Llamo ‘lateralidad política’ a la distinción metafórica, surgida de la Revolución Francesa, entre derecha e izquierda políticas, en el sentido que por ejemplo se puede leer en la wikipedia (https://es.wikipedia.org/wiki/Izquierda_y_derecha_(política)). Una distinción seguramente inexacta y algo confusa, pero cómoda para el discurso y el análisis políticos. La noción de ‘lateralidad’ intenta recoger el espacio de relaciones entre expresiones políticas en pugna, que en última instancia remiten a la lucha de clases que atraviesa el capitalismo realmente existente.

Llamo ‘democracia forma(lita)’ a la democracia representativa del capitalismo realmente existente y padecida por mayorías sociales desposeídas, con el particular añadido de enfatizar y priorizar lo formal, es decir, lo normativo de sus procedimientos por encima y más allá de la propia democracia, radical y etimológicamente entendida.

Lo que sigue hace uso de ambos conceptos de un modo ciertamente irónico (o no).

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Hace poco una amiga escuchó en un bus urbano de estos lares que una mujer le decía a otra: «Yo no soy de derechas. ¡He votado a Ciudadanos!».

Que los conceptos de izquierda y derecha están desgastados políticamente parece ser un hecho, sobre todo desde el 15M de 2011, que instauró la retórica de la frase con sentido aseverativo, desde el «No nos representan» hasta el «Sí se puede» o «Toma la palabra» pucelanos y el ahora «Unidos Podemos». Que votantes de Ciudadanos no se consideren de derechas, no es porque se piensen de izquierdas, si no que simplemente no son de la Derecha institucional, corrupta y posfranquista que nos gobierna, vamos la del PP. Hasta cierto punto es razonable que quienes defienden una sociedad de medianos (¿o mediocres?) emprendedores ultraliberales, no se consideren en sentido estricto de derechas, aunque quizás debamos aplicar una escala de menos a más de derechas a sus expectativas políticas, o usar superíndices exponenciales incluso negativos. Por ejemplo, habrá quien quiera ser de derechas-1 (elevado a -1) o de derechas2 (al cuadrado, claro)... Quizás así se consiga que la derecha realmente existente se fraccione en múltiples, a caso infinitos, números irracionales. De este modo la politología tertuliana tendrá un buen tópico para sus cavernarios debates, de derechas, claro.

Pero que la izquierda social quiera desembarazarse del apelativo que la define (aunque sólo sea por respeto a la decimonónica lateratidad frente a la derecha que le vio nacer, eso de los hemiciclos con dos espacios bien delimitados a derecha e izquierda de un eje), sí puede acarrear unos cuantos problemas interesantes. En primer lugar, si la derecha sigue existiendo, aunque la nombremos como ‘casta’, y la izquierda desaparece como apelativo, ¿cómo llamamos a quienes tienen posiciones políticas que se confrontan radicalmente contra la derecha, contra toda la derecha considerada como un bloque homogéneo, llámese Capital y/o Estado? Pueden servir términos como desalmadas, delincuentes, peguijeras, yayoflautas o terroristas, por ejemplo. Aceptaríamos sin más la terminología y la ideología de la propia derecha, que tiene muy claro que no quiere desaparecer para nada, y no sólo como concepto. También podemos ser un poco menos de derechas, por ejemplo de derechas-2, y hablar de gentes antisistema, desobedientes, divergentes o rebeldes, que de todo tiene que haber en un democracia formal(ita)que se precie. Conclusión: en tanto que desadjetivada la izquierda, motus mutandi, en principio y por principio no habría quien no fuera de derechas, hasta que se atreviera a demostrar lo contrario, o sea hasta que se comporte como un «inadaptado» de la derecha y sea señalado con cualquier de los apelativos antedichos u otros muchos similares.

En segundo lugar, y más peligroso, es que al ser todas y todos sólo de derechas, eso sí con sus correspondientes superíndices positivos y negativos, se instaura y se extiende por todos los rincones del tejido social, económico, cultural y político algo así como un «eufemismo aposiopésico», lo que en castellano limpio es «cállate y rumia», es decir, ni digas lo que pienses ni pienses lo que hagas. O el Estado del silencio sobreentendido. La no-izquierda como mera fracción de la derecha, subsumida y asumida por las ideas dominantes, que obviamente son de derechas.

Estamos en la democracia formal(ita) de las oportunidades políticas, que igual sirve para un roto como para un descosido, siempre y cuando la casta, permisiva con cualquier innovación poética, mantenga su status. No obstante, seamos serios: si durante más de 30 años hemos tenido en el poder político una alternancia bipartita, en la que se abusaba de los términos derecha (PP) e izquierda (PSOE), no es de extrañar que las gentes sin-casta, atendiendo a que ninguna de esas expresiones les tenía en cuenta, pues finalmente digan que ni son de izquierdas ni de derechas, sabiendo como saben (¿o no?) que lo que sí son es gentes explotadas, maltratadas, desatendidas, descompuestas, o desempleadas. Hasta aquí lo serio, que lo políticamente divertido es cómo jugar y conjugar voces que no están -aunque estaban y pueden llegar a estarlo de nuevo- en la calle con las que sí están -y han estado siempre- en las instituciones.

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Dos personas de mi entorno y próximas (votantes al menos) de Izquierda Unida, me comentan su desasosiego por el pacto de esa formación con Podemos. Pero mientras una concluye «Seguramente me pase al voto útil y opte por el PSOE», la otra asevera «Creo que me voy a abstener por primera vez en mi vida». Por otro lado, me consta que entre quienes se consideran libertarias y habitualmente se abstienen de forma activa en las elecciones, hay bastantes que se plantean en esta ocasión votar a Unidos Podemos, por eso de que es la primera formación unitaria de izquierdas parida en las Españas desde que hay una democracia formal(ita). Estoy convencido que cada cual puede aportar su granito de anécdotas al elenco de actitudes políticas -de izquierdas- ante las próximas elecciones.

Unidos Podemos, casi antes de haber nacido, ha parido una categoría nueva en las gentes sin-casta y anti-casta: las desafectas a la confluencia.

Como un servidor se resiste a dejar de ser de izquierdas, a pesar de todo, no puedo por menos que apuntar, aunque sólo sea de un modo transversal, que desde una izquierda de la calle, desde abajo, que prioriza la autoorganización horizontal de luchas y acciones, y que postula la necesaria y siempre urgente tarea de crear espacios y experiencias de autogestión no-capitalistas, lo verdaderamente relevante no es tanto el votar o no votar en estas o en cualquier otras elecciones, si este ejercicio formal no está debidamente anclado en una praxis por la transformación social. Quizás escriba sobre esto y aquello en próximo artículo. Entre tanto invito a leer este simpático reportaje: https://www.diagonalperiodico.net/global/28763-votar-o-no-votar-no-es-exactamente-la-cuestion.html

1 comentario

  1. Buen aporte, lo único recordar que números irracionales son precisamente aquellos que no pueden expresarse por medio de ninguna fracción.

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