El último domingo pudimos ver la manifestación de las derechas en la cual –aún teniendo en cuenta su escaso éxito- los líderes políticos de los tres partidos que han conseguido desbancar a Susana Díaz de la Presidencia de Andalucía hablaban y usaban los símbolos de España como si fueran un patrimonio único de la derecha.

La izquierda no se siente cómoda en este posible debate. Lo hemos visto con la crisis catalana, ahora que comienza el juicio por el Procés. Pero la discusión que se ha de tener es: ¿debemos tolerar que la idea de España, patriotismo y Constitución sea defendida únicamente por aquellos que pretenden el mayor de los centralismos y la vuelta al pasado más retrógrado?

Ya comenté en otro artículo anterior que defender la Constitución y considerarse constitucionalista no es apostar por la unidad centralista de España. Es avanzar en aquellos derechos y libertades que el pueblo consiguió a base de muchos esfuerzos y, en ocasiones, vidas humanas. No nos debemos sentir satisfechos, pero sí reconocer el sacrificio de aquellas personas que lucharon por el advenimiento de la democracia y que en 1978 hicieron todo lo posible por conseguir una Carta Magna acorde con los países de nuestro entorno. Ello no quiere decir que no precise de reformas y que debemos seguir avanzando para mejorarla. Pero la defensa de las conquistas sociales es constitucionalismo y patriotismo. La mayoría de los partidos que vimos el pasado domingo en la manifestación de Colón no se pueden llamar así.

Porque España también es integración y diversidad en la unidad. Es reconocer el carácter multinacional o plurinacionalista de nuestro Estado. Esta fue la mayor de las novedades que se introdujo en el Texto de 1978 y su reivindicación es un acto de orgullo. Pocos países pueden presumir de tener la riqueza lingüística, cultural y patrimonial que tenemos en España.

España es feminismo. Es el reconocimiento de la lucha de las mujeres por sus derechos y la consecución de una efectiva igualdad, que se ha de reconocer legal y constitucionalmente. Patriotismo es decir ni una menos.

Pero nada de hoy sería posible si no reconociéramos, también, lo conseguido en la etapa de mayor democratización de nuestro país antes del advenimiento de la democracia en 1978: la II República. El Estado integral, que inauguró una nueva forma de Estado, el regional; la conquista de derechos sociales y, en definitiva, la promulgación de una Constitución que tenía virtudes como la implantación de un Tribunal de Garantías Constitucionales que fue el primero del mundo en tener competencia en defensa de los derechos fundamentales. Muchas veces no se entiende cómo puede ser que la labor de los republicanos sea más reconocida en otros países, como Francia, donde “La Nueve”, integrada por exiliados españoles, encabezó la liberación de París. Como españoles debemos considerarnos orgullosos de aquellos compatriotas que ayudaron a liberar a Europa del fascismo y conseguir que la democracia fuera de nuevo una realidad en el viejo continente.

Sin embargo, España sigue sin cumplir con los pronunciamientos en materia de Derechos Humanos de la ONU y somos el segundo país con más desaparecidos y fosas comunes del mundo tras Camboya. El régimen democrático que hoy tenemos no hubiera sido posible sin la voluntad de quienes dieron su vida muchos años antes.

En definitiva, tenemos dos opciones: o bien dejar que la idea de España sea monopolizada por aquellos que quieren revivir las épocas más oscuras del pasado; o construir un nuevo concepto e idea de país, que reconozca todo lo logrado hasta ahora pero que ponga en primer plano un avance en derechos sociales, igualdad, diversidad nacional y cultural y construcción de una democracia avanzada. España es patrimonio de todas y de todos, no sólo de unos pocos.

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