Blanca Rey. FOTO: Jorge Ovelleiro
Blanca Rey. FOTO: Jorge Ovelleiro

“… Cuando descubren algo tan milagroso como es el flamenco, se sienten libres”, surge esta frase al encender la grabadora para trascribir la entrevista con Blanca del Rey. No recuerdo de qué hablaba en ese momento con la bailaora y coreógrafa, protagonista destacada de las 14 Jornadas Flamencas ‘Ciudad de Valladolid’.

Y es que este jueves, a las ocho de la tarde en la Sala Concha Velasco, del Lava, será objeto de un homenaje en reconocimiento a su capacidad creativa; por su labor en la dignificación del baile flamenco, dentro una trayectoria artística que la ha situado entre las figuras más importantes de la historia del Arte Flamenco.

-¿Cómo empezó el baile?
-Yo bailaba desde el vientre de mi madre (risas). No se planteó esta niña va a bailar o baila. Era natural en mi casa verme bailar. Yo nací en la Calle de la Plata, del barrio de Las Tendillas, Córdoba (1946), y allí se ponía una señora que era coja tocando el organillo; y me cuenta mi familia que yo me ponía a llorar en el balcón y no paraba hasta que no me bajaban. Y entonces yo me ponía a bailar –ríe- y se formaba un montón de gente, una niña tan pequeña, de dos años y medio…

Blanca Ávila Molina, Blanca del Rey será, “absoluta, total y puramente autodidacta. Entre otras cosas, porque mi familia no disponía de una economía para que yo recibiera clases; a lo más que pude aspirar, a los coros y danzas que me llevaba mi madre, a ver bailar el vito, la jota, la muñeira, el folclor. Era lo que ‘daba’ la postguerra. Hoy, analizando, me doy cuenta que tuve una formación exquisita. De manera natural, sin planteamientos, sin imposición. Yo creo que, en la vida, cuando te imponen la enseñanza, la mente se bloquea y no da de sí tanto como el que estudia de manera arbitraria, por los gustos, las formas, el ambiente. La imposición en el ser humano es un error.”

Con seis años se presenta a concursos de baile, ganando varios; y con doce debuta como profesional en el tablao cordobés El Zoco: “Sí, ahí te ponías, y a bailar –ríe-. Esto fue para mí importantísimo: hacerme de esta manera. Mi mente siempre estuvo abierta, buscando adentro. Yo soy tierra de secano, flor silvestre. Mi mundo era estar todos los días danzando, imaginando, jugando… ¿La creación verdadera acaso no surge jugando?.”

Exposición fotográfica sobre Blanca Rey en el LAVA. FOTO: Jorge Ovelleiro
Exposición fotográfica sobre Blanca Rey en el LAVA. FOTO: Jorge Ovelleiro

Su primera escuela, por así decirlo, sería aquel tablao viendo, fijándose, preguntando, “para bailar mejor; las manos, me decían, las manos, tienes que marcar con cadencia, no tengas prisa bailando”. Dos años después estará en otro tablao, decisivo, fundamental en su vida y arte: El Corral de la Morería, en Madrid: “La gran escuela”.

Allí llegó y se quedó hasta el día de hoy, dirigiendo la parte artística. Se quedó porque se casó con el propietario del local, Manuel del Rey; de ahí su apellido artístico. Y con el matrimonio se detuvo el baile: “Mi marido me dijo, ya no bailas más”.

-¿Y a usted qué le pareció?

-Hombre, cuando estás tan tan enamorada. Quien ha conocido a mi marido sabe de la personalidad arrolladora que tenía, era un hombre especial, en todo. Era tan elegante, inteligente. Y en el tablao se ofrecía lo mejor.

-Hay una cierta crítica negativa hacia los tablaos, como que se desvirtúa el flamenco al estar dirigido a los turistas.

