En menos de una semana la policía norteamericana ha asesinado, que sepamos, a tres personas de piel negra. Al primero, Terence Crutcher, se le había estropeado el coche e iba desarmado; el segundo, Keith Scott, fue abatido dentro de su coche donde algunos afirman que estaba leyendo un libro; el tercero acaba de ser abatido mientras escribo esta columna: se trata de un hombre que caminaba errático y apuntó a los policía con las manos, simulando que lo hacía con una pistola. Como ya ha sucedido en otras ocasiones, seguramente, como ha sucedido estos días pasados en Charlotte y en otras ciudades Estados Unidos, mucha gente saldrá a la calle para protestar por los crímenes pasados y por el que acaba de suceder. Estos sucesos y tantos otros acaecidos estos años últimos, como los de Alton Sterling, Philando Castile, Michael Brown, Eric Garner, Walter Scaott o Freddie Gray ponen de manifiesto que el racismo sigue vigente en EE.UU. y que ni siquiera los cuerpos y fuerzas de seguridad, que deben garantizar la vida y los derechos y libertades de las personas, están libres de él.

Algunos datos significativos:

Según el recuento Singyangwe, en 2014 murieron, en Estados Unidos, 1.149 personas negras a manos de la policía. Los negros tienen un riesgo tres veces mayor que los blancos de ser tiroteados por la policía. En 2015, la policía mató a más negros desarmados que a blancos armados, y eso que la población negra apenas supone una octava parte de la población total de Estados Unidos.

En situaciones similares, un delincuente negro recibe una sentencia 19,5 veces mayor que la de un delincuente blanco que haya cometido un delito similar al del negro (Comisión de Sentencias de EE.UU.). Los afroamericanos estadounidenses eran, en 2014, el 12,6% de la población de los EE.UU., pero representaban el 40% de las personas encarceladas (Universidad de Stanford). Un negro tiene seis veces más probabilidades de ir a la cárcel que un blanco y 2,5 más que un hispano. Los jóvenes negros son expulsados de los colegios tres veces más que sus compañeros blancos. El 73,4% de los blancos tienen casa propia, frente al 43,2% de los negros, un tanto por ciento alejado del 65,2% que representa la media nacional. En un informe de 2010, el Urban Institute, un instituto de Washington dedicado al análisis económico, decía que la riqueza de los ciudadanos estadounidenses negros es seis veces menor que la de los blancos y que, durante la crisis económica, la riqueza de los negros había descendido un 31%, mientras que la de los blancos lo hizo en un 11%.

Lorie Fridell, profesora asociada de criminología de la Universidad del Sur de Florida, afirma que “algunos policías tienen el sesgo implícito de vincular a los negros con el crimen”. Quizá por esto, en Estados Unidos, se forme a los policías para que protejan sus propias vidas y disparen ante el menor atisbo de duda.

Pensamientos que hacen pensar:

El pensamiento que defiende cualquier clase de discriminación es muy antiguo. Si tomamos como referencia el siglo XIX, el pensador que seguramente ha influido más en este aspecto y que se encuentra en la base ideológica del nazismo y el fascismo ha sido Joseph Arthur de Gobineau (1816-1882), cuya obra titulada Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (1853-1855) está en el origen de la exaltación de la raza aria. Para Gobineau, de las tres grandes razas, negra, amarilla y blanca, la Melania (negra) “[…] es la más humilde y yace en lo más bajo de la escala” (lib. I, cap. XVI). Según Gobineau (ibídem), “[…] el negro siente igualmente un apego escaso a su propia vida y a la ajena; mata gustosamente por matar, y esta máquina humana, tan fácil de emocionar, se muestra, ante el sufrimiento, o con una cobardía que apela fácilmente a la muerte, o con una impasibilidad monstruosa.”

En el siglo XIX se produjo un debate muy serio e interesante entre Thomas Carlyle (1795-1881) y John Stuart Mill (1806-1882). El debate se produjo como consecuencia de la publicación por Carlyle de su obra titulada Occasional Discourse on the Negro Question (1849), en la que defendía que los negros africanos no pertenecen a la misma especie humana que los blancos, porque, entre otras cosas, los negros son un “ganado bípedo indolente” con “mandíbulas de caballo, “vagos y borrachos”. J.S. Mill replicó en 1850 con un artículo titulado The Negro Question. Partiendo del principio de que la libertad es un bien inalienable, J.S. Mill defiende que los hombres y las mujeres negros no han nacido para la esclavitud sino que han sido sometidos a ella contra su voluntad, por lo que la liberación de los negros de la esclavitud era una gran batalla contra la tiranía. “[…] Si {nuestra época}fuera suficientemente humana, habría conseguido hace largo tiempo impedir las actuales atrocidades de carácter habitual.” Y añade que “los seres humanos están sujetos a una variedad de accidentes e influencias exteriores infinitamente mayores que las de los árboles, y tienen una participación mucho más extensa en la desigualdad del crecimiento de los demás, desde el momento en que quienes empiezan por ser más fuertes suelen asimismo emplear su poder para mantener débiles a los demás”. Por suerte, el racismo tiene las patas cortas. “[…] La raza no es, políticamente hablando, el comienzo de la humanidad, sino su final; no es el origen de los pueblos, sino su declive; no el nacimiento natural del hombre, sino su muerte antinatural.” (Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo).

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