En los días cercanos al 24 de octubre, algunos comentaristas volvieron a hablar de la Transición, como si ésta hubiera acabado con la exhumación de Franco. Y esta idea, la de los límites de la Transición y su contenido me ronda por la cabeza desde entonces, y no es la primera vez que me ocurre ni seguramente sea la última, si es que, hablando de manera precisa, una transición, o sea, el paso de un lugar a otro, tiene límites históricos precisos. Al fin y al cabo, si el límite es la línea que separa dos realidades, la línea divisoria que se configura como dos extremos, aquel del que se parte y al que se llega, el límite sería una línea que habría que entender, por tanto, como inicio y como final, término y meta de un proceso, es decir, de algo que es continuo y sucesivo. Pero esa línea, que queremos representar mental y físicamente como algo que tiene existencia objetiva y que incluso es tangible, señala la separación entre dos realidades, que, como sucede en España con la llamada Transición, propiamente consisten en un proceso, y no son cosas materiales, físicamente divisibles. Si la historia es el relato del devenir de la vida, hablamos de transición en la medida que nos referimos al proceso que nuestra vida ha tenido a lo largo de un tiempo reducido, o sea, limitado. Pero el problema es el establecimiento de los límites, la delimitación de las orillas de ese proceso. En el fondo, esos límites no son sino una línea imaginaria, que establecemos en nuestro relato de la historia reciente para tratar de entender el proceso que los españoles hemos padecido -y también disfrutado-, que se extiende desde antes de la muerte del dictador hasta mucho más allá de la aprobación de la constitución de 1978.

Si tomamos la redacción y aprobación de la Constitución como el hito fundamental de la Transición, lo ocurrido durante su redacción, las condiciones que se dieron para que se redactara y aprobara, debe aportarnos elementos suficientes para que establezcamos los límites, aunque sean poco claros o difusos, del proceso que supuso, de su comienzo y de su final. El pensamiento sobre esos límites nos lleva a la contemplación de la oposición antifranquista, que no fue capaz de derrotar a la dictadura, pero sin la que no habría habido Transición ni democracia en España. Admitamos que, en el proceso de redacción de la constitución, la negociación la realizaran, como dice Paul Preston, los elementos más moderados de la izquierda y los más progresistas del franquismo; admitido esto, nos topamos con la realidad sociológica española, que el franquismo, esa visión del dictador como salvador de la patria, estaba infiltrada en las venas de la cultura de los españoles. Cuarenta años vividos sometidos, con miedo, sin libertades, sometidos a una represión constante y al nacionalcatolicismo, cuatro décadas de educación manipulada por esa propaganda, teñida de esa visión de la vida española y de su historia, no desaparecen con la muerte del dictador. Para llegar a ese proceso es necesario algo más que simplemente sentarse a hablar, porque para hacerlo es necesaria la convicción de la necesidad de hablar, que es una condición previa a la acción.

Respecto del origen de la Transición, la cuestión está en plantearse cómo y desde cuándo creció una actitud reflexiva, crítica, ajena a la propaganda oficial y superadora de ésta. La respuesta a esta cuestión nos remite a distintos ámbitos -intelectuales, religiosos, sindicalistas, a cantautores y a artistas, etcétera-, que pueden representarse en el nacimiento y permanencia de publicaciones como Cuadernos para el diálogoCambio 16La CodornizHermano Lobo y El Papus, y sobre todo en Cuadernos para el diálogo y Cambio 16, dos revistas de contenido sociopolítico creadas respectivamente por un desertor del franquismo, como fue Joaquín Ruiz-Giménez, y un aristócrata antifranquista como Juan Tomás de Salas, que, para salvarse de la represión política, tuvo que refugiarse en Colombia. El hecho de que en torno a estos medios se concentraran un buen grupo de intelectuales, periodistas y artistas, debe dejarnos ver que la llama crítica nunca se apagó, que permanecía en minorías reflexivas, que deseaban una sociedad respetuosa, igualitaria y justa, que estas publicaciones ayudaron a mantener, sembrar, brotar, abonar y a hacer crecer. Con estas publicaciones comenzó a hacerse visible algo que permanecía oculto, aparentemente callado, pero que estaba latente y necesitaba un cambio de temperatura para salir de ese letargo aparente. Es entonces cuando se hace visible lo que podríamos llamar el inicio del comienzo de la Transición, que culminaría con la redacción y aprobación de la constitución del 1978.

