perplejas
urdimbres y la mística maraña
de blasones, de espadas y de piedras
que ennoblecen los hielos y las hiedras
de Castilla, magnífica y huraña.
Siempre estuve en Toledo. Cuando muera
sé que hay algo en su entraña que me espera.

(José María Gómez Gómez)

Mis párpados se fueron despegando, desentumeciendo, anhelando alcanzar la luz que, aún en las circunstancias más adversas, siempre nos devuelve a la vida.

Me desperecé como buenamente pude de entre los brazos de la abuela, ella, como de costumbre, había construido un útero en su regazo, para poder acogerme, ovillarme, amarme a su manera.

Lentamente fui atisbando, como si de algo irreal se tratara, una gigantesca figura de bronce, la de una mujer de gran manto, dando un paso al frente, rodillas esbeltas y perfectamente marcadas, los brazos alzados al cielo, mirada perdida en el espacio infinito, y sostenida entre sus manos, una especie de espada flamígera.

Veníamos de un largo viaje desde el levante español, de bañar nuestros pies en las mismas aguas en que un día se sumergieran cartagineses, fenicios, romanos o griegos. Es posible que veraneáramos en aquel lugar en un intento de buscar el origen de la vida, las tesituras históricas que nos permitieran explicarnos a nosotros mismos.

En mitad de la madrugada, y sin ser conscientes del lugar en sí, papá estacionó su viejo Renault 12 justo delante del Alcázar de Toledo, tanteando la posibilidad de echar una cabezadita antes de proseguir la ruta hasta nuestra casa. Esa fue la primera imagen que mis inocentes ojos tuvieron de la ciudad de Toledo, la de una mujer con pose heroica sosteniendo una extraña espada entre sus dedos y mirando al vacío.

A partir de esa noche, y de ese pretérito año, volvería a visitar la ciudad en infinidad de ocasiones y con la clara voluntad de desentrañar sus más insondables misterios.

Durante la Edad Media el viaje tenía una dimensión iniciática, y La Península Ibérica junto con el Camino de Santiago constituían uno de los destinos más deseados, percibidos como espacios y sendas con atribuciones mágicas, favorecedores de la iniciación en algún tipo de conocimiento místico, alquímico, nigromántico, filosófico o religioso.

En el transcurso del siglo XVIII, en plena Ilustración, ese interés decayó considerablemente, ya que los ilustrados concebían a España como un país en demasía decadente, plagado de atavismos, de costumbres ancestrales fuera de toda racionalidad y al margen del conocimiento.

Es con la llegada del Romanticismo cuando cambia la perspectiva y la sensibilidad hacia el territorio peninsular en general. Los románticos buscaban el exotismo, los espacios estériles, los páramos y las montañas desoladas, los yermos mesetarios y los lugares inhabitados, o si acaso, habitados tan solo por presencias invisibles.

Numerosos fueron los escritores decimonónicos que visitaron España, Molbech, W. Irving, Théophile Gautier y Alexandre Dumas, entre los más destacados.

Estos literatos y viajeros, sus pasos todavía tiernos, su eco entre los olivos, entre las elevadas peñas, los encinares y las desiertas mesetas, fueron la inspiración para que H. C. Andersen, se lanzará a realizar uno de los viajes de los que más grato recuerdo guardaría a lo largo de su vida.

La fascinación que Andersen sentía por España le venía desde muy atrás, habría que remontarse a su infancia, esa misma a la que él dedicaría gran parte de su literatura, siempre con mensaje, casi de continuo trascendente y en permanente búsqueda ultramundana.

Si nos atenemos a lo que trasmite en su autobiografía “ El cuento de mi vida”, siendo muy niño, llegaron hasta Dinamarca soldados españoles, mercenarios aliados de Napoleón, anclándose en su memoria como la gente apreciaba mucho a los españoles en contraste con el carácter de por sí, altivo de los franceses.

H. C. Andersen
H. C. Andersen.

El 6 de septiembre de 1862, H. C. Andersen cruza la frontera a través de La Junquera. El afamado escritor ya tenía noticia directa de Toledo porque un compatriota suyo, el arqueólogo Jacobo Kornerup, la había visitado dos años antes.

Una vez en Madrid y en una mañana de crudo invierno, parte en tren, vía Aranjuez, hacia la ciudad visigoda. Al llegar a su destino, se allegó hasta el Puente de Alcántara en cruzando el Tajo, último escollo antes de rozar las piedras milenarias de la ciudad.

Como buen escritor y alma sensible que era, una de sus primeras impresiones de Toledo tiene que ver con la menguadísima presencia humana, y de esta forma lo describe en su libro “Viaje por España”:

Pasado el Puente de Alcántara, al pie de las murallas de la ciudad, dobló el camino, y un nuevo y pintoresco espectáculo fue apareciendo ante nosotros según subíamos. Antiguos conventos, iglesias derruidas, un desierto de piedra, una naturaleza asolada, se extendía a nuestro alrededor”.