- Morería no se planteaba eso. Por otro lado te diré que el turista es un hombre que viaja muchísimo y va al Museo del Prado, por ejemplo. Puede que el turista no entienda de raíces de la historia de algo, pero sí de arte. Y cuando no le das calidad, se acabó. Además, Morería siempre ha tenido un público autóctono aficionado al flamenco.
(El viernes, a las doce del mediodía en la Casa Revilla, se presentará la colección de cuatro cds en homenaje a los 60 años del tablao madrileño, con grabaciones de todos los artistas flamencos que a lo largo de su historia allí han actuado)

-¿Seguía pensando en el baile en aquellos años, de matrimonio, en que no bailaba?

-Pues mira, como me casé con una especie de condición, pues no. Cuando los niños eran pequeños, no me planteaba nada. Pero la mente es absolutamente implacable. Cuando tú has nacido bailando, en toda tú hay una rebelión que quieres aplastar porque has tomado la decisión de no bailar. Entonces, me fui a la Universidad, estudié Historia del Arte; me metí de lleno en los estudios flamencos; le debo, mi cierta formación, a José Manuel Blas Vega –reputado flamencólogo-; hice un programa de investigación en la radio… Hasta que entré en una especie de tristeza, no era depresión, como un estado melancólico. Y el médico de la familia le dijo a mi marido: ‘Blanca nació bailando, y no baila; lo que tiene no es falta de vitaminas, ni de nada, es falta de baile’.

Blanca Rey junto a Rodolfo Otero durante su encuentro flamenco con niños y niñas de las distintas escuelas de baile de Valladolid. FOTO: Jorge Ovelleiro
Blanca Rey junto a Rodolfo Otero durante su encuentro flamenco con niños y niñas de las distintas escuelas de baile de Valladolid. FOTO: Jorge Ovelleiro

Con el ‘alta’ médica, Blanca del Rey comenzará a retomar la senda del baile, su senda. Y se destapa, más bien se libera su creatividad: “Cuando volví, en el año (19)79-80, empecé a hacer creaciones que asombraban a propios y extraños. Al estudiar Historia del Arte me fijé en la colocación de los hombros en los retratos; y una de las cosas importantes fue corregir esto que había mucho en el flamenco, los hombros en las orejas. Pilar López me decía es que tu cuello baila, tienes una colocación perfecta. Algo que en mí era inconsciente, no de mirarse en un espejo. La cultura es muy importante para apoyar otras culturas”.

En los años siguientes creará coreografías, con su propia compañía, y recorrerá el mundo. Coreografías que ahora no despertarían extrañeza como “bailándole al cante y al compás, nada más; o cuando monté la seguiriya de ‘Mi silencio’, que es eso, bailarle al silencio, sin guitarra, sin palmas; hoy, ya lo ves”.

-Y la soleá del Mantón.

-Yo quería crear un baile que fuera: Córdoba. ¿Cómo, me preguntaba, si levantan los brazos igual para una seguiriya que para una soleá, zapatean lo mismo…? El escultor Sanguino me mostró una película de Manolete, que me impactó, despertó recuerdos de Córdoba, de cuando viví allí de niña; y de ahí me fui atrás en la historia, la judería de Córdoba. Y cuando encontré el mantón tuve un elemento diferenciador. Y hago con él un pase taurino; cuando se me enrosca por el cuerpo es una columna romana… Imaginación.

-¿Qué le parece el homenaje que le brindan este jueves, en, desde Valladolid?

-Maravilloso. Me siento muy halagada y agradecida, porque para mí Valladolid ha sido muy importante a lo largo de mi carrera. He venido tantas veces a bailar aquí, con un público tan educado, tan sabiendo estar, tan generoso en el aplauso. Una vez que vine a bailar tuve que hacerlo en un patio precioso, no recuerdo su nombre -¿San Benito?-, porque el teatro estaba en obras. Al aire libre. Por la tarde había estado lloviendo, pero escampó para la hora de la función, y a la mitad se puso a llover; entonces el público sacó sus paraguas y no se movió hasta que acabamos. Una de las actuaciones que no se me olvidan.

-Una palabra que defina su baile y a usted como artista, como bailaora.

-Libre.

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