Hace unos cuantos años, mientras trabajábamos en clase de filosofía sonó un móvil. En el instituto existía, para estos casos, el acuerdo de pedirle el móvil al alumno y bajarlo a Jefatura de Estudios. Paré el desarrollo de la clase que, por otra parte, el sonido del móvil ya había paralizado, y pedí a aquella alumna que lo apagara y me lo entregara. Este acto, que no deja de conllevar cierta tensión, fue acompañado con una mirada que manifestaba algo más que disgusto, pues lo percibí cargado de rencor. La joven acompañó la entrega de su móvil con la recogida de sus cosas: cerró el libro y el cuaderno, metió el bolígrafo en su estuche, guardó todo en su mochila y permaneció impasible y ausente en su pupitre el resto de la clase, como si su contenido no fuera con ella. Era su venganza por la retirada temporal del teléfono móvil. Una vez finalizada la clase, bajé a dirección y, al entregar el móvil, el jefe de estudios se sorprendió de que hubiera algún alumno que utilizara un móvil tan caro. Era un instituto de un barrio de clase media-baja. En todo caso, la sorpresa fue mayor cuando supo que la dueña de dicho móvil era una joven, huérfana de padre, cuya madre, una persona joven con una pensión de viudedad escasa, limpiaba portales y realizaba trabajos de modista por las noches para poder cubrir las necesidades familiares básicas. No entendíamos cómo era posible que una madre que pasaba por una situación tan difícil comprara a su hija un teléfono móvil que costaba más dinero que el que ingresaba mensualmente en su hogar. Si cabe adelantar la primera parte del final de la historia, esta alumna acabó abandonando los estudios a finales del mes de marzo.

He recordado este hecho, porque hace algunos días me encontré a la exalumna y a su madre en el supermercado. La madre me saludó con amabilidad; la hija, una persona adulta situada a un lado de su madre, sostenía entre sus manos cerca de su cara un teléfono móvil de pantalla grande, mientras escribía sin parar con sus dedos pulgares sobre la pantalla, con la mirada fija en la misma y sin percatarse de cuanto acontecía a su alrededor. La madre cargaba con la compra, a la espera de pagar en la caja, mientras su hija permanecía entretenida y ensimismada con sus obligaciones telemáticas. Ni siquiera el saludo de su madre y la conversación que mantuvimos la incitaron a levantar la vista y a percatarse de lo que sucedía. Pensé en Zigmunt Bauman cuando decía en Amor líquido que “la proximidad virtual logra desactivar las presiones que suele ejercer la cercanía no-virtual”. En este gesto, tan habitual hoy, encontramos lo virtual y lo no virtual trastocados, invertidos como realidad: para el “conectado”, el entorno cercano es algo distante e inaprensible o, al menos, no-percibido; al “no-conectado”, el “conectado” le parece alguien ausente y enajenado. En ese trastrocamiento o cambio ilógico de la realidad, la realidad virtual se percibe como algo existente y atractivo, y es por esto por lo que incluso tiene poder de coerción. Para el “conectado”, es el otro, el no-conectado, el que está fuera de la realidad, perdido entre la complejidad del mundo visible, previsible y monótono, porque, para aquél, la realidad real está en lo posible y virtual, en la infinidad de posibilidades de conexiones simultáneas que ofrecen las redes sociales. Para el conectado, todo lo demás, el tráfico, la compra, la caja registradora, la música ambiental, la conversación con el vecino se torna insustancial, aunque los espasmos de la proximidad virtual terminen, idealmente, sin dejar sobras ni sedimentos duraderos (Z. Bauman).

Los ojos absortos en la realidad virtual se quedan insensibles, vacíos, ante la realidad sensible, que ha dejado de ser-algo-para esos ojos vacíos, que sólo prestan atención a algo tan alejado, ficticio y fingido como la palabra o la imagen de un sujeto tan lejano como presente sólo virtualmente. Mientras la joven ocupa su tiempo en “comunicarse” con alguien lejano y seguramente agrediendo y hasta saboteando el lenguaje, la madre se relaciona con las personas de su entorno, está atenta a lo que sucede, carga con la compra, administra los recursos familiares escasos, finge naturalidad y tranquilidad, y calcula el ahorro que ha hecho en la compra con el fin de que su retoño no carezca de lo más necesario, la tecnología última, aunque todo esto le cueste horas de sueño y privaciones -¡qué no haríamos por un hijo!, nos decimos a nosotros mismos-.

Hace tiempo que esta joven, como tantos de nosotros, descubrió el milagro de la ubicuidad universal de un yo, el que aparece en la pantalla, que puede ser real, imaginario o inventado: la ubicuiuniversalidad que conllevan las relaciones de copresencia, que convierten en real lo físicamente distante. Julio Verne o Lewis Carroll no fueron capaces, a pesar de su derroche de imaginación, de soñar un imaginario más presente, porque ahora, contrariamente a lo que decía Lewis Carroll, se puede llegar a cualquier parte sin andar, basta con evadirse de la realidad y sumergirse en el magma de una pantalla multicolor. Las aventuras ya no vienen de la mano de los creadores sino que las creamos nosotros mismos con un techado virtual, una cámara diminuta y sin necesidad de grandes estudios ni de reflexiones sesudas. Basta con decir lo que se cree, imaginar lo que sucede, afirmar enfáticamente como real lo que se desea, inventarse un mundo cualquiera o mezclarlo todo en un no-lugar electrónico en el que, para que algo exista, no rige el rigor lógico ni el método científico, aunque lo afirmado sea realmente una no-verdad, o lo que es lo mismo, una falsedad y hasta una mentira.

Mientras la madre afrontaba la realidad pura y dura que suponen las necesidades de la vida e imponen sus circunstancias, las generales y las propias, la hija, adulta por edad y seguramente infantil -¿o quizás irresponsable?-, vivía suspendida en su no-realidad, agazapada en ella, agarrada a la proximidad virtual de su propia vida virtual, lo que le permitía cancelar cuanto la rodeaba topográfica y realmente. Estaba en el cielo: ¡tocaba el cielo con sus manos!

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