Tras la indigencia electoral, bien está volver a reflexiones de más enjundia y calado socio-político. Por ejemplo, hablar de un concepto escurridizo y altamente manipulable como «solidaridad», concepto denostado y desvalorizado tras un histórico proceso de manoseo institucional, internacional, religioso y onegeísta.

Buena parte de lo que acontece, de lo que nos sucede individual y colectivamente, tiene por activa o por pasiva algo que ver con la «solidaridad». Aunque casi siempre es una solidaridad entendida como esperpento, como vómito anestesiante proferido por élites políticas, empresariales, académicas e intelectuales. Es la solidaridad como prótesis de mercadotecnia, objeto intangible de compra-venta para locutores, agencias de noticias-publicidad y aprendices de ingeniería social. Casi nunca nos hablan, y ni siquiera hablamos, de la solidaridad en el día a día, en las luchas cotidianas, en la calle, entre vecinas, de la solidaridad autoorganizada en los barrios, o de la solidaridad como base y proyecto de un sindicalismo de combate y de transformación social.

¿Qué han dicho y dicen los medios sobre la larga lucha de madres, profesoras y estudiantes contra el sistema educativo ultraliberal y privatizado en Chile? O, para no tener que atravesar ni mentalmente el Atlántico, ¿qué han dicho y dicen los medios sobre las movilizaciones y huelgas que trabajadoras y trabajadores franceses mantienen desde hace medio año contra la reforma laboral de Hollande? ¿Cuántas personas de nuestro alrededor lo comentan entre sí aunque sea de tanto en vez? Es un hecho que, salvo contados y honorables casos, en nuestros lares no hemos dado ni una testimonial señal de apoyo a la lucha sindical francesa contra su reforma laboral, como asumiendo con ello que 'ya les tocaba', pues nosotros llevamos treinta y tanto años con gobiernos psoepperos con continuas reformas laborales, cada una de ellas más flexiilizadora y explotadora que la anterior, y el mundo laboral francés tampoco hizo ni un gesto de apoyo a quienes luchaban aquí contra ellas.

La problematicidad de la solidaridad como concepto emancipatorio reside en la extensión e interiorización de su contrario, en la ubicuidad de la no-solidaridad como pauta normalizada. La no-solidaridad es consustancial al capitalismo realmente existente, conocida -y aceptada- por su enaltecido sinónimo de "competitividad". En aras de la competitividad asumida como propia (cuando ser competitiva es propiamente "competencia" de la empresa) un mando de Renault Palencia se permitía el lujo de vejar y amenazar a un subordinado (ver aquí).

Pero la competitividad como filosofía subjetivada en el mundo laboral tiene muchas aristas. Vemos dos ejemplos recogidos del «libro de las caras» (cortesía del ‘amigo’ G.A.). Son frases coloquiales de dos cincuentones, delegados sindicales «cocougeteros»:

* «Los becarios, los de prácticas, los nuevos, me dan igual. Yo ¿para qué voy a defender a los jóvenes? Si a mí me va estupendamente, cobro 3.000 al mes y vivo de puta madre. No tengo nada en común con ellos.»

* «Yo no pago cuotas. Yo les dije: Os gano las elecciones pero yo no pago, y hasta me han puesto un seguro de vida.»

En ambos casos, la solidaridad se destaca por su ausencia. Es síntoma de los tiempos. Obviamente no daré por supuesta la generalización en todo el sindicalismo de estos caracteres ‘jetas’ e ‘insolidarios’, pero muestran dramáticamente la anomia que sí está extendida en las relaciones socio-laborales. Por lo pronto, esas sustanciosas frases de tono familiar presuponen al menos tres carencias que son el reverso de la solidaridad, tal como quiero entenderla: 1ª Carencia de perspectiva estratégica, lo que implica atención simple a lo inmediato, a lo circunstancial, al cortoplacismo, a lo falsamente propio (mi salario; mi ¿persuasividad? para ganar elecciones). 2º Carencia de sentido de la reciprocidad, manifiesta en la falta de solidaridad intergeneracional (¿para qué voy a defender a los jóvenes?), o expresada en el no pago de cotizaciones sindicales. Y 3º Carencia de reconocer a los otros como iguales (no tengo nada en común con ellos; me distingo del resto de afiliados que sí pagan sus cuotas sindicales, por que ofrezco un servicio que interesa al sindicato).

La solidaridad emancipada y emancipatoria se destaca precisamente… Por su capacidad de proyectar estrategias para articularse a corto, medio y largo plazo. Por su fuerte sentido de la reciprocidad o apoyo mutuo entre quienes se comprometen solidariamente entre sí. Y por su propensión a la equidad y al trato igualitario de quienes componen un proyecto solidario.

La solidaridad autoorganizada para objetivos compartidos, de pequeño o gran calado, pero siempre objetivos sociales, económicos y/o políticos, es la solidaridad para la emancipación individual y colectiva, contra la explotación, contra la opresión, contra la dominación en cualquiera de sus múltiples versiones contemporáneas. La solidaridad de mujeres y hombres por los derechos reproductivos, por el aborto libre y gratuito, por la distribución social e individual igualitaria de los cuidados, es quizás una de las "solidaridades" en la lucha más destacables, precisamente por su habitual ocultamiento y por su general invisibilidad. Y por supuesto, las huelgas y acciones de fuerza en cualquier ámbito económico y político por mejoras laborales, sociales y de derechos, con las huelgas solidarias y generales como máximo escalafón, son ejemplos vivos de la solidaridad en acción. Una solidaridad de clase como expresión de una conciencia de clase.

La solidaridad en las luchas es la solidaridad por antonomasia, nada que ver con la que mercadean bajo el epígrafe de "responsabilidad corporativa" bancos, empresas, estados y mayoría de oenegés.

Entonces, ¿qué es, cómo defino, la solidaridad? Es la forma de acción política que implica a colectivos y sociedades humanas en su empeño utópico de considerar a sus miembros, pasados, presentes y futuros, de aquende y de allende, como libres e iguales. La solidaridad así entendida en precondición y presente de una sociedad que se quiere -o al menos se quisiera- emancipada. Está más allá de la mera sociabilidad de la condición humana, y es un más acá de la moral individual, pues interpela subjetivamente a cada sujeto desde la articulación colectiva y social de una respuesta, de un derecho, de una vindicación frente a lo dado. No es pues filantropía, ni generosidad, ni caridad, ni compasión, es lo único que puede y deber ser: solidaridad libre entre iguales.

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