“Estimado Sr. Clarke:
Es una interesante coincidencia que nuestro amigo mutuo Caras lo haya mencionado durante una conversación sobre el telescopio Questar. Durante mucho tiempo he sido gran admirador de sus libros y había querido discutir con usted la posibilidad de hacer una excelente y proverbial película de ciencia ficción. En particular estoy interesado en los siguientes temas generales, partiendo naturalmente de un personaje y una gran trama:
- Las razones que nos llevan a creer que existe vida inteligente extraterrestre.
- El impacto (o quizás la falta del mismo en algunas facetas) que ese descubrimiento tendría en la Tierra en un futuro cercano.
- Una sonda espacial con aterrizaje y exploración en la Luna y Marte.”………

Fechada el 31 de marzo de 1964, esta carta de Kubrick a Arthur C Clarke podría entenderse como la génesis, el boceto primigenio, de una película que ha perdurado, y perdurará, más allá de las décadas transcurridas, y por encima de los significados y significantes de su contenido. Como cualquier obra que alcanza esa mezcla de éxtasis apasionado de multitud de espectadores, de una mayoría casi unánime de la crítica alabándola como un antes y después del género de ciencia ficción para dotarle de un sentido trascendente que superaba el mero concepto de entretenimiento, con la especulación de mundos lejanos que se escapan a nuestra capacidad de comprensión, a los que se une el peso de generaciones que seguimos mencionando la película de Kubrick en cuanto se nos pregunta por las más grandes experiencias vividas en el mundo del cine, la categoría de mito termina superando al propio valor de la obra, que termina por no admitir discusión sobre su excelencia ante el peso y categoría de los argumentos favorables sobre la misma. Cómo poder pretender disminuir la importancia cinematográfica de una película que, empezando con 20 minutos silentes, que recogen los albores de la evolución humana, hasta el momento en que los primeros homínidos aprenden a usar herramientas para matar y a sentir la necesidad de adorar lo incomprensible, para, mediante el uso de una elipsis memorable, que resume 3 millones de años de historia de la humanidad y su evolución, pasar a la imagen de un hueso volador que se transforma en una nave espacial rumbo a la Luna, colonizada por los hombres en una estación espacial conjunta de diversas nacionalidades, pasando sin solución de continuidad de los sones de “Así hablaba Zaratustra” de Richard Strauss a “El Danubio azul” de otro Strauss muy diferente, resulta ya imposible, porque en ese preámbulo del amanecer del hombre y esa elipsis narrativa magistral se dan la mano los suficientes valores artísticos como para reconocer la excelencia del director en su concepción de la película.

Los presagios sobre ésta, sobre suhipotética rentabilidad, sobre su acogida, eran funestos. Espectadores desatentos en los test previos al estreno, que abandonaban la proyección, augurios sobre el fín de la carrera del director, malas críticas en Nueva York, y, sin embargo, todo eso desapareció transformando la película en la más taquillera de aquel lejano 1968. “No cabe duda de que es una de las últimas películas de su clase”, según Ivor Powell, uno de los miembros del departamento de arte de la película, “Hoy en día sería impensable empezar un filme de esa escala con tanta autonomía, sin un final claro y sin ninguna clase de supervisión”. Powell se refiere a 2001 como “un lienzo en blanco”, “Si miramos hacia atrás, parece increíble”, reflexiona. Quizás con otro director la mítica de lo difícilmente entendible se hubiera mitigado con un director verborreico y dado a la explicación sobreactuada, pero no era el caso de Kubrick, celoso guardián de su arte y de su intimidad, dejando al espectador enfrentado a su propia inteligencia para alcanzar a comprender, todo, parte o nada, de lo visto. En el Stanley Kubrick Archive de la Universidad de las Artes de Londres se puede ver una orden dirigida al equipo de publicidad de «2001«, dictada por el propio Kubrick, en la quepuede leerse: “El señor Kubrick no es una pieza de exposición. Lo que le gusta o no le gusta, cómo vive o cualesquiera de sus hábitos personales no son datos que deban publicarse”. No obstante, Kubrick no rehuyó referirse a su propia película con ocasión del estreno, un aviso para navegantes, una idea sobre lo que podían encontrarse en la pantalla y sobre lo que no iban a ver.

