Llevo bastante tiempo en silencio público, aunque el verano ha sido laborioso y fértil para la pluma; pero no siempre se pueden atender los requerimientos de la inquietud y de la preocupación por el presente. Conviene, además, de vez en cuando, si no sistemáticamente, guardar silencio y ocupar el tiempo en la lectura y la reflexión. Esto, además de ser alimento necesario, provee de una especie de distancia respecto a cuanto acontece, algo que corre tan veloz y es tan impactante que, sin la distancia necesaria, arrolla y hasta confunde.

En mi última colaboración de comienzos del verano dejé la actualidad política española enrocada en posiciones rígidas, con líderes y partidos que han confundido la política con un juego de envite; ignorando y olvidando los problemas por los que transitamos los españoles y las amenazas que se nos vienen encima. Los dejé encantados, pagados de sí mismos, echándose un pulso mutuo por ocupar la mayor cantidad posible de poder, pero lejos, muy lejos de los dolores de cabeza de los españoles: unos preocupados por liderar la derecha (¡ay! qué será la derecha), patriotas y constitucionalistas de soflama y mitin; otros enzarzados en un pulso por ocupar ministerios. Dejé a estos últimos hablando de reparto de cargos, como si fueran más importantes los ministerios que los problemas de los españoles y los programas, ¡y a unos y a otros confundiendo los votos recibidos con regalías!

No hay que pasar por muchas facultades universitarias para que el “buen sentido” (si es que lo hay, como ironizaba René Descartes al comienzo de su Discurso del método) nos ponga en el camino de lo que debe hacerse en una negociación, sea en una empresa o en el ámbito político: primero se habla de los problemas y de las propuestas -programa y proyecto- para resolverlos; en segundo lugar, se habla y se pacta el organigrama, la estructura que permita acometer mejor dichos proyectos y programas; en tercer lugar se pactan los sistemas u organismos que vigilen el desarrollo y el cumplimiento de los pactos; en cuarto lugar, se buscan las personas idóneas para llevar a cabo los proyectos y programas, y a quienes formen parte de los órganos de vigilancia y control de los pactos y, en último término y ésta es una cautela fundamental, las negociaciones se desarrollan con discreción. La política española reciente es un ejemplo perfecto del mundo al revés: primero los cargos y los ministrables (el poder), luego todo lo demás, como si esto fuera secundario, y todo ello aireado a los cuatro vientos prácticamente en vivo y en directo.

Sucede que, cuando puedo retomar la pluma, la actualidad que puse entre paréntesis, y de la que tuve que distanciarme, continúa donde la había dejado, si no en un estado más delicado: como un río caudal, pero seco, áspero, maltrecho, malherido por las dentelladas viejas, atávicas que se propina la izquierda (¡ay! qué será la izquierda) y por los desplantes y despropósitos de quienes se ponen medallas de patriotas, y cuyo patriotismo está por ver (¡ay! ¿dónde está la derecha dialogante y pactista?); como un cauce seco y agreste, incapaz de ser transitado, en el que es imposible encontrar un lugar, un sitio, una idea que no suene al arrebato del hiperliderazgo, del personalismo y, por qué no decirlo, a la estupidez política (¿de quiénes y de qué hablaría hoy Erasmo de Rotterdam si volviera a escribir su Elogio de la locura?). Es curioso que el ejemplo de la sensatez política lo encontremos hoy entre los nacionalistas vascos y catalanes, cuando estos últimos hasta hace poco triscaban más allá de la constitución, y unos y otros desearían tener una propia ajena a la del resto de España.

Decía León Felipe:

“- Pues no… no es muy grande esta ciudad… / ni muy original tampoco.

  • Mire usted: al Norte limita con el Hospicio, al Oeste con la fortaleza del Convento, / al Sur con el manicomio / y al Este con el Cementerio.

[…]

Tiene exactamente / los mismos límites que mi pueblo” (Versos del merólico o del sacamuelas). ¿Con qué limita la praxis política española del presente y del pasado reciente?

No hay puente posible entre quienes se rechazan, se miran de espaldas o con quienes niegan la posibilidad de dialogar, o al menos de hablar, porque rechazan la invitación al diálogo o siquiera a tomar un café juntos; no existe puente posible con quienes, bandera en mano, confunden patriotismo con admitir únicamente como bueno y posible su protagonismo y sus ideas. Contemplamos como espectadores, preocupados, muy preocupados, un juego de estrategias y personalismos que degrada la democracia, y la vida política española: y no hay que olvidar que siempre hay algún carroñero al acecho que espera que haya muertos en él.

No sé qué pensaría hoy don Antonio Machado de los líderes que nos han tocado en suerte -o en desgracia; eso sí, unos más que otros-; si no diría que hay “mala gente que camina / y va apestando la tierra…”. Si no aplicaría a la izquierda española aquellos versos de “Campos de Castilla”, que dicen: “[…] son tierras para el águila, un trozo de planeta / por donde cruza errante la sombra de Caín”. Los políticos españoles todavía no han aprendido que en esta vida “todo es cuestión de medida: / un poco más, algo menos” (Proverbios y cantares).

Llevo días pensando en Antonio Machado, y releyéndolo -¡tan vivo como sugerente!-. Cuando he releído en “Campos de Castilla” el soneto titulado “Al olmo seco”, que tanto suena a poema de amor, me he preguntado -y me pregunto- si al olmo seco de la izquierda española todavía pueden brotarle algunas hojas verdes o si en su marmita sólo borbolla la sombra.

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