“Yo ya he votado”, me decía un vecino en el quiosco, donde coincidimos comprando el pan y el periódico. Había madrugado para depositar su voto, como si quisiera decidir con prontitud el parlamento y el gobierno entrantes o, quizá, ¿cumplir con el deber ciudadano? Yo no había votado y, aunque tenía decidido el voto, mi mente se debatía en un mar de dudas. Hasta llegar a decidir lo que votaría por la tarde, había tenido que orientarme entre una mal llamada izquierda, cuyo cainismo endémico siempre he rechazado y que tanto daño ha hecho a la sociedad. Había que castigar la corrupción, la utilización de las instituciones puestas al servicio propio, la presión de los medios de información y, lo hemos sabido después, la de las agencias demoscópicas, si no su manipulación de las encuestas con el fin de sembrar el miedo entre los ciudadanos. Rechazaba y rechazo el populismo, la transversalidad, la intransigencia y la ambigüedad, que algunos han traído a la izquierda española y quería castigar la incapacidad de algunos para el diálogo y el pacto, como si la política solamente pudiera hacerse desde el poder; como si la sociedad tuviera que cambiarse desde la Moncloa y la Carrera de San Jerónimo. Había que decidir un marco nuevo para el diálogo y el pacto, castigar la mentira, la política como simulación y teatro y, aunque sea un equilibrio difícil, poner la mirada en un horizonte complicado de alcanzar pero posible y unas propuestas realistas que conduzcan a la realización de las ideas.

No sé lo que mueve a votar a cada ciudadano, que es una responsabilidad que corresponde a cada uno. Cada vez me cuesta más entender a mis compañeros de viaje, aunque seguramente sea yo el desorientado. ¡Allá cada uno con su conciencia! Pero los resultados no han despejado mis dudas, sino que las han acrecentado. Los resultados de la votación del 26 de junio hicieron que -con permiso de Antonio Gamoneda- mis lágrimas entraran en la luz.

Seguramente a las 22,30 del 26 de junio, en el entorno de Unidos Podemos, aunque estoy seguro de que nunca lo dirán, estaban arrepentidos de haber intentado deglutir -si no lo han conseguido- a Izquierda Unida, de haberse prestado I.U. a la deglución, de no haber pactado con el PSOE y Ciudadanos en la legislatura anterior y de no haberse convertido en la llave de una legislatura y una oportunidad perdidas. Me imagino -solamente me lo imagino, porque desde hace mucho tiempo dudo de su lucidez política- que en el interior del PSOE más de uno se sorprenderá llorando por la falta de discurso común y de liderazgo, y por el cainismo interno que devora sus entrañas.

Estoy seguro de que, viendo ganar al PP, con una mochila tan repleta de daño y oscuridad, “Píndaro / hubiera llorado” (Gonzalo Rojas) y de que el propio Píndaro nos habría recordado que: “[…] incluso puede acontecer que los rumores / de los mortales, habladurías adornadas con abigarradas / ficciones, trasgrediendo el relato verdadero, / nos engañen por completo.”

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