«No es un mensaje que yo haya tratado de convertir en palabras. 2001 es una experiencia no verbal; de dos horas y 19 minutos de película, sólo hay un poco menos de 40 minutos de diálogo. Traté de crear una experiencia visual que trascendiera las limitaciones del lenguaje y penetrara directamente en el subconsciente con su carga emotiva y filosófica. Como diría McLuhan, en 2001 el mensaje es el medio. Quise que la película fuera una experiencia intensamente subjetiva que alcanzara al espectador a un nivel interno de conciencia como lo hace la música; "explicar" una sinfonía de Beethoven sería castrarla levantando una barrera artificial entre la concepción y la apreciación» explicaba Kubrick a la revista Playboy en 1968. «Sin dar una guía filosófica para el espectador, Periodista: ¿nos puede dar su propia interpretación del significado del film?, S.K.: No, por las razones que ya he dado. Cuanto podríamos apreciar hoy La Gioconda si Leonardo hubiera escrito en la parte inferior del cuadro: "Esta mujer está sonriendo porque tiene los dientes careados" o "porque está escondiendo un secreto de su amante." Hubiera quitado la apreciación del que lo contempla y le hubiera puesto en otra "realidad" distinta de la suya propia. No querría que eso pasara con 2001.». Y con estos parámetros cómo atreverse a intentar explicar al lector cuál sea mi interpretación de la película si el propio director la diseñó como un mensaje que cada espectador debía afrontar y sentir individualmente, cada uno desde su propia ideología, religiosidad, creencia, incluso desde la más absoluta ausencia de todo ello; «2001« es un absoluto derroche de sensaciones que entra por la vista, sí, pero también por el oido, y no sólo por las maravillosas armonías de la música clásica que suenan en muchos de los pasajes del film, sino ante el cuidadísimo diseño de su banda sonora, deudora innegable de que las ideas también penetran por los sonidos, y no solo por las palabras articuladas.

Tiene que haber espectadores que, con sinceridad, manifiesten su aburrimiento ante el apabullante espectáculo de «2001«, como habrá muchos que reconozcan no sentirse capaces de entender nada de lo que ven (quizás aquí influidos por ese otro tipo de cine donde cada escena es un prototipo de explicación completa, sin exigir ninguna participación de quien ve para desarrollar las imágenes en su mente, por ejemplo el de Cameron, el último en decir una boutade sobre la película de Kubrick que, se encuentra, a años luz de su modelo de cine plano). Pero plantearía la cuestión de otra manera. La historia de la humanidad que Kubrick cuenta, desde sus albores hasta la modernidad absoluta de un viaje a Júpiter, viene marcada por la ignorancia. Ignorantes son los homínidos que descubren, intrigados y sin respuesta, la primera aparición del famoso monolito de superficie pulida, igual de ignorantes son los miembros de la expedición americana que descubre, enterrado en la Luna, otro monolito idéntico al que se presenta ante los simios, la única diferencia es que el estado de la civilización permite ir en su busca y descubrirlo. Y más ignorantes aún de lo que van a descubrir son los miembros de la expedición que se encamina a Júpiter siguiendo la señal magnética que el monolito lunar envía hacia el planeta. Si los protagonistas de la historia se muestran ignorantes sobre lo que representa aquello que van descubriendo, ¿por qué nosotros, espectadores que nos enfrentamos siempre por primera vez a las imágenes de la película aunque la hayamos visto en muchas ocasiones, tenemos que contar con más información que los que la están buscando? Por qué no asumir que nuestra revelación será la misma que la de los simios o la de los astronautas. Si ellos carecen de respuestas ¿acaso somos nosotros mejores como para comprender todos los enigmas del universo?

