El Orgullo es una fiesta divertida, alegre, estrafalaria, exagerada, loca, coloridamente desvergonzada … y política, sobre todo, política. Quizá en los últimos años se nos había olvidado a algunos (me incluyo y me disculpo), pero este año la política ha vuelto al Orgullo como una bocanada de aire fresco, revitalizante, poderoso. Los disimulados pactos a tres de las derechas (que son ménages à trois homófobos y muy heteronormativos) de los que nadie duda, han sido la palanca que ha repolitizado el Orgullo. Este año, más que nunca, habría que desterrar la palabra “desfile” y recuperar esa venerable palabra: “manifestación”. Vaya por delante que siempre ha habido una manifestación política fuerte, reivindicativa y alternativa en la semana del Orgullo madrileño: se celebra unos días antes que la manifestación multitudinaria del sábado, que suele ser el acto central. Esa manifestación es el corazón del Orgullo, el espíritu. La marcha del sábado es el cuerpo, la forma.

Los incidentes entre una parte de los manifestantes y el grupo de personas de C’s presentes en la manifestación han acaparado la atención mediática en estos últimos días. El sábado se produjeron algunos altercados puntuales que merecen mi frontal condena, y, al mismo tiempo, mi escueta condena: no caeré en la trampa de dedicar muchas líneas a criticar los excesos de algunas personas al demostrar su legítima repulsa a la presencia de C’s en la manifestación. Basta con apuntar que la crítica política tiene que expresarse por los medios más llamativos y potentes, pero nunca puede superar los límites de la ley. Podemos bordearla, incluso debemos, pero sin abandonar la frontera exterior de la línea. Por tanto, rechazo todo lo que superó la legalidad y a quienes se comportaron de ese modo. Categóricamente hay que afirmar que a nadie puede impedírsele el ejercicio del derecho fundamental a la manifestación.

Advertido lo anterior, como estamos entre adultos, deberíamos examinar las causas de la protesta, aunque a algunos les prive detenerse en el envoltorio. Y el motivo del escrache político es la enrojecedora hipocresía de un partido que dice defender al colectivo LGTBI, pero acuerda gobernar Comunidades Autónomas, Ayuntamientos y Diputaciones (y el mismo Estado de haber podido) con Vox. Este último partido es homófobo; a través de sus representantes han devuelto al debate público palabras antaño asociadas al movimiento LGTBI que conseguimos eliminar: la fiesta del Orgullo deja un “hedor insoportable  en la ciudad”, en las aulas de Madrid -en las que se explica educación y tolerancia afectivas y sexuales- se adoctrina en “zoofilia”, “queremos los nombres de los educadores LGTBI que asisten a los colegios”, “no se deben prohibir las terapias de reconversión si sirven para ayudar a alguien”, “hay que revisar la legislación LGTBI” Semejante degradación del debate público la han conseguido solo en periodo electoral; cuando Vox tenga presupuestos, sillones y concejalías a su disposición (algo inminente), darán el siguiente paso. Primero fueron a por las feministas; ahora van a por las personas LGTBI; llevan en el corazón ir contra los memorialistas de la República … y así continuaremos. Pues bien, hasta quedarnos afónicos e incluso mudos habrá que gritarles a ellos (Vox) y a quienes les abren la puerta para que pisen moqueta institucional (PP y C’s) “no pasarán”.

Los últimos estudios de organizaciones internacionales demuestran que España ha perdido posiciones en la vanguardia de los países más involucrados con la causa LGTBI. Ello no se debe a haber desmantelado el andamiaje jurídico que levantamos para mejorar la situación de este colectivo, sino a que no se ha seguido avanzando. Como mínimo Vox conseguirá con cuotas de poder detener el avance, e incluso algo peor. Por eso, querido Albert, querida Inés, no basta con decir que no se admitirán pasos atrás, porque para el colectivo LGTBI, que ha vivido siglos de pasos atrás, cualquier no avance es un retroceso. Por eso, no se puede simultanear la defensa del colectivo LGTBI con pactos con quienes en el 2007 interpusieron recurso de inconstitucionalidad contra la Ley del matrimonio igualitario, con quienes este año no votan a favor de la simplificación de los trámites sanitarios y administrativos para que las personas transexuales concluyan su tortuoso camino de cambio de sexo, ni con quienes, en fin, creen que desprendemos un hedor insoportable y animamos a practicar sexo con animales. Piensen, señoros de C’s, lo que representa abrir el periódico, felices por la mañana, y leer estas frases en portada. Sufran en sus rostros el guantazo al reconocimiento y a la igualdad que representa evocar lo peor de la marginación, deshumanización y bestialización a que se sometió al colectivo LGTBI en el pasado. Y después de eso, vayan a la Asamblea de Madrid y a la de Murcia y pacten con Vox. Si quieren, háganlo, pero no nos miren ni marchen con nosotros.

El Orgullo es una manifestación política, como política es la causa feminista y la lucha por la igualdad racial. El feminismo es Simone de Beauvoir, la lucha contra la segregación es Rosa Parks y la lucha por los derechos LGTBI es Stonewall 1969. Todo es política. Y estas bellas causas políticas no son, ni deben ser, transversales a costa de sacrificar el núcleo de sus reivindicaciones y su potencial revolucionario y radical. A nadie se le ocurriría hacer transversal el cristianismo marchando en una procesión de Semana Santa diciendo que no creen en Dios e impugnando el dogma de la inmaculada concepción, pero rogando que les dejen portar el paso. Pues no vengan al Orgullo gritando “al Orgullo, vamos” (¡egoístas!, la marcha es por el Orgullo, no por vosotros mismos) ni pactando con Vox. Nadie nos puede arrebatar el derecho a politizar el feminismo o la lucha LGTBI para construir un consenso artificial que integre a sus detractores o a timoratos defensores (eso, en el mejor de los casos) a costa de vaciar el contenido revolucionario y simbólico de estas luchas. Preferimos mantener el corpus teórico y los referentes intelectuales de la lucha LGTBI antes que crear un movimiento LGTBI “transversal”, “liberal” o cualquier ocurrente etiqueta de marketing que quieran ponerle algunos.

No se olviden: lo personal es político; lo sexual es político; todo es política. Y en la política elegimos a nuestros amigos. Y no pueden ser amigos del Orgullo quienes gobiernan sin rubor con Vox. Ya que Vox va a entrar en Gobiernos gracias a ustedes, dejen a las asociaciones que convocan el Orgullo decidir quiénes comparten su ideario y pueden marchar. Si ustedes quieren manifestarse, dibujen por las calles su propio recorrido alternativo pues el derecho de manifestación de es de todos, sin ningún género de dudas. Quizá sean cuatro locas. No se preocupen: en el Greenwich Village, en 1969, también eran cuatro locas y ahora somos miles de orgullosas las que marchamos en un Orgullo que vuelve a ser político, al fin.

Alejandro L. de Pablo Serrano

Profesor Ayudante Doctor de Derecho Penal Universidad Pablo de Olavide, Sevilla y Profesor Colaborador Honorífico UVA

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