Como anteriormente decía, el subjetivismo preside todo el relato que Andersen hace de su breve estancia en Toledo. Cuentan que se pasaba las horas perdidas vagabundeando por el barrio judío, por supuesto, sin ser nunca demasiado consciente del objeto de su discurrir por sus estrechas callejuelas. Callejear por ese barrio, si este se realiza en horas nocturnas, puede llegar a trastocar seriamente los sentidos, y la razón se transforma en una metarrealidad que va más allá de nuestro conocimiento, en una deriva extrasensorial que escapa a nuestro control.

Algo semejante debió de ocurrirle a Andersen si tenemos en cuenta sus enigmáticas palabras:

...un estrecho callejón entre grises muros conducía hasta arriba por entre cascotes triturados y umbrías casas abandonadas. Junto a una puerta pequeña y baja había una mujercilla con una gran llave en la mano...”

Si damos crédito a lo que posteriormente aclararía, se trataba de una mujer, que portadora de una llave inmensa y roída por el tiempo, le insistió en mostrarle el interior de una casa abandonada y que supuestamente habría pertenecido a una ilustre familia hebrea.

Un poco más adelante, registra otro de esos extraños e inauditos encuentros, y que con cierta frecuencia, se producen en Toledo. En medio de un montón de ruinas encuentra a un mendigo ciego, -y siempre según Andersen-, se encontraba envuelto en andrajos, pero de tan noble porte, que le recordó al profeta Jeremías con las ruinas de Jerusalén al fondo. Y es que en esa ciudad, hasta los mendigos parecen profetas.

En otro momento, nos describe como una noche, mientras permanecía en un estado de duermevela, sintió el repicar de las campanas de dos iglesias próximas a su alojamiento, y parece ser que, por efectos de la sugestión que la ciudad de Toledo ha ejercido siempre en las almas más sensibles, dice:

parecióme oir un eco de cascos de caballos por el empedrado de la calle, como si gallardos y nobles donceles se alejasen a galope sobre fogosos caballos de crines ondeantes y robustas patas”.

Algunos autores han querido apreciar en estas palabras, en esta ensoñación de Andersen, una materialización del “ tempus fugit” de Jorge Manrique. ¿Estaría meditando el célebre escritor sobre la brevedad y fugacidad de la vida?, quien sabe....

De igual manera, ciertos estudiosos de la obra de Andersen se han preguntado por los verdaderos motivos de este viaje, ¿acaso rastreaba una fuente de inspiración o tan solo se trataba de llenar su vacío ontológico?. El escritor danés era una hombre que quiso amar a muchas personas, no siendo correspondido por ninguna a causa muy posiblemente de su peculiar aspecto físico, pero yo creo que no sólo por eso, puesto que cuando un espíritu excelente ama, este no suele encontrar fácil correspondencia por más que lo desee.

En mi modesta opinión, el viaje de Andersen a Toledo se correspondería con sus intensas ansias de encontrar ese amor, con una búsqueda metafísica de algún inframundo donde eso fuera posible.

Hay muchos momentos en la vida, en los que desearíamos poder amar a alguien, pero circunstancias indeseadas nos lo impiden una y otra vez. H. C. Andersen era un hombre que quiso dar salida, desparramar su necesidad afectiva, amó a muchas personas, y en la última de las instancias, cuando ya casi había perdido la esperanza, amó a Toledo. Esta le correspondió enviándole y permitiéndole, dentro de su seno materno, múltiples ensoñaciones.

Cualquiera de nosotros, cualquiera de las sensitivas almas que en el mundo son, pueden perseguir el amor de Toledo, que esta les corresponderá en cuanto es una población que siempre estuvo rodeada de un coro de tragedias humanas; por tanto, se conmiserará y se apiadará de todos nosotros. Toledo es un fragmento de eternidad, por eso mismo, es capaz de entender cualquier anhelo humano.

Si algún día de estos, les place encontrarse con algún poeta, transiten entonces por las calles de Toledo, allí nos encontrarán, persiguiendo como posesos ideaciones que no son de este mundo, evocando aquellos versos de Mark Strand:

Esperando que una forma o un yo se reflejen y salgan de esa superficie en nieblas y digan: Tú, el de ahí, ven conmigo al mundo de la luz y sé completo, porque el amor que creías muerto hace un millar de años ha regresado a la ciudad y pregunta por ti”.

Toledo es una ciudad, que aún perteneciendo a otra dimensión, se entrega eternamente al aire que la penetra, se deja amar, tocar, acariciar, rastrear. Andersen lo sabía, y por eso mismo, se fundió con ella.

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