El límite final de la Transición es igualmente debatible, precisamente porque hemos comprobado cómo la aprobación de la constitución no acabó con el franquismo sociológico. Todavía hoy, cuarenta y cuatro años después de la muerte del dictador, sentimos que su sombra está presente en buena parte de la sociedad española, que su sombra es muy alargada. Mientras permanecí en el Sáhara, me decía un oficial de aviación, con quien mantuve varias conversaciones en las que hablamos sobre la situación política española, que era necesario que fallecieran -se entendía por vía natural- la generación de generales de entonces para que pudiera comenzar a pensarse en la instauración de la democracia. La experiencia nos ha demostrado que, a pesar de su escepticismo, su previsión se quedaba corta, aunque había bastante certeza en la premonición. Si vale un ejemplo: en agosto de 2018, hace por consiguiente poco menos de un año, un grupo de 181 generales, jefes y oficiales del ejército español firmaron una “Declaración de respeto y desagravio al general don Francisco Franco Bahamondesoldado de España”, entre cuyas firmas reconozco las de algunos militares que conocí en el Sáhara y que obviamente entonces estaban muy lejos del generalato. A día de hoy, se puede leer cómo hay quienes, como respuesta a la exhumación del Franco y ante la situación que se vive en Cataluña, reivindican que el JEMAD actúe en defensa de España, restaurando el ordenamiento constitucional, o sea, que sea el ejército el que ponga orden en Cataluña. Si la Transición, esa “acción o efecto de pasar de un modo de ser o estar a otro distinto” (R.A.E.), consiste en ir (ire) más allá de o al otro lado de (trans); si consiste en lo que los romanos entendían cuando utilizaban el verbo transeo(“transición” procede del supino, “transitum”, de este verbo latino), pasar más allá, incluso transformarse, la Transición no ha acabado en España, y no podrá darse por finalizada mientras el franquismo sociológico no haya sido mayoritariamente superado y consista, como mucho, en un rescoldo residual. Esto no sucederá mientras la dictadura y su espíritu sigan presentes en nuestra vida personal, social y política, mientras la iglesia, pilar fundamental de la dictadura, siga ostentando poder político y no llegue a ocupar el lugar sociológico que le pertenece en una sociedad democrática y laica, y mientras haya muertos en las cunetas y en fosas comunes a los que el Estado, con su pasividad, ignorancia o inacción, les niegue un entierro digno.

Desde el Tratado de Basilea (1795), siguiendo con la derrota de Trafalgar (1805), la Guerra de la Independencia (1808-1814), las guerras carlistas (1833-1900), la pérdida de las colonias y la guerra civil (1936-1939), España lleva más de doscientos años con una inestabilidad social y política que parecía que la constitución del 78 podía superar. Su aprobación supuso un hito en el proceso de transición, pero éste no ha acabado y en este momento no se augura su final. Se podrá superar y deberemos hacer lo posible por superarlo, pero, como si se hubieran concitado todos los hados y regresáramos a 1975 cuando la Marcha Verde se produjo con Franco moribundo, la exhumación de su cadáver, que se pensaba como un hito o momento significativo del final de la Transición, ha coincidido, en 2019, con un gobierno en funciones, con el problema catalán en un punto elevado, si no en ascenso, con la ultraderecha marcando la agenda política y a las puertas de una campaña electoral, con la incertidumbre que conlleva y con una clase política que no está a la altura de las circunstancias. Podría ser peor, pero prefiero no imaginarlo. En esta situación, ¡cómo se echan en falta unos nuevos Cuadernos para el diálogo…!  ¡Que los hados y todos los dioses nos cojan confesados!

1 comentario

  1. Creo que no hay que echar nada de menos, porque seguimos arrimando el hombro en los espacios por los que transcurre nuestra vida, la de cada cual, y compartimos las responsabilidades correspondientes. Sin embargo, esto no quita las preocupaciones de las situaciones diarias y los compromisos en que nos hemos embarcado. Los límites y la cultura de los españoles son otra historia. Lo de la transición no me parece tan modélica como nos la han pintado, cada vez se me hace más evidente, porque casi todo se enquista cada vez más. Abrazos

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