“En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo…”

Así me siento, como si escuchara el último parte de guerra de los vencedores. Una guerra que nosotros no buscamos, una guerra que nos declaró un sistema obsoleto y estéril que siempre nos trató con displicencia, como si fuéramos una carga de la que ¡al fin! se han liberado.

¡El sistema! ¡Que gran invento! ¡Cómo ha sabido darle la vuelta a la tortilla y aprovechar la oportunidad que le brindó el desastre generado por su propia ineficacia y limitaciones para hacerse más fuerte y perpetuarse en el tiempo!

Un sistema que nos condena al exilio o a “refugiarnos en el monte” para continuar con nuestra lucha de supervivencia; como hicieron aquellos guerrilleros republicanos, aquellos “maquis” que no aceptaron el último parte de guerra del caudillo fascista.

En eso andamos, echados al monte, organizando emboscadas al margen de la legalidad de un sistema que nos margina y expulsa ¿No fuimos lo suficientemente buenos para los oráculos ciegos del sistema? ¿O es que éramos demasiado incómodos? ¿O será que carecíamos de glamour? Preguntas sin respuesta. No hay mayor castigo que el silencio y el sistema sabe mucho de silencios.

En estos días en los que mi ciudad acoge la mayor feria de la industria de las artes escénicas de nuestro país me invade la pena por lo que pudo ser y no fue.

¡Estuvimos cerca! Pero la sordera, la ineptitud y la necedad nos arrebató el sueño.

León Felipe, el gran poeta del exilio al que tengo el placer de dar vida en los escenarios del destierro, dedicó al autor del último parte de guerra estas palabras:

“Tú te quedas con todo y a mi me dejas desnudo y errante por el mundo. Más yo te dejo mudo ¡mudo! y ¿cómo vas a recoger el trigo y alimentar el fuego si yo me llevo la canción?”

Con ellas me despido.

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