El monolito tanto puede ser el triángulo de la religión cristiana como el panteísmo integrador de cualquier religión del pasado, un dios sin forma humana en el que se concentra toda la sabiduría del universo y que provoca, ante el inagotable afán de conocer del ser humano, su búsqueda constante. También podría ser el símbolo material de una cultura extraterrestre mucho más avanzada que la nuestra y que va dejando señales y pistas que, cuando van siendo alcanzadas, permiten a la raza humana un paso más en su perfección intelectual, dotándola, cada vez de manera mucho más precisa, de una espiritualidad asombrosa. Cada hallazgo coloca a la humanidad en un breve, pero intenso, estado de shock hasta que se asume que el siguiente paso exige continuar la expedición hasta donde el estado de la técnica lo permita, y si no lo permite ésta, aumentar la perfección de la misma para continuar la búsqueda incesante de las preguntas típicas de la filosofía de estar por casa, pero que no dejan de ser preguntas sin respuesta desde que el hombre es hombre, ¿quiénes somos? ¿de dónde venimos? ¿a dónde vamos?. En el fondo, esa búsqueda va a ser incesante y nunca culminará, al menos hasta que el universo implosione y desaparezca con otro big-bang como el que lo creó. Cuanto más sepamos más complejo será comprenderlo, como la experiencia que sufre el astronauta Dave tras ese viaje lisérgico final de la película, que visualmente ahora puede quedar anticuado, donde es capaz de ver su presente, su pasado, su futuro y todo el universo acogiéndonos en un líquido amniótico en el que el espacio y el tiempo se confunden. Una cosa quedará clara tras ver «2001« por muy cerrada que sea nuestra mente, que siempre seremos incapaces de comprenderlo todo a la primera, que habrá muchas cosas en nuestra vida que seguirán siendo incomprensibles siempre, porque sólo así podremos evolucionar y exigirnos más día tras día, y que existe una seguridad absoluta en una certeza inamovible, que somos mortales y nuestra vida significa un camino incesante hacia nuestro propio fin. Si ya han visto la película, vuelvan a disfrutarla, y si nunca se acercaron a ella, láncese a un espacio de gravedad cero sin paracaídas ni protectores, con la mente abierta dispuesta a recibir información codificada de primera calidad, aquello que no se entienda podrá ser suplido por los sentidos, y si no bastará con dejarse mecer por «Daisy» cantada por Hal 9000 en uno de los asesinatos más sensibles de la historia del cine. (Cines Broadway).

Título: 2001: Una odisea en el espacio. Título original: 2001: A space odyssey. Dirección: Stanley Kubrick. País: El Reino Unido, Estados Unidos. Año: 1968. Duración: 143 min. Reparto: Keir Dullea, Gary Lockwood, William Sylvester, Daniel Richter, Leonard Rossiter, Margaret Tyzack, Robert Beatty. Guión: Stanley Kubrick, Arthur C. Clarke. Distribuidora: Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Productora: Metro-Goldwyn-Mayer (MGM), Stanley Kubrick Productions, Polaris. Basada en The Sentinel: Arthur C. Clarke. Casting: James Liggat. Dirección artística: John Hoesli. Diseño de producción: Anthony Masters, Ernest Archer, Harry Lange. Efectos especiales: Bruce Logan, Bryan Loftus, Colin Cantwell, Con Pederson, David Osborne, Douglas Trumbull, Frederick Martin, John Jack Malick, Stanley Kubrick, Tom Howard, Wally Veevers. Fotografía: Geoffrey Unsworth. Montaje: Ray Lovejoy. Producción: Stanley Kubrick. Sonido: A.W. Watkins, H.L. Bird, J.B. Smith, Winston Ryder.
















