Perdonen que confiese algunos de los gustos, si no placeres, con los que disfruto. La confesión de los gustos personales nos expone al análisis y la crítica, y puede ser interpretado de muchas maneras. Háganlo como quieran, aunque sería impropio hacerlo como si confesara mis debilidades. He de reconocer que estos placeres, el teatro, la poesía y la música, junto a la lectura, el estudio y el cultivo del diálogo, unidos al de la amistad, forman la columna vertebral que me mantiene firme, en pie, y activo. Son placeres que, como lluvia mansa, caen sobre el espíritu, lo enriquecen, potencian y elevan.

Una obra musical bien interpretada, un poema inspirado y bien leído, una obra de teatro bien escrita, puesta en escena e interpretada son espacios de luz para el espíritu, horizontes que se abren ante y para el espíritu, que invitan a la imaginación a volar; son como la luz, el agua y los nutrientes para los árboles. Confieso, pues, que, además del cine, mi agenda se llena de espectáculos teatrales y conciertos. Ahora bien, no soy más que un simple aficionado, alguien que tiene afecto, inclinación, amor y pasión -que es lo que significa “affectio” y “affectus” en latín-, apego hacia el arte en general y hacia el teatro y la música en particular. La visita al teatro y al auditorio suponen un viaje hacia una realidad aparentemente evanescente, porque lo que ocurre dentro de esas salas se disuelve en su propio discurrir, conforme se desarrolla la función y, sin embargo, posee una potencia incalculable, porque conmueve al espíritu y obliga a la reflexión. Es imposible olvidar una interpretación intensa, meditada y entregada, sea de una canción, una sinfonía o una obra teatral.

En la primavera de 1972, cuando estudiaba en Valencia, un grupo de alumnos de Filosofía viajamos hasta Barcelona para asistir a la representación del Sócrates de Enrique Llovet. Entonces las obras de teatro no “viajaban” como ahora. La imagen de Adolfo Marsillach, vestido con una túnica blanca, llenando la escena, permanece desde entonces en mi memoria. Me sucede igualmente con la obra de Llovet, precisamente por su fidelidad a los diálogos de Platón, y a Jenofonte y a Diógenes Laercio como fuentes de su obra, en la que construye y reproduce al personaje y al filósofo con una coherencia y verdad exquisitas. Este Sócrates de Llovet visitó en algún momento mis clases de Historia de la Filosofía. Llovet sabía que el personaje y el filósofo Sócrates eran una misma persona y que su historia debía ser contada, trasladada al teatro sin que sufrieran la personalidad de Sócrates ni su pensamiento. Y es que el uso, en el teatro, de personalidades históricas exige, para ser veraces y creíbles, la honestidad del escritor. Para otros juegos, para explayar la imaginación, para entretener y contar una historia inventada, a menos que se evidencie el juego teatral, no sirven, o no deben servir, las personalidades históricas. Jugar con la realidad para convertirla en ficción supone trastocar, manipular la propia realidad, y puede conllevar desorientación para el lector y el espectador, lo que dice poco y mal del autor del texto. Es lo que sucede con el texto de la obra de Jean-François Prévand, titulada Voltaire/Rousseau. La disputa, que se ha representado el fin de semana pasado, los días 29, 30 y 31 de marzo, en el Teatro Calderón de Valladolid y que, si no me equivoco, rueda por los teatros españoles desde hace más de un año.

En diciembre de 1764, Voltaire publicó un libelo contra Jean-Jacques Rousseau titulado Sentiment des citoyens. En él, como panfleto que era, Voltaire criticaba a Rousseau hasta su ridiculización: calificaba a Rousseau de bufón, demente, furioso, incluso de prostituto y “prostituidor” del teatro; lo acusaba de ser un mal novelista y un mal músico; de ser arreligioso y ateo, ultrajador de la religión cristiana, apóstata, blasfemo, criminal y traidor, libertino, e incluso de instigador de la rebelión. De entre todas las acusaciones que Voltaire volcó en ese panfleto, seguramente la más sostenible y cierta sea que Rousseau fue un mal padre. Es curioso, pero estas acusaciones salen de la boca del autor del Tratado de la tolerancia (1763), un tratado en el que Voltaire denunciaba el fanatismo y defendía la tolerancia como un derecho natural y un derecho humano, y en el que afirmaba que “[…] el derecho de intolerancia es absurdo y bárbaro; es el derecho de los tigres; es mucho más que horrible aún, porque los tigres no se destrozan sino para comer, y nosotros nos hemos exterminado por unas frases”. Una actitud tolerante que Voltaire no tuvo con Rousseau.

