Un trabajo interminable y alienante inunda la vida de la gente, vacía sus espíritus de cualquier inquietud que no pase por la prosperidad económica e individualista.

Una voz en off evoca con añoranza el pasado rural, aldeano y bucólico de Toritama, una localidad del norte de Brasil, en la región de Pernambuco.

Actualmente, Toritama se asemeja mucho más a lo que sería un polígono industrial, que a una ciudad agrícola y ganadera.

En su práctica totalidad está dedicada a la fabricación y confección de lo que las organizaciones comerciales han dado en llamar el “oro azul”, los tradicionales pantalones vaqueros o jeans.

Los habitantes de Toritama, trabajan en su mayoría de domingo a domingo con jornadas extenuantes de más de catorce horas, recreando casi a la perfección lo que el filósofo sur-coreano Byung-Chul Han denominó la “autoexplotación”, personas que por propia voluntad se autoimponen y condenan a una virtual esclavitud.

Byung-Chul Han es uno de los más preclaros diseccionadores de aquellos males que aquejan y oprimen a nuestra hiperconsumista sociedad, asumiendo sumisa los anti-ideales de crecimiento infinito, de despersonalización y de atomización social.

“Quien fracasa en la sociedad neoliberal del rendimiento se hace a sí mismo responsable y se avergüenza, en lugar de poner en duda a la sociedad o al sistema”

Afirmará Chul Han como clara demostración de la teoría de la “autoexplotación”.

La ética protestante nos ha infundido la creencia de que una buena parte de nuestra salvación depende de la prosperidad económica y social que alcancemos, por supuesto, adoptando una perspectiva siempre individualista, individualizadora. Vaciándonos del verdadero sentido de la vida, del gusto por la reflexión, por la enriquecedora interacción con los demás.

Hasta las aceras de Toritama, que años atrás estuvieran ocupadas por personas, y que sentadas en apacibles mecedoras, charlaban amigablemente o miraban al cielo en actitud contemplativa. Hoy, sin embargo, permanecen obstruídas por cientos de vecinos dedicados a deshilachar las prendas vaqueras, último eslabón en el proceso productivo.

Los patios traseros de las casas han sido reconvertidos en pequeños talleres de confección, llamados “facciones”, las gentes muestran una actitud evasiva, laboriosa, acríticamente industriosa, su pensamiento, su vida, su voluntad, se mantienen centradas en la ganancia, en un aséptico monetarismo, con la única esperanza puesta en poder permitirse unos días de asueto por Carnaval en una playa carioca cualquiera.

Solo hay un personaje, una misteriosa aparición, un bálsamo para el espectador, en medio de tanta “muerte del pensamiento”, en medio de la desaparición y reducción, de jibarización de tantos, demasiados seres humanos; es un pastor que nos habla con diáfana y rotunda convicción:

-cuando la gente solo busca el dinero y el progreso material, se olvidan hasta de Dios, creando en su sustitución diosecillos a conveniencia.

Al final de la proyección de este documental, me dieron la oportunidad de realizar al menos una pregunta al director del mismo:

-¿Usted cree que el arte, el cine en general y esta película en concreto, pueden crear algún tipo de conciencia con respecto a la problemática de la que nos habla?. Sobre todo, teniendo en cuenta que nuestros gobiernos, el gobierno de Brasil, el de España, y muchos otros gobiernos en el mundo, no harán presumiblemente nada, ya que están secuestrados por el poder económico.

-Respuesta: su pregunta es en extremo compleja, pero sí, estoy personalmente convencido de la capacidad que el cine tiene para crear conciencia. No obstante, este es un problema demasiado complejo y estamos muy lejos de encontrar soluciones eficaces a tal realidad.

Para terminar, les recomiendo que vayan a ver este poliédrico documental,”Estou me guardando para quando o carnaval chegar”, véanlo, reflexionen en consecuencia y tomen conciencia, porque siempre acabará apareciendo un resquicio para la esperanza, si nuestra voluntad es colectiva, mataremos al dragón.

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