DISONANCIAS

Aunque pueda parecer extraño, los relatos históricos o científicos que leemos o estudiamos no siempre son veraces y fidedignos. A veces esto ha sucedido porque el conocimiento no había llegado a encontrar las claves verdaderas que permitían explicar la realidad, como sucedió, por ejemplo, con las tesis de Ptolomeo (s. II), que explicaban el funcionamiento del universo colocando la tierra en el centro del mismo, y que estuvo en vigor hasta que Copérnico, poco antes de morir, publicó, en 1543, su De revolutionibus… Los errores de Ptolomeo se debieron fundamentalmente a la imposibilidad de acceder a la observación del universo con instrumentos lo suficientemente capaces y refinados como para obtener de ellos datos fidedignos y a creer que el conocimiento procede de y es corroborado por los sentidos. La creencia cristiana de que la Biblia era la depositaria de La Verdad -así, con mayúsculas- revelada por Dios y, por tanto, infalible, hizo el resto, porque durante siglos se consideraron coherentes la teoría ptolemaica y los mitos del Génesis. La intromisión de mitos en el proceso de búsqueda de la verdad que ha guiado a la humanidad, relatos fundamentalmente de origen religioso, ha provocado disonancias, con consecuencias frecuentemente lamentables, que han condicionado el desarrollo completo de la vida humana y la historia de la humanidad. Todavía hoy hay lugares en el mundo, como por ejemplo algunos Estados de Estados Unidos, en los que sigue estudiándose la Biblia como un libro científico, y donde, para tratar de salvar las contradicciones en las que cae el relato bíblico del origen del universo y de la existencia de la especie humana y la evolución de las distintas especies, han creado la supuesta teoría del diseño inteligente, frente a la más que demostrada teoría sintética de la evolución. Quienes defienden la teoría del diseño inteligente nunca han querido escuchar voces tan autorizadas como la del biólogo Francisco J. Ayala, español, con residencia y nacionalidad estadounidense desde hace muchas décadas, y científico mundialmente reconocido, que ha escrito tan certeramente contra ese nuevo mito, el del diseño inteligente. Este mito ha llegado a España y me consta que hay centros educativos en los que, quienes imparten la materia de religión, explican la idea del diseño inteligente como si fuera una teoría científica.

En los tiempos tan complicados que vivimos en España, preocupados, acuciados por el problema de los nacionalismos y específicamente por el independentismo catalán, el acercamiento al magma teórico que subyace en el origen del relato del nacionalismo catalán genera sorpresa y preocupación: junto al enaltecimiento de la lengua propia, como elemento identitario y diferenciador respecto de los demás, una característica común a la mayoría de los nacionalismos, que confunden elemento cultural con valor (François Jullien), nos encontramos con la construcción de relatos históricos amañados o manipulados.