Pero J.-J. Rousseau fue algo más que un mal padre, algo, esto último, difícil de entender e imposible de justificar. Quien se acerque a su pensamiento encontrará en él a uno de los pensadores más importantes de la Ilustración, y que ha tenido una gran repercusión histórica: su pensamiento inspiró, por ejemplo, a los revolucionarios franceses que tomaron la Bastilla (1789), a quienes lideraron la Guerra de Independencia norteamericana (1776), las guerras de independencia de Iberoamérica y las revoluciones nacionales habidas en Europa durante el siglo XIX. Su pensamiento lo coloca, junto al John Locke y al de Montesquieu, como padre de la democracia. Nada sería igual en el mundo, por ejemplo, sin su concepción de la sociedad cimentada en la idea del contrato social y en el concepto de soberanía. Nuestra sociedad, formada por ciudadanos libres, no sería la misma sin la importancia que Rousseau le dio a la paz, sin su concepción de la educación, que -lo defiende en su Emilio- debe atender a las facultades naturales de los propios niños, a formar a un ser humano nuevo, al ciudadano que conforme una sociedad nueva, fundada en la libertad y en una convivencia armoniosa, fundamentada en el diálogo, el pacto y el respeto.

¿Qué hay de esto en la obra de teatro de Jean-François Prévand que vimos el fin de semana pasado? Si vale una respuesta rápida, cabe decir: nada. En esta obra no hay debate entre filósofos ni debate sobre problemas filosóficos. No se ven más que argumentos reiterados de Voltaire contra Rousseau centrados en cuestiones ajenas a su pensamiento. El gran protagonista de la obra de Prévand es Voltaire como personaje, que aparece como alguien arrogante, pagado de sí mismo, despectivo e irónico, acorde con cómo fue en vida. El texto que sirve de hilo conductor a Prévand no es otro que el citado libelo de Voltaire titulado Sentiment des citoyens, un texto que no puede estar más alejado de pretender reflejar el pensamiento de Rousseau y de significar un ejercicio filosófico reflexivo. Es más, Prévand, precisamente porque no matiza en la elaboración del diálogo entre los dos personajes, parece que atribuye a Rousseau ideas que no son suyas, como por ejemplo cuando Voltaire acusa a Rousseau de que vivimos en el mejor de los mundos posibles, que es una idea de G.W. Leibniz, una idea que Prévand repite varias veces en la obra, tomándola como una ridiculez e ignorando su hondura filosófica y la larga reflexión que Leibniz realizó sobre ella, por ejemplo, en sus Ensayos de teodicea, y siguiendo únicamente el discurso volteriano de su Cándido, una obra en la que Voltaire ridiculizaba a Leibniz, precisamente porque Voltaire no quiso o no supo entender los planteamientos leibnizianos, o simplemente pretendió ridiculizarlos. En la obra de Prévand se ridiculiza, asimismo, la idea rousoniana de que el ser humano es bueno por naturaleza, que sin situarlo en el contexto de la obra de Rousseau, o sea, en el marco de su pensamiento, parece una excrecencia de irracionalidad. Prévand, que escribe desde la perspectiva de Voltaire, conforma una obra de teatro que da prioridad e importancia a Voltaire, que es un personaje que brilla en el escenario, frente al personaje Rousseau, cuya defensa en el escenario es mucho más difícil, lo que hace que Rousseau quede en un plano secundario y, con él, su pensamiento. Prévand escribe una obra que condena moralmente a Rousseau desde el inicio de la representación, y lo hace por obra y gracia de un personaje histórico tan poco defendible moralmente como Voltaire. Identificar el pensamiento y la importancia histórica de Rousseau con su irresponsabilidad como padre, ignorar la defensa que hace de sí mismo en su obra Las confesiones, y no sólo ahí, significa trasladar al espectador una imagen completamente parcial y distorsionada de Rousseau como persona y como filósofo: “Pero ¿qué habría hecho yo solo, tímido, sin saber hablar, contra un hombre arrogante, opulento, sustentado con el apoyo de los grandes, dotado de una brillante locuacidad, y siendo ya el ídolo de las mujeres y de los jóvenes?”, decía Rousseau en Las confesiones, refiriéndose a Voltaire.

Del espectáculo que vimos se salva el trabajo de los actores. Sin embargo, la obra de Jean-François Prévand, a través del maltrato de Rousseau como filósofo, maltrata a los filósofos y a la Filosofía, que parece que únicamente sirven para que hacer peleas de gallos, para ladrarse mutuamente y darse dentelladas hasta que uno de ellos se dé por vencido. Esta obra llega cuando más necesitados estamos de los filósofos, del pensamiento riguroso, crítico y sereno que brota de sus mentes, como ha sucedido a lo largo de la historia. Esta obra hace un flaco favor a la presencia de la Filosofía en la Educación Secundaria, el Bachillerato y en los estudios universitarios. Si Voltaire intentó a lo largo de su vida neutralizar a Rousseau, porque, entre otras cosas, siendo un aristócrata y viviendo como tal, no aceptaba la concepción de la realidad y el modelo de sociedad que defendía Rousseau, esta obra de Prévand parece escrita para neutralizar al propio pensamiento y liquidar la Filosofía a través de los personajes que la representan en su obra. Este Voltaire/Rousseau. La disputa nunca habría entrado en mis clases de Filosofía.

Quien no conozca el pensamiento de Rousseau, que se olvide de la obra de Prévand y se adentre en aquél a través del legado literario de Jean-Jacques Rousseau, un legado inmenso, profundo y fundamental en la historia del pensamiento, e interesantísimo.

No hay comentarios