El proceso manipulador de la historia de Cataluña hunde sus raíces en el siglo XIX, cuando, por ejemplo, el archivero del Archivo de la Corona de Aragón Próspero Bofarull i Mascaró (1777-1859), en la reproducción que hizo del Llibre de Repartiment del Regne de València de 1238, libro en el que los escribanos del rey Jaime I anotaban el reparto de las propiedades conquistadas a los musulmanes entre quienes participaron en la conquista de Valencia, omite los apellidos de aragoneses, navarros y castellanos para subrayar la importancia de la presencia de los soldados catalanes en dicha conquista, un hecho que ha condicionado las interpretaciones socioculturales de los valencianos defensores del pancatalanismo, como por ejemplo las de Joan Fuster (1922-1992). Esta falsificación fue denunciada por el historiador Antonio Ubieto en 1987. A pesar de que puede ser pura coincidencia, sorprende que el testamento de Jaime I desapareciera y nunca más se haya sabido de él durante la dirección de Próspero Bofarull del Archivo de la Corona de Aragón. Su sobrino Antonio Bofarull i Brocà (1821-1892) escribió un relato de la historia de Cataluña en el que hablaba no de la existencia de la Corona de Aragón sino de una “Confederación Catalano-Aragonesa”, algo que los historiadores más reconocidos han desmentido. Durante mucho tiempo, para conocer la historia de Cataluña, se tomó como un texto fundamental el Llibre dels Feyts de Catalunya. Sin embargo, esta fue una obra falsificada y atribuida a Blanes Bernat Boades, un autor del s. XIV, que en realidad fue escrita en el siglo XVII por Joan Gaspar Roig y Jalpí (nacido en Blanes en 1624). La falsificación fue descubierta en el siglo XX por Miquel Coll i Alentorn y corroborada por el historiador Martí de Riquer. Hay políticos y supuestos historiadores que defienden que Cataluña tuvo constitución propia cuando Castilla no la tenía o que la guerra civil del 36 fue una guerra contra Cataluña. En esta dirección trabaja hoy el Institut Nova Història, algunos de cuyos miembros, como Víctor Cucurull, Jordi Alsina i Bilbeni o Pep Mayolas defienden el origen catalán, por ejemplo, de Miguel de Cervantes, la redacción original en catalán del Quijote y su posterior traducción al castellano, el origen catalán de Cristóbal Colón y de Erasmo de Rotterdam, la catalanidad de los reyes de Castilla posteriores a los Reyes Católicos o que Teresa de Jesús fue abadesa del monasterio de Pedralbes de Barcelona y que, según ellos, se llamaba Teresa Enríquez de Cardona. A este respecto, es interesante el artículo de Carme Riera, miembro de la R.A.E., titulado “A vueltas con la tradición: de nuevo sobre Cervantes y Cataluña” (http://www.rae.es/sites/default/files/Riera.pdf) o la entrevista hecha al historiador Vicent Baydal y publicada en La Vanguardia (22/08/2016: http://www.lavanguardia.com/local/valencia/20160822/404115759583/entrevista-vicent-baydal-valencianismo.html) o el escrito incluido en su blog de 18/05/2017 en el que analiza y critica el trabajo llevado a cabo por Jordi Alsina i Bilbeni y el Institut Nova Història (http://www.ventdcabylia.com/2017/05/ja-nhi-ha-prou-de-fallacies-bilbenyianes.html). El historiador Vicent Baydal acusa a Jordi Bilbeny y al Institut Nova Història de utilizar “un método completamente acientífico” y de que las conclusiones a las que llegan son “pseudociencia inventada”.

La manipulación de la historia mediante la construcción de relatos construidos con intencionalidad política no es nada nuevo; ha existido siempre y en todas partes. Para no buscarlos lejos en el tiempo y el espacio, baste recordar, por ejemplo, cómo se escribió la historia de España durante el franquismo: no hay más que abrir la Enciclopedia Álvarez para comprobarlo; cómo Ricardo de la Cierva defendía que el franquismo fue un régimen “casi democrático” o cómo, en el ámbito de la filosofía, durante mucho tiempo se desconoció que la hermana de Friedrich Nietzsche, había interpolado en parte de la obra de su hermano (concretamente en La voluntad de poder) textos de su propia cosecha, que cambiaban el pensamiento de éste. Esta manipulación respondía sobre todo a la intención de defender el nacionalismo alemán de su marido (un “imbécil racista”, según Nietzsche), mientras que Nietzsche calificaba el nacionalismo como “neurosis europea”. Los alemanes, decía Nietzsche, “han colocado la locura política y nacional en lugar de la cultura”. El Nietzsche que Hitler y los nazis veneraron fue el manipulado por su hermana Elisabeth Förster Nietzsche. Esto le pasaba a Nietzsche, a alguien que confesaba haber “olido” la mentira como mentira y que tenía claro que las convicciones son enemigos más peligrosos de la verdad que las propias mentiras. ¿Existiría algún nacionalismo sin la manipulación de la historia y sin sueños irreales o utópicos sobre la identidad propia? Los sueños y las mentiras producen más disonancias que el devenir de la realidad histórica.

Es cierto que el manipulador y el mentiroso pierden la credibilidad; sin embargo, es asimismo cierto que con frecuencia la sombra de la manipulación y de la mentira es tan alargada que sus consecuencias se perpetúan en el tiempo y recorren la historia. Baste como ejemplo la dificultad que ha existido para superar mitos como el de la creación, que todavía encuentra, como hemos visto, seguidores ciegos.

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